Subconscientes...

10 de agosto de 2012

La camisa blanca (1 )




La despedida por correo fue como siempre: con la típica frase que uno dice que sabe que nunca cumplirá: - A ver si nos vemos para un café.

Una amiga suya lo denominaba como un "ya si eso, eso". Pero al parecer, esta vez fue distinto. Habían pasado dos semanas cuando vio su nombre vibrando en la pantalla del móvil. Lo dejó sonar un par de tonos y contestó pulsando la tecla verde.

- ¿Sí? -. Contestó extrañada.
- Te dije que te llamaría...
- Vaya, ya veo que eres hombre de promesas cumplidas y no de "ya-si-esos"
- ¿Lo dudabas? Estoy en tu barrio.
- No me digas ¿y qué haces aquí?
- Vine a dejar un presupuesto a un cliente.
- Aha, vaya.
- ¿Te viene mal un café ahora?
- ¿Ahora? Bueno...-, dudó mirándose las pintas en el espejo. Llevaba cara de haber trabajado 45 horas seguidas, el pelo sucio en una coleta y ropa de andar por casa, pero no había nada que no solucionase una ducha reparadora.
- ¿Me das veinte minutos?
- Y treinta. Te espero en la cafetería de la esquina.

Entró por la puerta de aquel bar veinticinco minutos más tarde. El pelo húmedo, suelto, unos vaqueros ajustados y una camiseta que realzaba su figura hasta el más mínimo poro de su cuerpo. Apretada, muy apretada. Había adelgazado varios kilos desde la última vez que se habían visto, hacía ya ocho años, y quería lucirlo.


Él estaba prácticamente igual. Tenía alguna cana más, un par de arrugas de expresión más marcadas y los mismos ojos vivos, la misma sonrisa enorme y el mismo simpático semblante.

- ¡Por fin! -, dijo dándole dos castos besos y achuchándola ligeramente -. ¡Estás guapísima! -, exclamó sin ningún tipo de rubor. Ella se sonrojó. Ser halagada espontaneamente por alguien con quien había tenido una relación tormentosa en la que el orgullo y la lucha de caracteres había dominado todo su noviazgo, era lo último para lo que venía preparada.

Pasaron tres horas poniéndose al día. No fue un café sino varios refrescos y alguna que otra cerveza. Era otoño y los días comenzaban a acortarse, así que hacía ya más de media hora que el sol los había abandonado tras las montañas que se divisaban a lo lejos.

- Aún tengo tu camisa guardada en mi armario, - dijo ella con complicidad, tras haber  recuperado cierta confianza en aquella larga charla.
- Estará amarillenta -, dijo él entre risas.
- No esperarás que la lavara con la ropa habitual. Si la quieres, voy a por ella.
- Mejor subo contigo y me la das, así te acompaño, que se ha hecho ya de noche.
- ¿No tienes que volver ya? Ese padre de familia...por favor.
- Están de vacaciones, con mis suegros, ya sabes.

Ese "ya sabes" implicaba aburrimiento, rutina, desidia y dejadez. Ella lo sabía y él también. Lo habían hablado mil veces cuando estuvieron juntos. Nunca les pasaría a ellos. Lucharían por no caer en la típica vida familiar en la que, una vez se tienen niños, las parejas se olvidan de ser parejas y la intimidad queda hundida en los recuerdos de la nostalgia. Sin embargo, ahora él, parecía haber caído en ese despropósito con la mujer con la que se había casado años más tarde.

Subieron al piso en busca de la camisa. Ambos sabían que era una excusa estúpida para no despedirse, pero también intuían que traspasar esa puerta implicaba llegar a unos límites que hasta hacía unas horas tenían impuestos durante años.

- Si cortamos, nunca más tendremos sexo, que te quede claro -, solía decir ella risueña, entre sus brazos, hacía casi una década.

- Tampoco vendría a por él, listilla -, contestaba él jocoso.

Y según le iba enseñando los cambios a los que se había sometido su piso durante esos años, notaba cómo él pasaba de mirar lo señalado a fijar las pupilas con las de ella.

Por fin sacó aquella camisa (en otro tiempo blanca) que lucía ahora un pobre color casi crudo.

- Aquí la tienes -, le entregó la percha mientras él la miraba fijamente, sonriendo. Y al agarrar el gancho, rozó sus dedos y pudo percibir aquella misma corriente que habían sentido hacía ocho años. Ambos enmudecieron. A los dos se les había erizado el vello.

Intentaron poner distancia nuevamente a sus cuerpos (ahora muy cercanos) pero parecía que el tiempo se hicía denso, ralentizándose, y el aire pesaba más de lo habitual. Los dos sintieron ese instante como si estuviese congelado, durante horas.

Por fin ella consiguió arrancar una frase: - Estooo...¿quieres tomar algo?

(Continuará...)

8 comentarios:

  1. Tengo la corazonada (no sé si hago bien al llamarlo corazonada), de que van a rememorar tiempos pasados.
    No me lo pierdo...

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  2. Esta vez nos has dejado con "la miel en los labios"... Aunque ya veo qué continuará me imagino su final, pero no te lo diré... para qué no lo cambies ;)

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  3. Espero impaciente la próxima entrega...

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  4. Ponte manos a la obra y continúa el relato, tocaya!!
    Un besote

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  5. aaaaaaaaaaaahhh ¡me has dejado con la miel en la boca mala mujer!!!

    ¡venga, a estrujarse los sesos y a colgarlos prontito!

    mil besos.

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  6. que cuelgues el relato, no los sesos. Por dios, menudo mensaje que te he puesto...

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  7. Ay madre... sáltate la copa por favor y al grano!!!!... jajajajaja

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  8. Jajaja, gracias por la impaciencia, chicos...Espero poder finiquitar esta historia dentro de unas horas y antes de salir de vacaciones!

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