Subconscientes...

17 de septiembre de 2012

Allanamiento de morada (1) - Minitrilogía

(Getty Images)
  Eran las 3 de la mañana. Había visto cómo las luces se apagaron hacía ya más de dos horas y sabía que los dueños de la casa dormían profundamente. Sin más, decidió ejecutar su plan accediendo por el punto más débil.

Embutido en su atuendo negro, trepó por la reja del piso bajo y llegó fácilmente hasta la ventana de su objetivo. Sacó el destornillador de su riñonera y, con un golpe seco, hizo palanca para abrir la ventana sin hacer apenas ruido. En tres segundos estaba dentro del salón. La luz de su linterna barría la estancia interrumpida por el destello de la luz del reloj del DVD, que marcaba las 3.04: no tenía mucho tiempo.

Con sumo cuidado, y sin hacer el menor ruido, abrió cajones, revisó encimeras pero no vio nada que mereciese la pena mientras percibía unos ronquidos lejanos procedentes del dormitorio. Despotricó contra sí mismo al ver que no había  nada de valor y dicidió arriesgarse para ir a revisar la habitación. Por si acaso, apagó la linterna y dejó que sus ojos se fueran acostumbrando a la oscuridad. Sólo se escuchaba el sonido de las respiraciones desacompasadas. La una era fuerte y sonora, la otra apenas un susurro, y al fondo, los grillos del estío, que marcaban el ritmo nocturno.

Al llegar a la habitación intuyó a una pareja en la cama. Dormían profundamente pero aún así, sacó la navaja por si fuera necesario usarla. Vio parpadear las luces de dos buenos móviles que descansaban en sendas mesillas, un par de anillos y un reloj que pesaba bastante.

- ¿Donde tendrá esta gente la pasta? -. Se preguntaba desesperado por salir de allí.

Fue directo a la cocina. Conocía bien la distribución de la casa, así que no tuvo que ir indagando de puerta en puerta. Abrió armarios, botes, cajones y despensas, pero fue en vano. Le habían dado el soplo de que tenían dinero en efectivo guardado en algún lugar y sólo era cuestión de encontrarlo, pero se le acababa el tiempo. Estaba tan obcecado en buscar su cometido que apenas se había dado cuenta de que, de pronto, la mujer entraba en la cocina a oscuras, e iba directa a la nevera. Adormilada, casi sin abrir los ojos, con un camisón de tirantes de seda gris perla que dejaba insinuar su figura curvilínea, tiró de la puerta de la nevera para coger una botella de agua fría, y bebió directamente de la boca de la botella.

Se quedó paralizado contemplando aquella imagen. En un principio se puso en guardia, pero en cuestión de segundos aquella visión dejó de parecerle peligrosa y contempló aquella imagen absorto, confundiéndose con la sensualidad que transmitía aquella escena: Esa mujer bebiendo, de espaldas, ajena a su presencia, con la cabeza hacia atrás, el pelo revuelo y el camisón que se transparentaba gracias de la luz  que salía del electrodoméstico. Podía deducir sus muslos, que no llevaba ropa interior, sus caderas simétricas, redondas y su cintura estrechando la espalda.

La mujer terminó de beber y cerró la nevera dejando que la oscuridad se apoderara nuevamente de la cocina. Ahora era una suave penumbra la que envolvía el sitio. Y hacía demasiado calor, por lo que a ella se le ocurrió abrir la ventana para generar algo de corriente. Se giró y entonces lo vio. Ahí estaba. Era un hombre grande, con pelo largo, vestido con un atuendo oscuro y que la miraba muy quieto, parado. Se quedó tan sorprendida que no pudo emitir un sólo suspiro. Los grillos seguían con su serenata y su marido acompañaba la melodía con notas graves. Sonata hogareña nocturna en la penumbra. Hogareña y drámática. Calurosa y tétrica. Llegó a pensar incluso que aún estaba dormida y esperaba que así fuera. Pero no. Aquello era real.

El hombre le hizo un gesto con el dedo índice sobre su boca en una clara señal de silencio cuando comenzó a notar cómo su corazón latía cada vez más fuerte, invadiéndole el pánico. Tuvo claro entonces que no estaba soñando, notando muy alerta todos sus sentidos: Su cuerpo tenso, sus pupilas dilatándose con los ojos muy abiertos.

Lentamente se acercó a ella, casi como si el espacio entre los dos fueran kilómetros. Iba tranquilo, sin hacer el menor ruido, lento, pausado. Finalmente, se pegó a su oído y le susurró - Estate calladita si no quieres que te raje aquí mismo -.

Ella asintió intentando controlar su respiración, cada vez más acelerada. Pudo percibir su olor y, contrariamente a lo que había imaginado, aquel hombre despedía un agradable aroma. Seguía pegado a ella sin moverse. Le mostró la navaja  haciendo destellos con la poca luz que entraba de fuera. Ella miró de reojo, rígida, sin mover una sola pestaña. Volvió a asentir para que el hombre entiendese que ya lo había visto y esperó que él se apartara de su lado, pero no retrocedía, seguía ahí, a escasos centímetros de su cara, con sus cuerpos prácticamente rozándose y sus respiraciones frente a frente.

Tras una infinita pausa mirándola, cogió el brazo de la mujer firmemente y volvió a susurrarle al oído:
- Dame toda la pasta.












10 comentarios:

  1. Qué bueno!!! Tuve palpitaciones mientras lo leía, te lo juro!!
    Me encantó el final, la tensión que tiene el texto, como está llevado. Genial!!
    Un beso

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  2. jaja, Eva, deja las palpitaciones que te falta texto. Esto es sólo la 1ª parte. Pero gracias por leer y comentar!

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  3. Muy emocionante!! y otra vez qué nos dejas con la miel en los labios.
    Espero qué de este intento de atraco, surja un atracón de... ya sabes!! :)

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  4. :O me he quedado tal que así. ¡Venga ponte ya a escribir niña!

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  5. Qué miedo me has dado!!!! Pero me ha encantado todos los detalles, jeje. Espero más.
    Besos, tocaya!!!

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  6. Qué emocionante está esto. Aquí todos esperando el contacto carnal y el chaval me sale con la guita. ¡Qué materialista!
    Venga, ya estás tardando.
    Besicos.

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  7. Ay Dios... pensaba yo otra cosa uffff... sigo sigo leyendo...

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  8. Por fin he podido venir por aquí, y tengo suerte, voy a poder leer el próximo episodio. Buena inspiración.

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