Subconscientes...

12 de agosto de 2012

La camisa blanca ( 2 )



- Estooo... ¿quieres tomar algo? - Le dijo decidida a romper aquel denso silencio que les había invadido. El seguía contemplándola, con una mirada mestiza; mitad nostalgia, mitad deseo -. Emmmm, sí. ¿Tienes ginebra?

- Claro, ginebra y tónica. Hay cosas que no cambian…

- Tú solita lo has adivinado -. Contestó irónico mientras colgaba la camisa del pomo de la puerta de la cocina.

Fue directa a sacar hielos. Lo escuchaba merodear por el salón, fijándose en las nuevas fotos, en los nuevos libros, en cada nuevo detalle, ahondando aún más la sensación de lejanía desde la última vez que traspasó el umbral de aquella puerta. Lo recordó con amargura. Casi le pareció escuchar nuevamente aquel golpe que dio la madera al cerrarse fuertemente tras él.

Se rió al darse cuenta de cómo el tiempo lo había calmado.  Cómo esa década había dulcificado su carácter, haciéndolo más transigente, más tranquilo. Después pensó en que si la hubiese conocido en otra época, quizás ahora seguirían juntos, aunque ella era tremenda: Puro genio, demasiado terca, rallando la prepotencia. Ahora parecía más tranquila.  Quizás los años también la habrían sosegado. Concluyó sus pensamientos y se dirigió a la cocina.

10 de agosto de 2012

La camisa blanca (1 )




La despedida por correo fue como siempre: con la típica frase que uno dice que sabe que nunca cumplirá: - A ver si nos vemos para un café.

Una amiga suya lo denominaba como un "ya si eso, eso". Pero al parecer, esta vez fue distinto. Habían pasado dos semanas cuando vio su nombre vibrando en la pantalla del móvil. Lo dejó sonar un par de tonos y contestó pulsando la tecla verde.

- ¿Sí? -. Contestó extrañada.
- Te dije que te llamaría...
- Vaya, ya veo que eres hombre de promesas cumplidas y no de "ya-si-esos"
- ¿Lo dudabas? Estoy en tu barrio.
- No me digas ¿y qué haces aquí?
- Vine a dejar un presupuesto a un cliente.
- Aha, vaya.
- ¿Te viene mal un café ahora?
- ¿Ahora? Bueno...-, dudó mirándose las pintas en el espejo. Llevaba cara de haber trabajado 45 horas seguidas, el pelo sucio en una coleta y ropa de andar por casa, pero no había nada que no solucionase una ducha reparadora.
- ¿Me das veinte minutos?
- Y treinta. Te espero en la cafetería de la esquina.

Entró por la puerta de aquel bar veinticinco minutos más tarde. El pelo húmedo, suelto, unos vaqueros ajustados y una camiseta que realzaba su figura hasta el más mínimo poro de su cuerpo. Apretada, muy apretada. Había adelgazado varios kilos desde la última vez que se habían visto, hacía ya ocho años, y quería lucirlo.

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