Subconscientes...

21 de septiembre de 2012

Allanamiento de morada (3 y final) - Minitrilogía



(Getty Images)



Lo vio, sí. Y no sólo le observó bien sino que incluso sintió cada centímetro de su cuerpo pegado al suyo. Empezó a faltarle el aire, no entendía cómo era posible que en aquella situación se pudiese dejarse llevar por un deseo tan básico. Respiraba cada vez más fuerte, en parte por el calor, en parte por la excitación y, a medida que lo hacía, se daba cuenta de que él comenzaba a encenderse también. Notó en su trasero una dura erección incipiente.

No fue consciente de lo que hacía. Se giró lentamente y quedó cara a cara con aquel que portaba la navaja en su mano. Apenas la dejaba moverse, pues su brazo seguía alrededor de su cuello. Ahora, apenas apretaba, pero seguía apuntándola con el filo.


- No lo harás -, musitó ella casi imperceptiblemente.


El la miraba sin más. Era también presa de sus propias reacciones, y fue algo con lo que no contaba.


Y casi sin pensarlo, notando cómo la sangre palpitaba desbocada en sus sienes, abrió sutilmente los labios y le besó. No podía pensar,  no quería. Vivía aquella escena como el sueño que podría haber tenido esa misma noche si no se hubiese despertado.


Él, absorto, notó aquella boca posándose en la suya, la carne caliente acariciándole la barbilla y, sin controlar su propio sistema, pasó su lengua por la boca de aquella seductora mujer. Apenas sabía nada de ella y eso le excitaba aún más. Ella le correspondió abriendo aún más sus labios y dejando que la humedad de aquel músculo fuese lamida por la suya. Las manos femeninas se abrieron buscando la cara de aquel atractivo joven que había allanado su casa. Mientras no dejaba de besarle, casi sin aliento, empujó con un codo el electrodoméstico que permanecía abierto y la penumbra volvió a reinar en aquella calurosa cocina.

19 de septiembre de 2012

Allanamiento de morada (2) - Minitrilogía

(Getty Images)

- Vale, tranquilo -, contestó la mujer en el mismo tono susurrante.- ¿Podrías no apretarme tanto el brazo? No me voy a escapar, me estás apuntando con una navaja.

El ladrón aflojó un poco pero no se fiaba, así que se situó detrás de ella y pasó su antebrazo por el caluroso cuello de su víctima, trayéndola hacia su cuerpo para que no tuviera demasiada movilidad. Estaba empezando a sudar. El pañuelo que se había colocado en la cara y el calor de aquella mujer adosado al suyo propio no le dejaban respirar en condiciones. Decidió bajárselo para notar cierto alivio. Al fin y al cabo la tendría todo el tiempo de espaldas a él y no supondría un peligro.

Mientras tanto, ella notaba cómo el brazo de aquel hombre le acariciaba la clavícula percibiendo su acelerada y varonil respiración que mecía su pelo. Exhalaba aquel aroma fresco que su subconsciente no rechazaba. Sin más, se dio cuenta de que se iba tranquilizando sin entender bien por qué. Debería de estar histérica, gritando, luchando contra él.

- ¿Dónde está? -. Los  labios del asaltante rozaron su oreja derecha y aquel acto involuntario tuvo una respuesta inmediata en ella: el vello de los brazos erizado y el pecho irguiéndose puntiagudo. No era posible que estuviese reaccionando de ese modo, no. Era como si siguiese soñando mientras intentaba controlar a su otro “yo” y no lo consiguiera.

- Está aquí -, dijo señalando la nevera.

- ¿Aquí? -, dijo incrédulo. - Muy listos. Dámelo -, le seguía murmurando al oído.

17 de septiembre de 2012

Allanamiento de morada (1) - Minitrilogía

(Getty Images)
  Eran las 3 de la mañana. Había visto cómo las luces se apagaron hacía ya más de dos horas y sabía que los dueños de la casa dormían profundamente. Sin más, decidió ejecutar su plan accediendo por el punto más débil.

Embutido en su atuendo negro, trepó por la reja del piso bajo y llegó fácilmente hasta la ventana de su objetivo. Sacó el destornillador de su riñonera y, con un golpe seco, hizo palanca para abrir la ventana sin hacer apenas ruido. En tres segundos estaba dentro del salón. La luz de su linterna barría la estancia interrumpida por el destello de la luz del reloj del DVD, que marcaba las 3.04: no tenía mucho tiempo.

Con sumo cuidado, y sin hacer el menor ruido, abrió cajones, revisó encimeras pero no vio nada que mereciese la pena mientras percibía unos ronquidos lejanos procedentes del dormitorio. Despotricó contra sí mismo al ver que no había  nada de valor y dicidió arriesgarse para ir a revisar la habitación. Por si acaso, apagó la linterna y dejó que sus ojos se fueran acostumbrando a la oscuridad. Sólo se escuchaba el sonido de las respiraciones desacompasadas. La una era fuerte y sonora, la otra apenas un susurro, y al fondo, los grillos del estío, que marcaban el ritmo nocturno.

Al llegar a la habitación intuyó a una pareja en la cama. Dormían profundamente pero aún así, sacó la navaja por si fuera necesario usarla. Vio parpadear las luces de dos buenos móviles que descansaban en sendas mesillas, un par de anillos y un reloj que pesaba bastante.

- ¿Donde tendrá esta gente la pasta? -. Se preguntaba desesperado por salir de allí.

Fue directo a la cocina. Conocía bien la distribución de la casa, así que no tuvo que ir indagando de puerta en puerta. Abrió armarios, botes, cajones y despensas, pero fue en vano. Le habían dado el soplo de que tenían dinero en efectivo guardado en algún lugar y sólo era cuestión de encontrarlo, pero se le acababa el tiempo. Estaba tan obcecado en buscar su cometido que apenas se había dado cuenta de que, de pronto, la mujer entraba en la cocina a oscuras, e iba directa a la nevera. Adormilada, casi sin abrir los ojos, con un camisón de tirantes de seda gris perla que dejaba insinuar su figura curvilínea, tiró de la puerta de la nevera para coger una botella de agua fría, y bebió directamente de la boca de la botella.

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