Subconscientes...

12 de agosto de 2012

La camisa blanca ( 2 )



- Estooo... ¿quieres tomar algo? - Le dijo decidida a romper aquel denso silencio que les había invadido. El seguía contemplándola, con una mirada mestiza; mitad nostalgia, mitad deseo -. Emmmm, sí. ¿Tienes ginebra?

- Claro, ginebra y tónica. Hay cosas que no cambian…

- Tú solita lo has adivinado -. Contestó irónico mientras colgaba la camisa del pomo de la puerta de la cocina.

Fue directa a sacar hielos. Lo escuchaba merodear por el salón, fijándose en las nuevas fotos, en los nuevos libros, en cada nuevo detalle, ahondando aún más la sensación de lejanía desde la última vez que traspasó el umbral de aquella puerta. Lo recordó con amargura. Casi le pareció escuchar nuevamente aquel golpe que dio la madera al cerrarse fuertemente tras él.

Se rió al darse cuenta de cómo el tiempo lo había calmado.  Cómo esa década había dulcificado su carácter, haciéndolo más transigente, más tranquilo. Después pensó en que si la hubiese conocido en otra época, quizás ahora seguirían juntos, aunque ella era tremenda: Puro genio, demasiado terca, rallando la prepotencia. Ahora parecía más tranquila.  Quizás los años también la habrían sosegado. Concluyó sus pensamientos y se dirigió a la cocina.

La vio de espaldas, como antaño,  su figura había mejorado notablemente. Se había recogido el pelo en una coleta alta. Lidiaba con el hielo, los vasos, el limón…y su cabello se mecía ligero, suave, balanceándose  por la tenue brisa que entraba por la ventana. Vio aquel lunar que tanto le gustaba, justo en la nuca. Tímidamente se acercó a observarlo más de cerca, igual que hacía antes, mientras ella cocinaba. Rememoró cómo se entrelazaba a su espalda cuando trabajaba en la cocina. El lunar seguía ahí, redondo, perfecto, oscuro. Se acercó más hasta oler su perfume. No el que llevaba puesto, sino su aroma, el de su cuerpo. Inhaló el olor de su piel, ese mismo que tanto había deseado en el pasado, el mismo que odió después y volvía a añorar envuelto en lágrimas días más tarde.  Fue cuando ella notó su respiración caliente detrás y se quedó inmóvil, sin dar crédito a que esa puerta sellada, lacada, cerrada, enterrada e incinerada, tuviese fuerzas para abrirse. Era irracional. No podía ser. No debía ser. Su momento ya había pasado, aquello no tenía sentido, ahora no. Sin embargo, era incapaz de moverse. Su cabeza decía “apártate”, pero su cuerpo se quedaba petrificado al notar su boca templada y húmeda posada en su nuca. Los labios le rozaban aquella obsesión de su insensata mente masculina: el lunar de su nuca, como antes. Y  fue notando cómo todos y cada uno de los pelos de sus brazos comenzaban a erizarse, delatores. Después, tímidamente, siguió rozándole el cuello, con su boca relajada, hasta que dibujó minúsculos besos, repartiéndolos en cada poro mientras buscaba la femenina mandíbula. 

Su respiración se apresuraba poco a poco, pese a que ella intentaba frenar esa falta de oxígeno que parecía invadirla. Pero no consiguió  controlar que aquella boca, que en otros tiempos había sido suya, buscara a ciegas la de ella. Sabía bien el camino. Lo había recorrido incontables veces y parecía no haberlo olvidado a pesar del paso del tiempo.

Se besaron despacio, respetuosos, como con miedo, rozándose al principio, sin ejercer presión. La corriente entre esos dos cuerpos comenzaba a producir voltios, pese a no tocarse. Luego la acarició débilmente con el reverso de la mano, sin dejar de mirar sus pupilas, buceando en su mirada mientras buscaba ahí dentro a la misma mujer con la que se había comprometido hacía casi diez años…y al fondo, la vio. Cerró los ojos entonces y adosó su boca a la de ella, hundiendo su lengua en busca de la suya. Después succionó su labio inferior mientras con su nariz podía respirar las inhalaciones de ella. Mordió sus labios despacio mientras iba arañándole suavemente la piel con sus dientes: primero la barbilla, después el cuello, mordisqueándola poco a poco, hasta llegar al hueso de la clavícula donde su lengua comenzó a jugar con su piel salada, mezclada con perfume. Apartó el tirante del sujetador con los dientes y relamió sus redondos hombros.

Ella, apoyada en la encimera de la cocina, trataba de volver al presente, a la realidad de estar cada uno viviendo sus vidas, ajenos el uno al otro, pero él la rescataba con el látigo de su lengua, que iba invadiendo poco a poco todas sus extremidades. Miró hacia abajo y notó cómo sus manos ágiles y expertas se gababab cada poro de su piel. Cogió su ajustada camiseta y sin pedir permiso, tiró de ella hacia arriba. Después comenzó el ritual de ir saboreando su canalillo mientras le escuchaba entrecortarse la respiración con los ojos cerrados.

- No deberi… - consiguió decir ella finalmente.

- ¡Shhh! – musitó él sin dejar de lamerle los pezones. Conocía perfectamente sus puntos débiles.  Era una batalla perdida, deliciosamente vencida, así que decidió rendirse y se dejó llevar:

Fue bajándole los ajustados vaqueros con dulzura, casi con la boca, mientras con las manos le acariciaba despacio. Y una vez desnuda, delante de él, en la cocina, se retiró para contemplarla:

- Cuánto tiempo he soñado con esto -. Tenía la mirada ida, como si no fuera el mismo que le había hablado de sus hijos media hora antes. Ahora no. Ahora era el mismo que ella había conocido, el mismo que la había poseído tantas  y tantas veces, diabólicamente pasional.

- ¿Sabes? – Preguntó él volviendo a besarla.

- No sé si quiero saber…- Contestó ella en su lucha para volver a la realidad.

- Nunca he hecho el amor con nadie como lo hacía contigo -. Dijo con la boca llena de ella.

Y allí, en la misma cocina, desnudos ambos, se fueron hundiendo poco a poco, el uno inmerso en el otro, al mismo compás, subiendo y bajando, acoplados, abrazados, agitando sus jadeos, sus gemidos, como si no hubiesen pasado los años. Como si nunca se hubiesen despedido tras aquel gran portazo. Sin haberse olvidado aquella camisa blanca, casi amarillenta, que ahora yacía colgada del pomo de la puerta, como único testigo de su rememorada pasión. Recordada, sí, por primera y última vez.

9 comentarios:

  1. Bastante bueno.

    Más de una mujer debería leerte para liberarse y más de un hombre para aprender de las mujeres.

    Un abrazo fuerte.

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    1. Gracias, Conocimiento, bueno...llega un momento en la vida que más te vale liberarte. Si no...te pierdas un montón de cosas. Gracias por la lectura y el comentario.

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  2. Me gustan tus subconciencias...creo que escribir acerca de lo erótico,es un ejercicio liberador que nos ayuda a fluir mejor en la literatura.

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  3. Sí, Luni. Tengo pendiente tu "tupper-sex" (que lo he visto por encima pero merece una lectura más profunda...jajaja. Y nunca mejor dicho!)

    En cuanto deje de hacer maletas me pongo!

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  4. En esta ocasión, encuentro algo más que deseo sexual en estas letras. Erotismo suave y delicado, mezclado con una historia nostálgica y un alo como de que nada ha pasado, y nada pasará.
    Me parece un final muy bueno, y la verdad, esperaba una sorpresa, ese único testigo me ha saciado literalmente... pero no sé por qué, tengo la sensación de que me he saltado algo, quizá no incluido esplícitamente, o ni siquiera está oculto por haberse quedado entre tu material inédito.
    Me ha excitado, esa es la verdad, porque hay una historia ahí, es romántico a la vez que erótico.

    Creo que ya he escrito demasiado... Buen relato.

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  5. Aunque el final era esperado no ha sido menos sorprendente. La manera de narrarlo me encanta y es muy excitante. Esos momentos deben ser sensacionales, espero comprobarlo por mí misma algún día jajajaja.
    Bueno, pásalo bien en tus vacaciones.

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  6. Ohhhhhhhhhhh, no esperaba menos de ti, tocaya!!!
    Lo relatas de tal manera que hasta se puede palpar. Muy buen relato, romántico, erótico y sensual.
    Felices vacaciones y besotes.

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  7. Me ha atrapado, y me tuvo expectante hasta el final (aunque el final es lo de menos, en mi opinión, lo que me encantó es el modo de contarlo).
    Muy bueno, como todos los textos tuyos que he leído. Intenso, parece que lo vives mientras lo lees...
    Un saludo

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