Subconscientes...

31 de octubre de 2012

¿Como hay ventas, es bueno?




Esta vez no voy a hablar de relatos calientes ni asesinatos, ni cortes de prepucios. Escribo esto en este blog porque es de todo menos políticamente correcto, y como tal, puedo expresarme de forma natural: con mis tacos y mis burradas, mis “sobradeces” y mis rotundidades. Dicho queda, consciente de que muchos no estarán de acuerdo conmigo ni en el fondo ni en la forma, pero sinceramente, es lo que hay (o lo que viene a llamarse "me la pela").

El caso es que me he cogido un calentón esta mañana -de cabreo, no del otro- que todavía ando yo rumiando conmigo misma. Supongo que no ha sido solo por ésto: será que debo andar con las hormonas revueltas (¿pre-monstruósica?), la lluvia incesante (porculizante) y lo que ello arrastra en mi día a día en el trabajo que se vuelve aún más irascible. El detonante en sí ha sido un acalorado debate sobre el gran milagro anual de las editoriales: la famosísima trilogía de  “50 Sombras de Grey”.

18 de octubre de 2012

El umbral desconocido. Parte 3 (y final). Sin llegar a comprender.


En vista de que parece que este relato se quedaba corto, a petición de algún blog-lega que otro, termino y concluyo la historia con ésta última parte (debe ser que me ha dado por las trilogías).

(Getty Images)

Me senté frente a la tele una noche más. 

Lo cierto es que llevábamos años separados mentalmente pero ya había aprendido a vivir de esa manera bajo el mismo techo. No pasaba nada, todo estaba bien. Vería la película y a dormir, que al día siguiente había que trabajar.  Dudé en pasar primero por el baño a masturbarme rápido para aliviar mis tensiones pero me dio pereza. Ni siquiera era por tener la líbido alta. Simplemente me relajaría y dormiría mejor. Son costumbres que uno adquiere cuando las rutinas independientes no cuadran con las de la pareja. Pensé entonces en el tiempo que hacía que no tocaba su cuerpo. Al principio lo demandaba y yo me dejaba llevar. Siempre fue más fogosa que yo y eso me encantaba. Después -no supe cuándo exactamente -, dejó de hacerlo y una gran desidia fue poco a poco apoderándose de mí.

Pensé también en cómo podría haberla seducido durante todo este tiempo para retomar de nuevo aquella química, pero cuando quise reaccionar me encontré con aquel muro infranqueable que era su fría espalda. Parecía un telón inmenso que nos dividía. Creo que fue la dejadez de mi propia ceguera la que no me alertó de esa ausencia omnipresente que se había impuesto entre nosotros.

Recordé que un día su piel comenzó a oler diferente y sus manos, se tornaron esquivas. Lo tenía delante y no lo quise ver. Preferí seguir con mi día a día sin investigar qué estaba pasando. Preferí evadirme pensando en el próximo evento deportivo, en la quedada con mis colegas para jugar al mus o en mis copas con los clientes. Al fin y al cabo era trabajo, ¿qué más quería? Le di espacio, le di aire, era una mera cuestión de confianza, cuestión de honestidad. Y sí, era cierto que hacía ya mucho que dejó de darme avisos. Tenía que haberme percatado de que algo no iba bien, que pasaban los días y nuestras diferencias eran cada vez más palpables. Pero seguí la vía cómoda: seguí levantándome día tras día sin darle importancia a esa losa que nos comenzaba a aplastar desde arriba.

15 de octubre de 2012

El umbral desconocido: Parte 2. Sin agujeros.




Por aquel entonces era demasiado ingenua. Tras quince años de casada, la rutina y la dejadez habían invadido nuestro matrimonio. Infravalorada y sometida en una gran depresión, sin haberlo planeado, de pronto, apareció él y su amplio dominio de la psique femenina. Esa misma que se levanta cada día sin ningún motivo para seguir adelante, cautiva de su propio mundo. Fueron él y su forma de embaucarme los que me llevaron de la mano hasta mostrarme esa tenue línea que yo decidiría traspasar o no. Si lo hacía sería el principio del derrumbe de los cimientos de mi vida.

Sentada en aquel banco del parque absorbía el denso aire del verano, mientras mis dedos, temblorosos y fríos, dudaban en seguir adelante. Vi sus ojos cautivándome, atrayéndome a la zona prohibida, a ese umbral desconocido que tantas veces había imaginado en mis sueños. Fue entonces cuando me robó aquel beso.

Mi decisión fue meditada,  no fruto de un arrebato pasional. Deseaba a aquel hombre como nunca lo había hecho antes. Soñaba con él a la hora de la siesta, por las noches, durante las horas de trabajo... Me imaginaba sus manos rodeando mis caderas, acariciando mis pechos. Me sentía viva y hacía tanto tiempo que no fluían esas mariposas por mi estómago que fui dejándome llevar por ellas.

Llegué temerosa a su casa . Su barrio no estaba dentro de mis rutinas cotidianas, así que fui muy atenta, ocultándome tras unas negras gafas y con paso ligero por si alguien conocido pudiese reconocerme. Sus brazos me recibieron ansiosos y, sin cruzar apenas palabras, su ávida boca comenzó a recorrer cada milímetro de mi piel deglutiéndome vorazamente. Sus manos, tal y como había soñado, exploraron mi cuerpo en profundidad.

Y así comenzó una vida paralela tras ese umbral prohibido que empecé a conocer cada vez mejor. Llegué a experimentar orgasmos de todo tipo: más profundos y placenteros, más ligeros y rápidos; Con su lengua, sus dedos y con aquel miembro poderoso que hacía que casi perdiese el sentido de la realidad. Gritaba, aullaba y me convulsionaba sumergiéndome en un mundo de sensaciones que habían vivido conmigo ocultas bajo mi piel y que estaban aún por descubrir. Después, tras haber alcanzado el clímax varias veces, abatida y cansada, me dejaba invadir por una tristeza insoportable. Y luego venían las lágrimas: Le quería. Quería que aquel hombre capaz de extirpar todo mi instinto animal, fuese mío. Me encantaba escuchar sus palabras, no sólo éramos amantes, también confidentes. Pero era imposible. Ni yo iba a dejarlo todo por él, ni él estaba dispuesto a que yo destruyese mi vida por algo que no podía darme.

10 de octubre de 2012

El umbral desconocido. Parte 1: El clavo.

(Getty Images)
   Estaba casada, eso la hacía más vulnerable. Miraba al horizonte, confusa, ajena a su propio subconsciente que me buscaba ansioso, resistiéndose a los últimos impulsos de esa turbia tentación, enredándose de nuevo en su tradicional y rutinaria vida: sin altibajos, sin contratiempos, monótona, aséptica. Aproveché entonces para besarla  percibiendo el temblor de sus manos. Revivía emociones que presuponía ya enterradas hacía décadas. Temblaba por miedo, aterrada por traspasar aquel umbral desconocido que le atraía potentemente. Sabía que si cruzaba aquella puerta, nada  volvería a ser igual. Y sin más, se dejó vencer.

Noté su boca abriéndose despacio dentro de la mía. Aún recuerdo cómo me encendió febrilmente. Su magnetismo me embaucó. Imaginé entonces cómo serían nuestros futuros encuentros y me derretí por dentro con sólo pensarlo. Iba a hacerla disfrutar descomunalmente, descubriéndole un sinfín de sensaciones placenteras. Otra cosa no sabré pero en el arte del sexo, soy un experto y las casadas son mi especialidad. 

Semanas más tarde, habiéndolo meditado mucho, llegó a mi apartamento tras sus oscuras gafas para ocultarse del gentío que no la percibía. Sus pantis a medio muslo, su ropa ceñida y aquel perfume despidiendo feromonas, me dejaron claro que había decidido venir a por todo. Y yo se lo iba a brindar como ella se merecía. Fue así cómo empezaron nuestros encuentros. 

Sus gemidos y alaridos quebraban el silencio del ambiente. Sus convulsiones y espasmos electrificaban mis orgasmos, mezclándose, salvajes, con los suyos, el sudor y las sábanas. Y cuando la tenía en lo más alto  notaba cómo clavaba sus uñas en mis hombros gritando mi nombre. Después se dejaba caer llorando ríos de amargura entre mis brazos. 


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