Subconscientes...

16 de febrero de 2015

Déjame.





 
Déjame que te expulse del dulce recuerdo, que deje de imaginarte y mate la intriga que convive conmigo desde aquel entonces.

Déjame que te haga renunciar a ser quien eras, al efímero, al perpetuo, y desahuciarte de ese nido en el que llevas viviendo varias décadas anquilosando mi mente.

Es vital que el recuerdo se desvanezca del todo, se evapore por siempre, dejando ya atrás tu nítida imagen, esa que no he necesitado repasar estos años, pues seguía muy viva, perenne, esclavizándome a la nostalgia y sometiéndome a los tiernos recuerdos.

Déjate seducir por el presente, por la  realidad y muéstrame tus fracasos, tus grandes imperfecciones. Necesito palparte, materializarte, ver cómo el tiempo te ha hecho mortal y eliminar de mi mente tu perfil, ese de gran héroe. Tachar ese icono, bajar esa estatua, dejar de soñar con mi protector, el mismo que decía que también me soñaba entre líneas, mes tras mes, año tras año.

Quiero asimilar tu pelo cano, tus múltiples arrugas y abandonar de una vez la imagen casi tangible de la dureza de tus brazos.

Y cuando vea quién eres ahora, hasta dónde has llegado y cómo lo has logrado, te expulsaré casi del todo, te ubicaré en tu nueva cara y tu cuerpo actual ablandará el recuerdo del vigor de tu piel anterior. Tus ojos lucirán caídos y tus brazos, languideciendo, quedarán muy lejanos a aquellos turgentes que me apretaban  muy fuerte, protegiéndome en la distancia.
Después pariré a ese ente, afincado dentro de mí, y en la metamorfosis sentiré de nuevo el dolor que me hicieron tus ojos devorando mi cuerpo.  Evocaré tus labios robando a los míos, tus dientes incrustándose en mi cuello, tu aliento fusionándose con el aire que yo expulsaba, denso, sólido y muy ansioso.

Sacaré por fin el recuerdo de tu boca bebiendo de mí, colmando tus manos con mis caderas tensas, inundándome por dentro de toda tu imagen.

Y los expulsaré a ambos, aún enredados, como lo han estado siempre. Saldrán a la luz a secarse, a desintegrarse en el presente, y dejarán de existir por fin en el pasado que me ha estado castigando, tenaz, durante décadas. Llegarán a ser palpables, de carne y hueso, que nada tienen que ver con lo que éramos antes, siendo solo aquellos recuerdos, el único vínculo que nos unía.

Déjame que te saque fuera, de una vez por todas, y te veré desde lejos sin pena, con calma.

Y solo entonces cuando lo consiga, seré libre del todo.

30 de octubre de 2014

Bajando al inframundo.





La noche había cubierto las calles vaciándolas del gentío exaltado. Fue la gran testigo de las veces que habían pasado ya por el mismo laberinto aunque, de pronto, el eco de los tacones enmudeció. Se habían adentrado en un húmedo y ceniciento camino de tierra que no parecía llevar a lugar alguno.

Vieron un duende risueño, agazapado tras una esquina que, divertido, les guiñó un ojo. Entonces sacó un anillo dorado de su bolsillo, miró a través de él y lo hizo rodar persiguiéndolo, alejándose a grandes pasos.

Era una noche extraña, demasiado calurosa para aquella época del año. La mínima brisa que vagaba entre los dos se iba templando según avanzaban: era el calor que emergía desde algún punto no muy lejano. Doblaron la esquina y allí la vieron. Se trataba de una cueva blanquinegra que les atraía sin oponer voluntad . Una caverna en penumbra, escoltada por un gran orco, que expulsaba de su boca un humo negro apestoso.
— ¿Qué queréis? —amenazó.
— Estamos sedientos —contestaron con prudencia—, solo queremos beber.
— ¡Déjalos entrar! —intervino un segundo orco gris que estaba ebrio— ¡Pero cerramos pronto, así que bebed y marchaos rápido! —gritaba ahora desde lejos.

Al abrirse la puerta, la música salió a borbotones. Las notas aprisionadas, parecían querer escapar de entre las paredes de aquel lugar, y el aire denso se mezclaba con el olor que desprendían unos seres alados que allí bebían y bailaban: eran demonios de piel oscura, de ojos saltones y mandíbulas agudas que, al ver entrar a los recién llegados, esbozaron una maliciosa sonrisa, dejando entrever sus sucios colmillos.

Localizaron entre las tenues luces una escalera que les resguardaba de la vista de aquellas bestias y, bajando peldaño a peldaño, encontraron un sitio cómodo donde poder descansar. Un lívido vampiro sacó dos vasos y les servió un néctar oscuro sin preguntar nada más. Escépticos, desconfiaron de si debían beber el brebaje, pero la sed y el calor clamaban a gritos ser aplacados de alguna manera. Sabía dulce, como la caña de azúcar. Era una pócima fuerte, con sabor a cerezas, y según se tragaba embriagaba las venas, relajaba los músculos y apaciguaba el ánimo.

Sorbo a sorbo olvidaron dónde estaban. Algo había en aquel ambiente que alentaba a dejarse llevar, a levantarse y bailar, sin sentir el suelo húmedo bajo sus pies. Ya casi hipnotizados, el vaivén de sus cuerpos fue atrayéndolos el uno al otro. La música los envolvía, como un halo invisible que les ataba muy lentamente. Bailaban pegados, buscando sus bocas que estaban ya escasos centímetros. Se robaban el aliento, apretados, comprimiéndose aún más hasta notar el más leve de los suspiros. Y mientras tanto, los habitantes de aquel extraño inframundo, observaban el sensual baile tocándose unos a otros.

Ella sintió entre sus piernas la dureza de su pantalón. Era un suave y firme temblor que la empujaba contra la pared. Él aspiró el olor de su cuello, inhalándolo hasta memorizarlo, y finalmente posó su boca sobre sus hombros. La cueva parecía dar vueltas, los diablos giraban alrededor y ellos se enredaban entre sí, sin dejar de gemirse en los oídos.

Ya  no importaba nada. No querían saber dónde se encontraban, quiénes eran  y si aquellos bichos seguían jaleándoles o habían dejado de mirar. Ellos se fueron dejando llevar sumergidos en las tinieblas. Entonces él le hincó sus dientes entre espasmos de placer y, tras relamer su sangre, la embistió con fuerza. La sangre bajaba por todo su cuerpo, dejando un rastro de hilos rojos que llegaba hasta las piernas. Pensó en comérsela entera, devorarla con ansia, y bajó a succionarla mezclando todos aquellos fluidos con su propia saliva. Era caótico, salvaje, como dos animales enganchados entre sí, rodando una y otra vez, acompasados por aquellos seres que revoloteaban alrededor. Casi poseídos, el uno dentro del otro, fueron incapaces de frenar la fuerza interior que entre los dos producían. Solo pudieron seguir deleitándose mientras sus cuerpos llegaban de pleno a sumergirse en el dolor producido por el éxtasis.

Solo entonces, empapados en sudor, abrieron los ojos y, recuperando el aliento, se vieron reflejados en un espejo enorme, lejos de aquella cueva. Lejos de los orcos, los diablos y del duende del anillo.  Tan solo estaban ellos dos y un gran cristal que los separaba de dos mundos: uno a cada lado.





30 de septiembre de 2014

Y se hizo el silencio.



—¡Por el reencuentro! — exclamaron al unísono alzando sus copas.Y de pronto, un imperceptible y simple destello entre el roce de los cristales, emitió una pequeña onda, provocando una repentina insonorización del ambiente.

El resto de los allí congregados quedaron inmóviles. El maître estaba en una postura extraña, alargando un brazo para sujetar una botella que estaba a punto de caer de la barra. El camarero, atendiendo a la mesa contigua, enmudeció mientras informaba de los segundos platos. Los comensales, inertes, sostenían el tenedor en el trayecto hacia sus bocas. Otros quedaron con la boca medio abierta, a punto de beber el espeso y rojo vino que sin ninguna explicación se había convertido en un denso material.

Todo el impoluto restaurante había quedado congelado, la brisa del ventilador enmudecía y las moscas quedaron petrificadas en el aire. Tan solo ellos dos seguían parpadeando, perplejos, por aquel extraño acontecimiento. Incluso la música de ambiente había mutado a un tupido silencio. No había allí nadie más que estuviera consciente. Nadie, excepto ellos dos.

Sin mediar palabra, él comenzó a hacer aspavientos entre los amigos que estaban sentados a su lado. Ninguno de ellos reaccionaba. La tomó entonces de la mano y tiró de ella. Perpleja y desconcertada, se dejó guiar por él sin decir una sola palabra. Al abrir la puerta del local encontraron más de lo mismo: gente que caminaba con una pierna detenida en el paso; los coches sin circular, los semáforos con la luz fija e incluso las palomas, que habían alzado el vuelo, parecían blancas estatuas con sus alas abiertas. La ciudad se había parado por completo mientras ellos dos deambulaban por las calles.

Guiados por su propio instinto, y sin saber muy bien a dónde dirigirse, se cruzaron con un portero uniformado que parecía darles una estática bienvenida. Frente a ellos un lujoso hotel sin tránsito, sin reserva, sin control alguno. Accedieron a él sin más. El recepcionista, gélido, fijaba la vista en un ordenador paralizado, mientras un cliente de mármol esperaba su turno.

Sin soltarla, él agarró la primera llave que vió colgada tras el hombro del encargado y entraron tras la puerta que indicaba el número de la habitación. Silenciosos, abrieron la amplia terraza para observar la inmensa y quieta ciudad, detenida en el tiempo. Era un apocalipsis de silencio pétreo que parecía haberles excluido a ellos dos.

Vislumbrando el congelado horizonte quedaron absortos ante aquella hecatombe inanimada. Fue cuando ella sintió en su espalda el torso duro de su amigo. Le llegó su respiración acariciando su pelo y la tibieza de su cuerpo le traspasaba la ropa. Entonces, sin decir una palabra, como un pacto que nunca habían hablado, se dejó llevar. Sintió cómo aquellos varoniles labios se posaban en su cuello, apenas rozándolo. Tuvo que agarrarse a la barandilla y cerrar los ojos, concentrándose en el calor de su boca, que bajaba poco a poco mientras el vello de sus brazos se erizaba paulatinamente. Advirtió también sus dedos adentrándose en su nuca, retirándole el pelo para dejarla al descubierto. Fue allí donde posó un beso abierto, permitiendo que la punta de su lengua acariciase su piel. La escuchó estremecerse, tensionándose y ella podía sentir el tenue aire que salía de sus pulmones, impregnándose en sus poros, su lengua humedeciéndolos, sus brazos rodeándola. Después vino un ligero mordisco en el lóbulo de la oreja al mismo tiempo que sus manos exploraban su pecho erizado.

Decidió girarse, buscando aquella boca que la llamaba, que la atraía para ser invadida, pareció escucharla, decir su nombre. Enroscó su lengua dentro de la suya saboreando sus labios lentamente, deleitándose con pausa en el sabor de su piel. Las manos temblaban con prisa, enredándose en los botones de la blusa de ella y en el pantalón de él. Y ya desnudos, frente a frente, se miraron como llevaban haciéndolo durante todo este tiempo: con un pacto de silencio sin otro remedio que dejar que sus cuerpos fueran los que hablaran.

El la trajo hacia una cama que ansiaba ser ocupada. La sentó justo en el borde y dejó que ella hundiera su rostro en el duro abdomen de aquel que había llevado las riendas. Sin embargo, ahora era ella la que tomaba el control de sus sentidos. Una carrera de vello moreno indicaba un camino hacia el sur de su cuerpo y ella quiso seguirlo con pequeños bocados. Así fue bajando y bajando hasta dar con su tenso apéndice que emergía desafiando a cualquier ley de gravedad. Jugueteó con él en su boca, mientras lo acariciaba lentamente con las manos, escuchando tan solo a su compañero tiritar de emoción. Aquel era el único sonido perceptible, aquellos viriles jadeos que rompían el silencio, pues el resto del mundo permanecía en el más absoluto silencio.

Su impaciencia le obligó a tumbarla en las finas sábanas y fue directo a zambullirse entre sus pechos, succionando sus pezones, viéndola jadear. Suplicaba tenerle dentro, pero la quiso hacer esperar: sujetó sus dos manos, inmovilizándola, y entonces bajó a bucear entre sus piernas. Su piel, ardiendo, se dilataba abriéndole el paso para dejarle beber de aquel fluido que emanaba cálido. Así, sin prisa alguna, la escuchó gritar, quebrando de nuevo aquel imperturbable sigilo una y otra vez. La ciudad entera estaba petrificada y ella ahora la atronaba con sus gemidos.

Llegó reptando por su cuerpo hasta su cara. Quería sentirla debajo, acariciando su pelo y dejarla recuperar el aliento. Y con una dulce sonrisa, mientras ella se tranquilizaba, le preguntó sin palabra alguna si quería que la penetrara. No contestó. Solo le miró agarrándole los glúteos, llevando todo su cuerpo hacia sus propias caderas. Entonces, muy despacio, sintió cómo la llenaba sin dejar de besarla. Fueron capacesde percibir cómo esa rítmica presión, que parecía hacerles bailar, les hizo explotar de placer a ambos en mil pedazos. Los mil pedazos que se rompieron como un cristal al chocarse, como aquellas copas que habían lanzado al aire y que, de repente, terminaron por quebrarse.

Fue en ese justo momento cuando aquel sonido les devolvió a la realidad del restaurante, del ruido de aquella botella que cayó al suelo estrepitosamente. Del camarero que repetía los segundos platos, la mosca que retomaba el vuelo, desviándose de su rumbo por la brisa del ventilador. Y todos los comensales masticaban y charlaban como si no hubiera pasado nada. Apenas habían pasado dos nanosegundos que para ellos había sido una vida

Todo aquello volvía a moverse, sin embargo, en un mundo paralelo, el ritmo se había detenido, dejándolos a los dos enterrados el uno sobre el otro, sumergiéndose entre las sábanas que los escondía del resto de la humanidad. 


20 de septiembre de 2014

El castigo.


Se había convertido en un vegetal. Llevaba ya varios años recluida en una residencia geriátrica, sintiendo cómo sus últimos días se le descontaban del calendario. Su único hijo la visitaba los domingos y era testigo de cómo esa cruel demencia que apenas le daba tregua, la iba carcomiendo el cerebro sin descanso. Cada día que pasaba empeoraba a pasos agigantados.

Con la mirada fija en la ventana, balbuceaba palabras inconexas: «mala», «daño», «castigo». Y sus ojos vidriosos permanecían fijos, atravesando la vidriera del salón de ocio, donde el resto de los ancianos se encerraban en su propio mundo o jugaban a las cartas mientras otros se sumergían en la televisión.

Masticaba ya sin dientes y el líquido ingerido debía ser absorbido con una pajita, pues apenas tenía fuerzas para más. «Odio», «mala», «pagar», repetía caótica a deshoras. 

- ¿Cómo va hoy, Doña Concha? –le preguntaban a diario las auxiliares mientras ejercitaban sus lánguidas extremidades. Y sus ojos parecían entender la pregunta, casi suplicando que la sacaran de allí, clamando piedad. Sin embargo su boca era incapaz de coordinar una palabra coherente y terminaba por contestar: «mala», «castiga», «sufre». Las paranoias se habían vuelto una constante, ralentizando aquellas palabras en su boca sin casi poder articular las vocales. Apenas se la entendía.

Era ella la única que sabía que su cerebro no estaba dañado. Solo ella entendía que su incapacidad mental no se estaba perdiendo sino que su psicomotricidad estaba limitada. Incapaz de articular una frase coherente, no podía advertirles que no había alzheimer ninguno. Solo ella era testigo de cómo noche tras noche, la anciana de la habitación contigua entraba furtiva y le inyectaba un líquido entre los dedos de los pies, allí donde no se veía señal ninguna.

El líquido adormecía sus músculos y le paralizaba el sistema nervioso. Eran dosis pequeñas de un líquido que la iba matando lentamente, obligando a su musculatura a dejar de trabajar. Y ella, incapaz de comunicarse, no podía advertir que aquella vecina que dormía tras la pared era la culpable de su deterioro físico. Después su verdugo se sentaba a su lado mientras el efecto de la droga hacía su trabajo y ahí comenzaba el verdadero martirio.

- Eres mala – le susurraba la octogenaria-. Lo has sido siempre, una harpía.

Postrada boca arriba, Doña Concha miraba el techo percibiendo sus lágrimas que brotaban sin fuerza, cayendo por sus sienes. Después notaba cómo sus músculos dejaban de responder nuevamente, justo cuando parecía empezar a recuperar algo de movilidad. Así, resignada, escuchaba a diaio su castigo una y otra vez: - Mala gente. Gentuza. Eso has sido toda la vida. Una hija de la gran puta. Zorra – seguía susurrándole su compañera –. Estás viviendo tu propio infierno antes de morir porque no te voy a dejar que disfrutes pudriéndote en él cuando estés muerta. Cuando te mueras dentro de unos años la humanidad se habrá librado de una sabandija asquerosa como tú. Víbora.

Así conseguía que Doña Concha entrara en un sueño de sombras y siniestras pesadillas. Un sinfín de congojas que le atormentaban durante la oscuridad de la noche que no la dejaban descansar en paz y su estado mental se deteriorase, creyéndola los médicos aún más demente.

Día tras día la anciana recibía su dosis de droga que adormecía su cuerpo, imposibilitándola cualquier movimiento. Y las noches se convertían en el más temido momento, escuchando cómo su jueza le relataba al oído lo odiosa que había sido toda la vida.

Fueron años de inyecciones nocturas y poco a poco, se fue deteriorando tanto como para conseguir dejarla agonizando. El nonagenario cuerpo ya no respondía a ningún estímulo y su mente, que secretamente no estaba dañada, prefería dejarse llevar antes que seguir con aquella agonía nocturna.


Su hijo la tomó de la fría e inerte mano mientras ella trataba de respirar con la poca fuerza que inhalaban sus pulmones.


- Ella – apenas dejó escapar un susurro.

- Mamá, no hables – sollozaba el heredero.

- Hermano – insistía entre bocanadas de aire.

- Shhh- le acariciaba la frente su hijo.

- Mala – seguía luchando por expresarse.


Y justo antes de que el corazón inundado en aquella droga que adormecía hasta el más fuerte de los músculos dejara de latir, los ojos quedaran paralizados y la boca entreabierta, Doña Concha alcanzó a susurrar: - Cuñada.

17 de julio de 2014

Si algún día...






Si me dijera que me quiere, que no puede dejar de pensar en mí…
Si me transmitiera más cariño que deseo …  Si algún día me cuestionara que le importo, que se preocupa…

Si alguna vez le viera implicado, doblando conmigo todos los vértices de mi vida... dejaría entonces de sudar entre sus manos, de dejar que me cabalgue como un potro salvaje desbocado, empapándome en sus líquidos que chorrean por mi cuerpo.

Si algún día me preguntara qué hace cuando me voy, a quién llama, por qué no me busca, si me tiene presente o por qué se dispersa... dejaré de trepar por su cuerpo hasta alcanzar su boca, lamerle por dentro, mordiendo sus labios, mientras la puerta de la calle nos frena la caída.

El día en que me diga que le seque las lágrimas, que me aplaque la risa con mi boca llena de él, que sus problemas sean los míos y sus demonios me posean... no dejaré que me roce con su lengua en mi espalda ni que bucee entre mis piernas buscándome el núcleo que tanto ansía encontrar. No querré que me invada, que me siga susurrando lo viril que se siente dejándome invadir, ni jadeará en mi oído hasta explotar por dentro, gruñendo y liberando el quejido del placer feroz.

Si alguna vez me dijera cuánto me extraña y yo ya no le abrace con manos calientes, mis caricias dejen de ser tiernas, cuando antes eran febriles y mis jadeos se transformen en angustia por no poder tenerle cerca…  dejaré entonces de atender su llamada y responder a sus mensajes: levantaré trincheras, pondré muros y fronteras para alejarlo de mi lado.

Será el día en que la pasión se habrá convertido en afecto, el deseo en amistad y la lujuria en cariño.

Ese será el día en que todo se habrá acabado.

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