Subconscientes...

16 de junio de 2012

Lloraba porque la quería.

Imágenes de Get Images

Lloraba. Sus lágrimas rodaban como las de un niño pequeño, incomprendido y frustrado por no poder controlar la situación. Quizás fuera el alcohol de las muchas copas, las que ayudaban a que su aparente y dura masculinidad se fuera al traste con sólo con rascarle un poquito por fuera. Lloraba porque la quería y no estaba con él, asentándole, sujetándole, haciéndole sentir seguro. La echaba tanto de menos - decía - que miraba el móvil cada dos por tres en aquel bar.  Después lo metió en el bolsillo y dejó de vibrar, mientras que su pulso empezó a hacerlo al compás de la melodía que sonaba en aquel sitio.

Su cara de hombre duro se dulcificaba cuando unos enormes hoyuelos asomaban por sus mejillas punzantes, rasuradas "al tres," y una blanca sonrisa iluminaba sus ojos, destellando radiante en la penumbra del lugar. Se concentraba en la guitarra, escuchaba el bajo y bebía whisky. Y en cada trago iba olvidando, poco a poco, que el motivo de su nostalgia había estado vibrando en su bolsillo hasta hacía unos segundos.

Fue oteando a la muchedumbre y se dio cuenta, una vez más, que volvía a ser el punto de atención sobre quien la mayoría de las féminas cuchicheaban sin quitarle los ojos de encima. Era un hombre muy atractivo que inspiraba masculinidad por los cuatro costados. Encendió un cigarro y sujetó el tubo de cristal de aquella larga copa con la misma mano, mientras con la otra buscaba su vibrante estabilidad, callada ahora, en su pantalón. Sin noticias. Volvió a echarla de menos y automáticamente, sin ser consciente de ello, se anestesió nuevamente la garganta.


Yo, sin embargo, no lo vi venir. Aquella noche de encuentros y desencuentros extraños aún intentaba procesar que, semanas antes, mi corazón se había deshecho como un papel quemado por el fuego. Así que tomé nota y decidí  seguir las mismas pautas que mi ensimismado acompañante: Quise también sedarme el espíritu calmando mi dolor, abstrayéndome en la guitarra y zambulléndome en la música, dejando que mi cuerpo flotara al ritmo de las notas. Y no, no fui consciente de que él había dejado de buscar el dulce cosquilleo de su móvil vibrando y de escudriñar las curvas del resto de las mujeres, fijando toda su atención en las mías.

 - No sabe lo que se pierde -. Me dijo halagador rozando mi oído con su boca. Si,  alimentó mi dañada autoestima mientras ponía su mano en mi cintura al ritmo de alguna canción que me trasladó al pasado recién quebrado. Fue entonces cuando me hizo llorar. Serían mis copas, la música, el desamor, el sentir que aún estaba hecha añicos y que iba a tardar en superarlo, pero lloré desesperada. Después me abrazó con su envoltorio fraternal, esperando que mi sumiso cuerpo se cobijara en su pecho escupiendo toda mi pena.

Me besó en la frente y limpió mis lágrimas. Después en la cara, secándomelas. - Te lo digo en serio, no sabe lo que se pierde -. Repitió silenciándome los labios con un suave "piquito" reclamando una complicidad liberal que nunca tuvimos. Y yo, sometida por el cálido gesto, caí en sus brazos rendida, percibiendo, estupefacta, cómo esa estática y gélida pureza que siempre hubo entre nosotros se iba derritiendo entre los dos al notar su cuerpo reaccionar, viril, aprisionando el mío. Cómo sus labios se fueron posando en mi cuello y mi vello corporal se erizaba, después de mis pezones.

Sus ojos cerrados buscaron a tientas mi boca, comiéndome los labios y metiendo su lengua dentro de ellos, saboreando mi saliva mezclada con su whisky y mi ginebra. Lo abracé aceptando que debía ser la mujer más afortunada del local y me olvidé de lo que quedaba de mis cenizas dentro de mí. Incrédula y mareada, dejé que hiciera, extirpándome mi pena, vaciándome el dolor y cosiéndome la herida mientras su lengua jugaba con mis areolas, su boca me devoraba, sus dientes me comían despacio, lamiéndome los poros de mis muslos hasta introducir su boca succionándome hasta saciarse.

Y sin pensarlo mucho más, fue penetrándome poco a poco, lentamente, como con miedo, cabalgándome sin dejar de besarme los surcos de las lágrimas que habían dejado huella por mis mejillas y ahora lucían espléndidas por el sudor. Fue tranquilo, sin brusquedad, acariciándome la cara y mirándome a los ojos, cual amantes que se reencuentran después de un largo período.

Fue el reprimido grito de aquel orgasmo simultaneo el que acabó devolviéndonos a la realidad, tras un largo silencio, mientras él se dejaba caer aún jadeante, encima mío. Después me abrazó, emocionado...y comenzó a llorar.

Lloraba sí, porque lo había vuelto a hacer. Quizás lloraba porque ella no estaba, porque le había vuelto a fallar, porque yo no era ella... aunque él decía que lloraba porque la quería.

13 comentarios:

  1. Ese encuentro que describes me parece muy triste, tal vez por que en el fondo son ambos las sobras de otros. Aún así la historia está muy bien desde luego.
    Me ha gustado despedir el día leyéndote.

    ResponderEliminar
  2. Vaya, vaya con el promiscuo... no le critico, pero como continue así, el sentimiento de culpabilidad le hará llorar en más de una ocasión.
    Eso sí, el "jodio" entre llanto y llanto, se consuela muy bien y hace que se consuele la susodicha.

    Muy bueno y caliente el relato, lo que más me ha gustado... los cuatro últimos párrafos ;)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. O sea, lo que más te ha gustado "la carnaza"...jajajajaja. Ok, oído cocina!!!

      Eliminar
  3. Madre mia estos dos están machacados... Una historia triste pero que es muy habitual en los tiempos que corren.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Totalmente, Beatriz. Es mucho más habitual de lo que la gente se imagina. Ahora habría que imaginar por que "ella" no estaba con él... Gracias por leer!

      Eliminar
  4. Te felicito por estas letras, Ana. Hay cadenas impresionantes, envolventes, intensísimas, pasionales, por supuesto y muy bien descritas.
    Lo viví, que quieres que te diga... en mis propias mientes.

    Te mando un beso, no tan cálido, pero firme. :)

    ResponderEliminar
  5. dos náufragos en apuros. En fin, ese atractivo chico de los hoyuelos se debería mirar esa manía de consolarse las penas de esa forma, porque de lo contrario esa mujer, la del móvil, no le perdonará nunca.
    La chica triste en cambio, saldrá de ese garito o tugurio mucho más triste, pero con la libido satisfecha, en fin, la vida es así.
    un relato muy chulo, mi niña. Al final el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

    ResponderEliminar
  6. Una historia nostálgica y cotidiana.
    que disfrutes el fin de semana.
    un saludo.

    ResponderEliminar
  7. Esos encuentros remedian, pero no solucionan. Un relato muy bien escrito, tocaya. Un abrazo

    ResponderEliminar
  8. Porque lo he vivido te aplaudo tu forma de contarlo y de vivirlo.

    Ha sido un placer

    Un beso abstemio, de momento.

    ResponderEliminar
  9. uis, como me suena esta historia!! (...quien esté libre que tire el primer ladrillo)
    Cuando se busca consuelo en el placer, siempre hay dolor, creo yo (...al tone en cambio le mola)
    Muy bien contada,amiga...con cadencia, sensualidad y profundidad...y una buena dosis de romanticismo, como ha de ser.

    ResponderEliminar

Tus comentarios me inspiran.

Más páginas