Subconscientes...

8 de diciembre de 2012

La cocina.




Le vi entrar de la mano de aquella mujer morena. Era delgada, alta y con un pelo negro azabache que le llegaba por la cintura. Quise hacerme pequeña y escurrirme en la silla para que no me viese, y  afortunadamente, mis compañeros comensales me escondieron de su campo de visión sin percibir mi súbita lividez.

El cabrón había estado engañándome durante tres meses. Habían sido varias semanas de llamadas, de risas, de toneladas de quimica. Y aquella tremenda manera de acoplarnos el uno al otro, de penetrarme salvajemente en la cocina mientras le preparaba una copa cuando venía a verme a mi casa. Aquello no era algo corriente. Aquello era especial. Fuera de lo común, diferente, exquisito.Y ahora me daba cuenta de que todo este tiempo había habido alguien más. La oficial. Al parecer, "la otra", era yo. Hijo de puta. Seguí la charla con mis amigos tragándome aquel sapo con la mejor de mis sonrisas, y al marcharme, lo hice discretamente para que no me viese, pero ardía de furia por dentro.

A las pocas horas se puso nuevamente en contacto conmigo, alegando su falta de tiempo, sus muchos quéhaceres, su complicada vida...

- Pero ahora que saco un ratito, dime, ¿quieres que quedemos ahora?
- Claro, pásate por casa cuando puedas, porque además, quiero hablar contigo.

A las once de la noche se presentó con una botella de champán en la mano.Yo lo recibí recién duchada, con un corpiño de seda rosa de lazos cruzados en la espalda. Mi pelo recogido en un alto moño dejaba al descubierto ese collar que rodeaba mi garganta que tanto le gustaba. El calor de aquella noche se podía casi cortar con tijeras pero yo no sabía si era mi propia furia o los 30 grados que había en mi cocina los que templaban mi piel.

26 de noviembre de 2012

Animalillos del Señor




Llevo una época en la que estoy que me salgo. Vamos, que cuanto más mayor me hago, más buena me debo de estar poniendo (y yo echándome cremas, ¡qué ilusa!). Eso, o es que el Facebook está lleno de pajilleros de 20 años que casualmente me tocan a mí, atraídos como moscas a un tarro de miel. Mi autoestima de madurita por las nubes, claro (pfff).

Es que yo me pregunto cómo es posible que con una foto en la que una no vaya ceñida, no se vea canalillo, no se aprecien escotes y sea menos sugerente que una ameba nadando en bromuro, me salgan acosadores hormonados cada dos por tres. Eso sí, siempre es uno diferente y en orden correlativo, según voy bloqueando, va apareciendo otro nuevo. Todos en torno a la veintena, con una foto de vete tú a saber quién y siempre con mensajes iniciales "sin ánimo de lucro": Que si quiero conocerte; que si me gustaría intercambiar experiencias (¿experiencias? Las mías todavía pero las tuyas, ¿cuales? ¿Cómo hacer botellón sin que te pille la poli? ¿Cómo hacerse una cuenta de Tuenti sin necesitar invitación?); Que si quiero hacer amigos nuevos (pobrecito, debe estar muy solo), y un sin fin de excusas estúpidas que tienen menos veracidad que un gitano corriendo en chándal diciendo que está haciendo footing.

Total, que es automático: Primero te mandan un mensaje sin solicitud para agregarme, y yo escéptica, con una ceja levantada, pregunto educadamente, qué es lo que quieren. 

- Conocerte, charlar, no hace falta que me añadas a tus contactos.
- Ya, claro-, respondo aún más incrédula sin cabe, y lo dejo pasar (por no decir correr, que a estas alturas vete tú a saber en qué tienen ocupadas las manos).

Al par de semanas, y en vista de la ausencia de mis respuestas, vuelvo a recibir mensajes-súplicas, que por favor, conteste. Y lo vuelvo a dejar pasar.  Al mes, insiste, y cuando por fin su paciencia se ve desbordada evolucionan al modo "acoso y derribo", mutando su discurso en "quiero saber tus experiencias con la penetración anal" (¡esa misma que estás tú a puntito de probar, chaval!), o el que recibí ayer mismo: "quiero correrme en tus tetas". ¡Así, sin más! ¡Qué poco romántico, joder! ¡Sin juego previo ni nada! ¡Alma de Diosssss!

Claro que para ingenuos, ellos, que se piensan que me he caído de un guindo y soy nueva en esto de las redes. Si tengo ya el culo más pelado que un mandril después de hacerse la cera y, si piensan que voy a creerme que soy la musa de sus pajillas, lo llevan claro... Como si no supiera desde el principio de que se trata de alguno de éstos descerebrados con los que lidio a diario en el trabajo y que, lo más seguro es que anden de cachondeo, sonsacando información al personal femenino para luego descojonarse, colgarlo en la red o llegar a hacer chantaje por el cual la moralidad de la susodicha quede en entredicho y expuesta públicamente.

¡Ay, animalillos del Señor! (del Señor de los Gramillos...)


13 de noviembre de 2012

La llamada inesperada.

(Getty Images)
Sonó el tono del móvil sobresaltándola y dudó en presionar el botón verde. Finalmente contestó más extrañada que fría, sabiendo perfectamente de quién se trataba.

Habían pasado diez años sin saber de él y ahora, sin más, aparecía de la nada. Su confusión fue aún mayor porque días atrás había soñado con él sin venir a cuento. Daba la sensación de que un torrente de telepatía le había arrastrado hacia ella, saliendo de su propio subconsciente y rescatándolo del pasado, conviertiéndolo en real.
 
La conversación deambuló sobre cotidianidades: que si el trabajo, que si la salud, y por supuesto, la familia. La vida había pasado muy deprisa para ambos; mentalmente pesaba un siglo, en cambio, seguían riendo al unísono las mismas bromas, los mismos chascarrillos e ironías que una década atrás les había hecho vibrar.

- Te preguntarás por qué te llamo -, atajó él.
- Bueno, de ti me espero cualquier cosa.
- Verás, durante estos diez años he pensado en llamarte varias veces. Luego me da cierto respeto y acabo colgando el teléfono. Pero vamos, ya puestos, quiero decirte que aún guardo nuestra historia como un grato recuerdo. Me acuerdo mucho de nuestras cosas.
- ¿Si? ¿Qué cosas? –, preguntó con cierta coquetería mientras se inflaba su ego como un globo de helio.
- Pues recuerdo nuestras charlas, nuestras risas…pero sobre todo recuerdo tu piel, tu sabor.

31 de octubre de 2012

¿Como hay ventas, es bueno?




Esta vez no voy a hablar de relatos calientes ni asesinatos, ni cortes de prepucios. Escribo esto en este blog porque es de todo menos políticamente correcto, y como tal, puedo expresarme de forma natural: con mis tacos y mis burradas, mis “sobradeces” y mis rotundidades. Dicho queda, consciente de que muchos no estarán de acuerdo conmigo ni en el fondo ni en la forma, pero sinceramente, es lo que hay (o lo que viene a llamarse "me la pela").

El caso es que me he cogido un calentón esta mañana -de cabreo, no del otro- que todavía ando yo rumiando conmigo misma. Supongo que no ha sido solo por ésto: será que debo andar con las hormonas revueltas (¿pre-monstruósica?), la lluvia incesante (porculizante) y lo que ello arrastra en mi día a día en el trabajo que se vuelve aún más irascible. El detonante en sí ha sido un acalorado debate sobre el gran milagro anual de las editoriales: la famosísima trilogía de  “50 Sombras de Grey”.

18 de octubre de 2012

El umbral desconocido. Parte 3 (y final). Sin llegar a comprender.


En vista de que parece que este relato se quedaba corto, a petición de algún blog-lega que otro, termino y concluyo la historia con ésta última parte (debe ser que me ha dado por las trilogías).

(Getty Images)

Me senté frente a la tele una noche más. 

Lo cierto es que llevábamos años separados mentalmente pero ya había aprendido a vivir de esa manera bajo el mismo techo. No pasaba nada, todo estaba bien. Vería la película y a dormir, que al día siguiente había que trabajar.  Dudé en pasar primero por el baño a masturbarme rápido para aliviar mis tensiones pero me dio pereza. Ni siquiera era por tener la líbido alta. Simplemente me relajaría y dormiría mejor. Son costumbres que uno adquiere cuando las rutinas independientes no cuadran con las de la pareja. Pensé entonces en el tiempo que hacía que no tocaba su cuerpo. Al principio lo demandaba y yo me dejaba llevar. Siempre fue más fogosa que yo y eso me encantaba. Después -no supe cuándo exactamente -, dejó de hacerlo y una gran desidia fue poco a poco apoderándose de mí.

Pensé también en cómo podría haberla seducido durante todo este tiempo para retomar de nuevo aquella química, pero cuando quise reaccionar me encontré con aquel muro infranqueable que era su fría espalda. Parecía un telón inmenso que nos dividía. Creo que fue la dejadez de mi propia ceguera la que no me alertó de esa ausencia omnipresente que se había impuesto entre nosotros.

Recordé que un día su piel comenzó a oler diferente y sus manos, se tornaron esquivas. Lo tenía delante y no lo quise ver. Preferí seguir con mi día a día sin investigar qué estaba pasando. Preferí evadirme pensando en el próximo evento deportivo, en la quedada con mis colegas para jugar al mus o en mis copas con los clientes. Al fin y al cabo era trabajo, ¿qué más quería? Le di espacio, le di aire, era una mera cuestión de confianza, cuestión de honestidad. Y sí, era cierto que hacía ya mucho que dejó de darme avisos. Tenía que haberme percatado de que algo no iba bien, que pasaban los días y nuestras diferencias eran cada vez más palpables. Pero seguí la vía cómoda: seguí levantándome día tras día sin darle importancia a esa losa que nos comenzaba a aplastar desde arriba.

15 de octubre de 2012

El umbral desconocido: Parte 2. Sin agujeros.




Por aquel entonces era demasiado ingenua. Tras quince años de casada, la rutina y la dejadez habían invadido nuestro matrimonio. Infravalorada y sometida en una gran depresión, sin haberlo planeado, de pronto, apareció él y su amplio dominio de la psique femenina. Esa misma que se levanta cada día sin ningún motivo para seguir adelante, cautiva de su propio mundo. Fueron él y su forma de embaucarme los que me llevaron de la mano hasta mostrarme esa tenue línea que yo decidiría traspasar o no. Si lo hacía sería el principio del derrumbe de los cimientos de mi vida.

Sentada en aquel banco del parque absorbía el denso aire del verano, mientras mis dedos, temblorosos y fríos, dudaban en seguir adelante. Vi sus ojos cautivándome, atrayéndome a la zona prohibida, a ese umbral desconocido que tantas veces había imaginado en mis sueños. Fue entonces cuando me robó aquel beso.

Mi decisión fue meditada,  no fruto de un arrebato pasional. Deseaba a aquel hombre como nunca lo había hecho antes. Soñaba con él a la hora de la siesta, por las noches, durante las horas de trabajo... Me imaginaba sus manos rodeando mis caderas, acariciando mis pechos. Me sentía viva y hacía tanto tiempo que no fluían esas mariposas por mi estómago que fui dejándome llevar por ellas.

Llegué temerosa a su casa . Su barrio no estaba dentro de mis rutinas cotidianas, así que fui muy atenta, ocultándome tras unas negras gafas y con paso ligero por si alguien conocido pudiese reconocerme. Sus brazos me recibieron ansiosos y, sin cruzar apenas palabras, su ávida boca comenzó a recorrer cada milímetro de mi piel deglutiéndome vorazamente. Sus manos, tal y como había soñado, exploraron mi cuerpo en profundidad.

Y así comenzó una vida paralela tras ese umbral prohibido que empecé a conocer cada vez mejor. Llegué a experimentar orgasmos de todo tipo: más profundos y placenteros, más ligeros y rápidos; Con su lengua, sus dedos y con aquel miembro poderoso que hacía que casi perdiese el sentido de la realidad. Gritaba, aullaba y me convulsionaba sumergiéndome en un mundo de sensaciones que habían vivido conmigo ocultas bajo mi piel y que estaban aún por descubrir. Después, tras haber alcanzado el clímax varias veces, abatida y cansada, me dejaba invadir por una tristeza insoportable. Y luego venían las lágrimas: Le quería. Quería que aquel hombre capaz de extirpar todo mi instinto animal, fuese mío. Me encantaba escuchar sus palabras, no sólo éramos amantes, también confidentes. Pero era imposible. Ni yo iba a dejarlo todo por él, ni él estaba dispuesto a que yo destruyese mi vida por algo que no podía darme.

10 de octubre de 2012

El umbral desconocido. Parte 1: El clavo.

(Getty Images)
   Estaba casada, eso la hacía más vulnerable. Miraba al horizonte, confusa, ajena a su propio subconsciente que me buscaba ansioso, resistiéndose a los últimos impulsos de esa turbia tentación, enredándose de nuevo en su tradicional y rutinaria vida: sin altibajos, sin contratiempos, monótona, aséptica. Aproveché entonces para besarla  percibiendo el temblor de sus manos. Revivía emociones que presuponía ya enterradas hacía décadas. Temblaba por miedo, aterrada por traspasar aquel umbral desconocido que le atraía potentemente. Sabía que si cruzaba aquella puerta, nada  volvería a ser igual. Y sin más, se dejó vencer.

Noté su boca abriéndose despacio dentro de la mía. Aún recuerdo cómo me encendió febrilmente. Su magnetismo me embaucó. Imaginé entonces cómo serían nuestros futuros encuentros y me derretí por dentro con sólo pensarlo. Iba a hacerla disfrutar descomunalmente, descubriéndole un sinfín de sensaciones placenteras. Otra cosa no sabré pero en el arte del sexo, soy un experto y las casadas son mi especialidad. 

Semanas más tarde, habiéndolo meditado mucho, llegó a mi apartamento tras sus oscuras gafas para ocultarse del gentío que no la percibía. Sus pantis a medio muslo, su ropa ceñida y aquel perfume despidiendo feromonas, me dejaron claro que había decidido venir a por todo. Y yo se lo iba a brindar como ella se merecía. Fue así cómo empezaron nuestros encuentros. 

Sus gemidos y alaridos quebraban el silencio del ambiente. Sus convulsiones y espasmos electrificaban mis orgasmos, mezclándose, salvajes, con los suyos, el sudor y las sábanas. Y cuando la tenía en lo más alto  notaba cómo clavaba sus uñas en mis hombros gritando mi nombre. Después se dejaba caer llorando ríos de amargura entre mis brazos. 


21 de septiembre de 2012

Allanamiento de morada (3 y final) - Minitrilogía



(Getty Images)



Lo vio, sí. Y no sólo le observó bien sino que incluso sintió cada centímetro de su cuerpo pegado al suyo. Empezó a faltarle el aire, no entendía cómo era posible que en aquella situación se pudiese dejarse llevar por un deseo tan básico. Respiraba cada vez más fuerte, en parte por el calor, en parte por la excitación y, a medida que lo hacía, se daba cuenta de que él comenzaba a encenderse también. Notó en su trasero una dura erección incipiente.

No fue consciente de lo que hacía. Se giró lentamente y quedó cara a cara con aquel que portaba la navaja en su mano. Apenas la dejaba moverse, pues su brazo seguía alrededor de su cuello. Ahora, apenas apretaba, pero seguía apuntándola con el filo.


- No lo harás -, musitó ella casi imperceptiblemente.


El la miraba sin más. Era también presa de sus propias reacciones, y fue algo con lo que no contaba.


Y casi sin pensarlo, notando cómo la sangre palpitaba desbocada en sus sienes, abrió sutilmente los labios y le besó. No podía pensar,  no quería. Vivía aquella escena como el sueño que podría haber tenido esa misma noche si no se hubiese despertado.


Él, absorto, notó aquella boca posándose en la suya, la carne caliente acariciándole la barbilla y, sin controlar su propio sistema, pasó su lengua por la boca de aquella seductora mujer. Apenas sabía nada de ella y eso le excitaba aún más. Ella le correspondió abriendo aún más sus labios y dejando que la humedad de aquel músculo fuese lamida por la suya. Las manos femeninas se abrieron buscando la cara de aquel atractivo joven que había allanado su casa. Mientras no dejaba de besarle, casi sin aliento, empujó con un codo el electrodoméstico que permanecía abierto y la penumbra volvió a reinar en aquella calurosa cocina.

19 de septiembre de 2012

Allanamiento de morada (2) - Minitrilogía

(Getty Images)

- Vale, tranquilo -, contestó la mujer en el mismo tono susurrante.- ¿Podrías no apretarme tanto el brazo? No me voy a escapar, me estás apuntando con una navaja.

El ladrón aflojó un poco pero no se fiaba, así que se situó detrás de ella y pasó su antebrazo por el caluroso cuello de su víctima, trayéndola hacia su cuerpo para que no tuviera demasiada movilidad. Estaba empezando a sudar. El pañuelo que se había colocado en la cara y el calor de aquella mujer adosado al suyo propio no le dejaban respirar en condiciones. Decidió bajárselo para notar cierto alivio. Al fin y al cabo la tendría todo el tiempo de espaldas a él y no supondría un peligro.

Mientras tanto, ella notaba cómo el brazo de aquel hombre le acariciaba la clavícula percibiendo su acelerada y varonil respiración que mecía su pelo. Exhalaba aquel aroma fresco que su subconsciente no rechazaba. Sin más, se dio cuenta de que se iba tranquilizando sin entender bien por qué. Debería de estar histérica, gritando, luchando contra él.

- ¿Dónde está? -. Los  labios del asaltante rozaron su oreja derecha y aquel acto involuntario tuvo una respuesta inmediata en ella: el vello de los brazos erizado y el pecho irguiéndose puntiagudo. No era posible que estuviese reaccionando de ese modo, no. Era como si siguiese soñando mientras intentaba controlar a su otro “yo” y no lo consiguiera.

- Está aquí -, dijo señalando la nevera.

- ¿Aquí? -, dijo incrédulo. - Muy listos. Dámelo -, le seguía murmurando al oído.

17 de septiembre de 2012

Allanamiento de morada (1) - Minitrilogía

(Getty Images)
  Eran las 3 de la mañana. Había visto cómo las luces se apagaron hacía ya más de dos horas y sabía que los dueños de la casa dormían profundamente. Sin más, decidió ejecutar su plan accediendo por el punto más débil.

Embutido en su atuendo negro, trepó por la reja del piso bajo y llegó fácilmente hasta la ventana de su objetivo. Sacó el destornillador de su riñonera y, con un golpe seco, hizo palanca para abrir la ventana sin hacer apenas ruido. En tres segundos estaba dentro del salón. La luz de su linterna barría la estancia interrumpida por el destello de la luz del reloj del DVD, que marcaba las 3.04: no tenía mucho tiempo.

Con sumo cuidado, y sin hacer el menor ruido, abrió cajones, revisó encimeras pero no vio nada que mereciese la pena mientras percibía unos ronquidos lejanos procedentes del dormitorio. Despotricó contra sí mismo al ver que no había  nada de valor y dicidió arriesgarse para ir a revisar la habitación. Por si acaso, apagó la linterna y dejó que sus ojos se fueran acostumbrando a la oscuridad. Sólo se escuchaba el sonido de las respiraciones desacompasadas. La una era fuerte y sonora, la otra apenas un susurro, y al fondo, los grillos del estío, que marcaban el ritmo nocturno.

Al llegar a la habitación intuyó a una pareja en la cama. Dormían profundamente pero aún así, sacó la navaja por si fuera necesario usarla. Vio parpadear las luces de dos buenos móviles que descansaban en sendas mesillas, un par de anillos y un reloj que pesaba bastante.

- ¿Donde tendrá esta gente la pasta? -. Se preguntaba desesperado por salir de allí.

Fue directo a la cocina. Conocía bien la distribución de la casa, así que no tuvo que ir indagando de puerta en puerta. Abrió armarios, botes, cajones y despensas, pero fue en vano. Le habían dado el soplo de que tenían dinero en efectivo guardado en algún lugar y sólo era cuestión de encontrarlo, pero se le acababa el tiempo. Estaba tan obcecado en buscar su cometido que apenas se había dado cuenta de que, de pronto, la mujer entraba en la cocina a oscuras, e iba directa a la nevera. Adormilada, casi sin abrir los ojos, con un camisón de tirantes de seda gris perla que dejaba insinuar su figura curvilínea, tiró de la puerta de la nevera para coger una botella de agua fría, y bebió directamente de la boca de la botella.

12 de agosto de 2012

La camisa blanca ( 2 )



- Estooo... ¿quieres tomar algo? - Le dijo decidida a romper aquel denso silencio que les había invadido. El seguía contemplándola, con una mirada mestiza; mitad nostalgia, mitad deseo -. Emmmm, sí. ¿Tienes ginebra?

- Claro, ginebra y tónica. Hay cosas que no cambian…

- Tú solita lo has adivinado -. Contestó irónico mientras colgaba la camisa del pomo de la puerta de la cocina.

Fue directa a sacar hielos. Lo escuchaba merodear por el salón, fijándose en las nuevas fotos, en los nuevos libros, en cada nuevo detalle, ahondando aún más la sensación de lejanía desde la última vez que traspasó el umbral de aquella puerta. Lo recordó con amargura. Casi le pareció escuchar nuevamente aquel golpe que dio la madera al cerrarse fuertemente tras él.

Se rió al darse cuenta de cómo el tiempo lo había calmado.  Cómo esa década había dulcificado su carácter, haciéndolo más transigente, más tranquilo. Después pensó en que si la hubiese conocido en otra época, quizás ahora seguirían juntos, aunque ella era tremenda: Puro genio, demasiado terca, rallando la prepotencia. Ahora parecía más tranquila.  Quizás los años también la habrían sosegado. Concluyó sus pensamientos y se dirigió a la cocina.

10 de agosto de 2012

La camisa blanca (1 )




La despedida por correo fue como siempre: con la típica frase que uno dice que sabe que nunca cumplirá: - A ver si nos vemos para un café.

Una amiga suya lo denominaba como un "ya si eso, eso". Pero al parecer, esta vez fue distinto. Habían pasado dos semanas cuando vio su nombre vibrando en la pantalla del móvil. Lo dejó sonar un par de tonos y contestó pulsando la tecla verde.

- ¿Sí? -. Contestó extrañada.
- Te dije que te llamaría...
- Vaya, ya veo que eres hombre de promesas cumplidas y no de "ya-si-esos"
- ¿Lo dudabas? Estoy en tu barrio.
- No me digas ¿y qué haces aquí?
- Vine a dejar un presupuesto a un cliente.
- Aha, vaya.
- ¿Te viene mal un café ahora?
- ¿Ahora? Bueno...-, dudó mirándose las pintas en el espejo. Llevaba cara de haber trabajado 45 horas seguidas, el pelo sucio en una coleta y ropa de andar por casa, pero no había nada que no solucionase una ducha reparadora.
- ¿Me das veinte minutos?
- Y treinta. Te espero en la cafetería de la esquina.

Entró por la puerta de aquel bar veinticinco minutos más tarde. El pelo húmedo, suelto, unos vaqueros ajustados y una camiseta que realzaba su figura hasta el más mínimo poro de su cuerpo. Apretada, muy apretada. Había adelgazado varios kilos desde la última vez que se habían visto, hacía ya ocho años, y quería lucirlo.

24 de julio de 2012

No quiero

Imágenes de "Getty Images"
No quiero ir de la mano, cenar con él, que me hable de amor, ir a la compra o ver una peli poniéndonos ciegos a palomitas. No quiero ir al cine, comer hamburguesas, dar un paseo, ir a fiestas de cumpleaños, a comidas familiares…

No quiero que me cuente su día en el trabajo, qué ha comido, qué ha dicho su jefe, si sus resultados son buenos, si va a tener un ascenso o si alguien le está haciendo la vida imposible.

No quiero hacerle la cena, ni cocinar juntos, ni ver su cepillo de dientes junto al mío. No lo quiero roncando al otro lado de mi cama, ni lavar su pijama con la ropa oscura.

Quiero que llegue a mi casa y me coja del cuello, me empuje contra la pared bruscamente, me bese dejándome sin respiración, me destroce el vestido, me rompa la ropa interior y me coja en volandas, desnuda, para recorrer mi cuerpo con su boca, mientras yo, me agarro al pasamanos de la escalera. Y cuando me haya mojado completamente, quiero que me monte una y otra vez: Primero en el salón, después en mi habitación, haciéndome gritar de placer, despertando a los vecinos, metiéndome sus dedos en la boca para callarme, chistándome al oído.

No quiero que quede una estancia libre sin sus fluidos mezclados con los míos, dejando su vello rizado en mi cama, como recuerdo. Quiero que mis sábanas se empapen de su sudor, de sus hormonas batidas con las mías.

Y cuando me sienta exhausta y todos mis músculos hayan notado que ha pasado como un caballo en celo por mi cuerpo, quiero que me deje dormida, magullada de placer, escucharle que recoge sus cosas… y vuelva a casa con su mujer.

27 de junio de 2012

Lo ansiaba tanto...

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Lo ansiaba a todas horas. Lo veía salir agarrado a su mano y sabía que nunca podría competir con esa estabilidad, con sus hijos, con la familia, con su entorno. Sin embargo le esperaba encorsetada en su traje de alta ejecutiva, dispuesta a que la tela se le adosara a su piel, fijándola con su propio sudor, mezclándolo con el de él.

Entraba hecho un manojo de nervios. Nadie podía imaginar que se veían así, en aquel cuarto del archivo, y que no sólo era arriesgado a nivel laboral es que además, él era su subordinado. Se besaban furtivos, prestos, veloces, saboreándose la piel, la saliva, la boca.  Apenas tenían unos minutos para dar rienda suelta a sus fluidos, para liberar sus deseos reprimidos. Y lo hacían,  precisos, en cualquier lugar de aquel sitio: contra una columna, tras la pila de cajas adosadas o encima de la fotocopiadora, agudizando los sentidos: el oído por si entraba alguien, el tacto por retener más sus pieles y el gusto dejando sus lenguas encontrarse una y otra vez.

Y mientras él la penetraba raudo, apartándola aquel negro tanga, acariciando sus medias y su liguero con los pulgares, cerraba los ojos sintiendo aún más su dulce interior. Odiaban ese momento y al mismo tiempo lo deseaban tanto que todo aquello formaba parte de una gran confusión. Darían lo que fuera por poder echar un polvo en posición horizontal, en una cama, como todo el mundo, pero al mismo tiempo, sólo el hecho de estar en aquella situación, siendo ella la jefa y  él estando casado (además con una de las empleadas) les hacía llegar a un nivel de excitación superior a cualquier rutina amatoria de un hotel.
Les "ponía" lo furtivo, les encantaba el riesgo, el hecho de que en cualquier momento pudiesen ser descubiertos pero al mismo tiempo lo detestaban.

Así se encontraban un par de veces por semana: comprimiendo cualquier ruido, acallando los gemidos, terminando de llegar al clímax sin abrazarse, sin el cigarro de después, sin carantoñas ni mimos postcoitales. Ella se bajaba la falda, se colocaba de nuevo el tanga, mientras él subía rápido sus pantalones buscando alguna mancha de humedad.

Después, se besaban justo antes de salir por la puerta agarrando cada uno sendas carpetas, como si nunca hubiese pasado aquello.

Lo deseaba tanto, que le quería a todas horas para ella y sabía que nunca podría disfrutar de un marido y un padre de familia entregado como él. Nunca sería suyo pero tenía la certeza de que cada noche, con quien soñaba era con ella, y cuando hacía el amor con su mujer, pensaba en ella, imaginándosela encima.

Y una vez en casa, él volvía a la rutina: los niños, la cena, repasar la lección, adormecerse con la tele y llegar a la cama sin más, teniendo al lado a quien una vez juró amor eterno y soñando con aquella a la que no podía prometer nada. 
 
Mientras, su mujer lo miraba de soslayo, siendo consciente de que si aquel sueldo entraba en la casa era por su jefa, esa misma que les avaló en la hipoteca y les consiguió aquel chollo de mansión. La misma que consiguió que la empresa pagara el colegio de los niños y les diera aquel cochazo de lujo.

Si no fuera por todo eso, habría dejado de aguantar todo aquello que el resto de la oficina pensaba que ella no sabía.

20 de junio de 2012

Cita fatal.

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           Le odiaba inmensamente. No podía soportar su manera de actuar ni su manera de trabajar. Era un cabronazo que se aprovechaba de los demás, que intentaba sacar beneficio constantemente de todo el mundo. Para colmo era bastante machista, de ahí que no tuviese mujer que le soportara, ni hijos que le dulcificaran el carácter en sus negros días bipolares.

Tenía que soportarlo cada dos por tres, atrincherándose en su sitio, revisándole los papeles con los que trabajaba, husmeándole el escote y dejando clarísimo que quería tener una aventura con ella mientras posaba sus pupilas en el canalillo de aquella voluptuosa mujer.

Pero ella le ponía malas caras, era antipática, desagradable, cortante y fría, aunque él parecía encontrar cierto morbo a verla con el ceño fruncido y hacía como si no fuese con él. Le daban lo mismo sus negativas. Si podía sentarse cerca de la hora de comer, lo hacía, dándole conversación. Y cuando tenían alguna que otra discusión disfrutaba de lo lindo. Le "ponía" verla enfadada. Se la imaginaba con el pelo revuelto, jadeando como una loca, sudando agitada encima de él, así que la provocaba y fantaseaba con esa escena mientras se le hacía la boca agua.

Ella, mujer de carácter tajante y soberbio,  cansada de lidiar con él, analizó la situación durante meses y finalmente accedió a salir con él una noche.


16 de junio de 2012

Lloraba porque la quería.

Imágenes de Get Images

Lloraba. Sus lágrimas rodaban como las de un niño pequeño, incomprendido y frustrado por no poder controlar la situación. Quizás fuera el alcohol de las muchas copas, las que ayudaban a que su aparente y dura masculinidad se fuera al traste con sólo con rascarle un poquito por fuera. Lloraba porque la quería y no estaba con él, asentándole, sujetándole, haciéndole sentir seguro. La echaba tanto de menos - decía - que miraba el móvil cada dos por tres en aquel bar.  Después lo metió en el bolsillo y dejó de vibrar, mientras que su pulso empezó a hacerlo al compás de la melodía que sonaba en aquel sitio.

Su cara de hombre duro se dulcificaba cuando unos enormes hoyuelos asomaban por sus mejillas punzantes, rasuradas "al tres," y una blanca sonrisa iluminaba sus ojos, destellando radiante en la penumbra del lugar. Se concentraba en la guitarra, escuchaba el bajo y bebía whisky. Y en cada trago iba olvidando, poco a poco, que el motivo de su nostalgia había estado vibrando en su bolsillo hasta hacía unos segundos.

5 de junio de 2012

Un día sin calendario.

(Imagen de Getty Images)

Fue imposible evitarlo. Ambos fueron conscientes desde el primer segundo de que la química que les unía en cada encuentro era cada vez mayor e intuían que cualquier día, si no lo remediaban, se dejarían llevar.

No era moral. Tampoco decente. Traicionarían a sus parejas, sin embargo, era inevitable, había algo por dentro que les empujaba a seguir, a avanzar un paso más. Tenían la sensación de haberse conocido en el pasado, reencontrándose décadas más tarde.

Todo había ido poco a poco. La magia fue envolviéndolos a lo largo de los años. Se hacían gracia, se sentían cómodos, se gustaban por dentro, se comían con los ojos por fuera… sin embargo, todo aquello lo retenían, lo dejaban pasar, luchaban para que la situación no se les fuera de las manos, hacían oídos sordos a sus instintos.

Y así pasó el tiempo. Fueron varios años de bromas, de canciones, de risas, de mensajes subliminales, de información entre líneas que buceaban entre selvas de asépticas palabras que todo el mundo leía. De manos entrelazadas mientras calmaban sus ansias paseando por la ciudad vacía. Y de castos besos en la frente llenos de deseo que se disfrazaban de ternura. No podía ser, no debía ser, no tenía que ser… pero fue.

Fue, por supuesto, en una noche de esas que no pertenecen a ningún calendario. Sucedería tarde o temprano. ¿Qué más da el año, el mes, el día y la hora? Todo fluyó casi de una manera predestinada, en una intensa velada a la que ambos se aferraban ralentizando cada minuto, sujetándola con las uñas, mientras los minutos nocturnos se descontaban hacia la luz del día. Una noche de música, de risas, de abrazos camuflados de pura amistad, de bailes cercanos que, poco a poco, se ralentizaron acompasados.

Fue una de esas noches en el que las almas dominan y ellos, sumisos, asumen que son esclavos de su propia voluntad. No hablaron para no interrumpir el momento, por no romper el hechizo que les devolviese a la realidad. Callados, como si lo hubiesen planeado, se tocaron la piel evocando los sueños que habían imaginado desde hacía años, comparando aquella verdad con el recuerdo que tenían de lo imaginado en los sueños.

Y llegaron los besos ansiosos, tiraron la cordura al suelo, abriéndose, enormes, para absorberse mutuamente. Las manos, ya húmedas, exploraban sus deseados cuerpos, saboreándose el uno al otro, veloces, para no arrepentirse, apretándose muy fuerte y siendo conscientes de que aquello no volvería a pasar. Por fin, sumergidos ya el uno en el otro, jadearon al mismo ritmo, compartiendo el mismo aliento, buceando en las pieles, ya empapadas, hasta dejarse ir muy dentro, cayendo rendidos entre espasmos de placer y recuperar finalmente la fría sensatez que les trasportaba al mundo real.

Fue inevitable, sí.
Y todo ocurrió en la penumbra del amanecer de aquel día sin mes. Porque hay momentos que no corresponden a ningún calendario, pertenecen a dos vidas que, de pronto se congelan, se mezclan y comparten ese momento, asumiendo que ese día y su recuerdo perdurarán para siempre.

30 de mayo de 2012

Soy distinto.

Era delgado, llevaba el pelo largo y una fina perilla que perfilaba su mandíbula. Ciertamente, tenía aspecto de hombre moderno, pero si me lo imaginaba vestido como un espadachín, en plena época de Quevedo, podría haberme jurado que acababa de llegar del Siglo XVII en alguna máquina del tiempo y le hubiese creído.

Su papel consistía en ir de sensible, de alternativo, de diferente. Ya en la cena me expuso claramente su carácter y, entre frase y frase, recalcaba que ni tenía televisión para no ser manipulado por los medios (¡Qué cool!).

Le observé mientras me acosaba a preguntas. Me ponía nerviosa. Casi hacía tambalear mis seguros cimientos, esos que todos se empeñaban en clasificar como de hormigón y en realidad eran de paja. Sí, quería perforar mis defensas intentando componerse una idea sobre mí, etiquetándome, posicionándome, estereotipándome y prejuzgándome (y no hay cosa que más odie, pues para bicho raro, yo) 

27 de mayo de 2012

Aún recuerdo.

Barnaby Hall

Aún recuerdo aquella tarde de verano en la que el asfalto quemaba los pies a través de la suela de los zapatos. Ese calor seco convirtiéndose en gotas, mezclándose con el denso oxígeno de aquella oscura habitación sin ventana. La tenue luz que iba colándose por la puerta, dejando únicamente espacio a los alientos reprimidos tornándose jadeos, las ávidas respiraciones alojándose en los pulmones para aspirar una bocanada más, como si fuera la última. Aún me viene a la mente aquel blando colchón que pocas veces nos cobijó más de dos horas seguidas.

No he olvidado cómo pasaban los días de mi tediosa vida buscándote, furtiva, anhelando cada instante, planeándolo, cada hora, cada segundo que se marcaba en el cronómetro descontándose del tiempo en el momento en que tus duras manos desgastaban mi cuerpo, dándome la bienvenida. Me exprimías con ansia entre tus dedos, casi cortándome la respiración, para asegurarte que era tuya, estrangulándome de pasión.

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