Subconscientes...

27 de junio de 2012

Lo ansiaba tanto...

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Lo ansiaba a todas horas. Lo veía salir agarrado a su mano y sabía que nunca podría competir con esa estabilidad, con sus hijos, con la familia, con su entorno. Sin embargo le esperaba encorsetada en su traje de alta ejecutiva, dispuesta a que la tela se le adosara a su piel, fijándola con su propio sudor, mezclándolo con el de él.

Entraba hecho un manojo de nervios. Nadie podía imaginar que se veían así, en aquel cuarto del archivo, y que no sólo era arriesgado a nivel laboral es que además, él era su subordinado. Se besaban furtivos, prestos, veloces, saboreándose la piel, la saliva, la boca.  Apenas tenían unos minutos para dar rienda suelta a sus fluidos, para liberar sus deseos reprimidos. Y lo hacían,  precisos, en cualquier lugar de aquel sitio: contra una columna, tras la pila de cajas adosadas o encima de la fotocopiadora, agudizando los sentidos: el oído por si entraba alguien, el tacto por retener más sus pieles y el gusto dejando sus lenguas encontrarse una y otra vez.

Y mientras él la penetraba raudo, apartándola aquel negro tanga, acariciando sus medias y su liguero con los pulgares, cerraba los ojos sintiendo aún más su dulce interior. Odiaban ese momento y al mismo tiempo lo deseaban tanto que todo aquello formaba parte de una gran confusión. Darían lo que fuera por poder echar un polvo en posición horizontal, en una cama, como todo el mundo, pero al mismo tiempo, sólo el hecho de estar en aquella situación, siendo ella la jefa y  él estando casado (además con una de las empleadas) les hacía llegar a un nivel de excitación superior a cualquier rutina amatoria de un hotel.
Les "ponía" lo furtivo, les encantaba el riesgo, el hecho de que en cualquier momento pudiesen ser descubiertos pero al mismo tiempo lo detestaban.

Así se encontraban un par de veces por semana: comprimiendo cualquier ruido, acallando los gemidos, terminando de llegar al clímax sin abrazarse, sin el cigarro de después, sin carantoñas ni mimos postcoitales. Ella se bajaba la falda, se colocaba de nuevo el tanga, mientras él subía rápido sus pantalones buscando alguna mancha de humedad.

Después, se besaban justo antes de salir por la puerta agarrando cada uno sendas carpetas, como si nunca hubiese pasado aquello.

Lo deseaba tanto, que le quería a todas horas para ella y sabía que nunca podría disfrutar de un marido y un padre de familia entregado como él. Nunca sería suyo pero tenía la certeza de que cada noche, con quien soñaba era con ella, y cuando hacía el amor con su mujer, pensaba en ella, imaginándosela encima.

Y una vez en casa, él volvía a la rutina: los niños, la cena, repasar la lección, adormecerse con la tele y llegar a la cama sin más, teniendo al lado a quien una vez juró amor eterno y soñando con aquella a la que no podía prometer nada. 
 
Mientras, su mujer lo miraba de soslayo, siendo consciente de que si aquel sueldo entraba en la casa era por su jefa, esa misma que les avaló en la hipoteca y les consiguió aquel chollo de mansión. La misma que consiguió que la empresa pagara el colegio de los niños y les diera aquel cochazo de lujo.

Si no fuera por todo eso, habría dejado de aguantar todo aquello que el resto de la oficina pensaba que ella no sabía.

20 de junio de 2012

Cita fatal.

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           Le odiaba inmensamente. No podía soportar su manera de actuar ni su manera de trabajar. Era un cabronazo que se aprovechaba de los demás, que intentaba sacar beneficio constantemente de todo el mundo. Para colmo era bastante machista, de ahí que no tuviese mujer que le soportara, ni hijos que le dulcificaran el carácter en sus negros días bipolares.

Tenía que soportarlo cada dos por tres, atrincherándose en su sitio, revisándole los papeles con los que trabajaba, husmeándole el escote y dejando clarísimo que quería tener una aventura con ella mientras posaba sus pupilas en el canalillo de aquella voluptuosa mujer.

Pero ella le ponía malas caras, era antipática, desagradable, cortante y fría, aunque él parecía encontrar cierto morbo a verla con el ceño fruncido y hacía como si no fuese con él. Le daban lo mismo sus negativas. Si podía sentarse cerca de la hora de comer, lo hacía, dándole conversación. Y cuando tenían alguna que otra discusión disfrutaba de lo lindo. Le "ponía" verla enfadada. Se la imaginaba con el pelo revuelto, jadeando como una loca, sudando agitada encima de él, así que la provocaba y fantaseaba con esa escena mientras se le hacía la boca agua.

Ella, mujer de carácter tajante y soberbio,  cansada de lidiar con él, analizó la situación durante meses y finalmente accedió a salir con él una noche.


16 de junio de 2012

Lloraba porque la quería.

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Lloraba. Sus lágrimas rodaban como las de un niño pequeño, incomprendido y frustrado por no poder controlar la situación. Quizás fuera el alcohol de las muchas copas, las que ayudaban a que su aparente y dura masculinidad se fuera al traste con sólo con rascarle un poquito por fuera. Lloraba porque la quería y no estaba con él, asentándole, sujetándole, haciéndole sentir seguro. La echaba tanto de menos - decía - que miraba el móvil cada dos por tres en aquel bar.  Después lo metió en el bolsillo y dejó de vibrar, mientras que su pulso empezó a hacerlo al compás de la melodía que sonaba en aquel sitio.

Su cara de hombre duro se dulcificaba cuando unos enormes hoyuelos asomaban por sus mejillas punzantes, rasuradas "al tres," y una blanca sonrisa iluminaba sus ojos, destellando radiante en la penumbra del lugar. Se concentraba en la guitarra, escuchaba el bajo y bebía whisky. Y en cada trago iba olvidando, poco a poco, que el motivo de su nostalgia había estado vibrando en su bolsillo hasta hacía unos segundos.

5 de junio de 2012

Un día sin calendario.

(Imagen de Getty Images)

Fue imposible evitarlo. Ambos fueron conscientes desde el primer segundo de que la química que les unía en cada encuentro era cada vez mayor e intuían que cualquier día, si no lo remediaban, se dejarían llevar.

No era moral. Tampoco decente. Traicionarían a sus parejas, sin embargo, era inevitable, había algo por dentro que les empujaba a seguir, a avanzar un paso más. Tenían la sensación de haberse conocido en el pasado, reencontrándose décadas más tarde.

Todo había ido poco a poco. La magia fue envolviéndolos a lo largo de los años. Se hacían gracia, se sentían cómodos, se gustaban por dentro, se comían con los ojos por fuera… sin embargo, todo aquello lo retenían, lo dejaban pasar, luchaban para que la situación no se les fuera de las manos, hacían oídos sordos a sus instintos.

Y así pasó el tiempo. Fueron varios años de bromas, de canciones, de risas, de mensajes subliminales, de información entre líneas que buceaban entre selvas de asépticas palabras que todo el mundo leía. De manos entrelazadas mientras calmaban sus ansias paseando por la ciudad vacía. Y de castos besos en la frente llenos de deseo que se disfrazaban de ternura. No podía ser, no debía ser, no tenía que ser… pero fue.

Fue, por supuesto, en una noche de esas que no pertenecen a ningún calendario. Sucedería tarde o temprano. ¿Qué más da el año, el mes, el día y la hora? Todo fluyó casi de una manera predestinada, en una intensa velada a la que ambos se aferraban ralentizando cada minuto, sujetándola con las uñas, mientras los minutos nocturnos se descontaban hacia la luz del día. Una noche de música, de risas, de abrazos camuflados de pura amistad, de bailes cercanos que, poco a poco, se ralentizaron acompasados.

Fue una de esas noches en el que las almas dominan y ellos, sumisos, asumen que son esclavos de su propia voluntad. No hablaron para no interrumpir el momento, por no romper el hechizo que les devolviese a la realidad. Callados, como si lo hubiesen planeado, se tocaron la piel evocando los sueños que habían imaginado desde hacía años, comparando aquella verdad con el recuerdo que tenían de lo imaginado en los sueños.

Y llegaron los besos ansiosos, tiraron la cordura al suelo, abriéndose, enormes, para absorberse mutuamente. Las manos, ya húmedas, exploraban sus deseados cuerpos, saboreándose el uno al otro, veloces, para no arrepentirse, apretándose muy fuerte y siendo conscientes de que aquello no volvería a pasar. Por fin, sumergidos ya el uno en el otro, jadearon al mismo ritmo, compartiendo el mismo aliento, buceando en las pieles, ya empapadas, hasta dejarse ir muy dentro, cayendo rendidos entre espasmos de placer y recuperar finalmente la fría sensatez que les trasportaba al mundo real.

Fue inevitable, sí.
Y todo ocurrió en la penumbra del amanecer de aquel día sin mes. Porque hay momentos que no corresponden a ningún calendario, pertenecen a dos vidas que, de pronto se congelan, se mezclan y comparten ese momento, asumiendo que ese día y su recuerdo perdurarán para siempre.

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