Subconscientes...

26 de noviembre de 2012

Animalillos del Señor




Llevo una época en la que estoy que me salgo. Vamos, que cuanto más mayor me hago, más buena me debo de estar poniendo (y yo echándome cremas, ¡qué ilusa!). Eso, o es que el Facebook está lleno de pajilleros de 20 años que casualmente me tocan a mí, atraídos como moscas a un tarro de miel. Mi autoestima de madurita por las nubes, claro (pfff).

Es que yo me pregunto cómo es posible que con una foto en la que una no vaya ceñida, no se vea canalillo, no se aprecien escotes y sea menos sugerente que una ameba nadando en bromuro, me salgan acosadores hormonados cada dos por tres. Eso sí, siempre es uno diferente y en orden correlativo, según voy bloqueando, va apareciendo otro nuevo. Todos en torno a la veintena, con una foto de vete tú a saber quién y siempre con mensajes iniciales "sin ánimo de lucro": Que si quiero conocerte; que si me gustaría intercambiar experiencias (¿experiencias? Las mías todavía pero las tuyas, ¿cuales? ¿Cómo hacer botellón sin que te pille la poli? ¿Cómo hacerse una cuenta de Tuenti sin necesitar invitación?); Que si quiero hacer amigos nuevos (pobrecito, debe estar muy solo), y un sin fin de excusas estúpidas que tienen menos veracidad que un gitano corriendo en chándal diciendo que está haciendo footing.

Total, que es automático: Primero te mandan un mensaje sin solicitud para agregarme, y yo escéptica, con una ceja levantada, pregunto educadamente, qué es lo que quieren. 

- Conocerte, charlar, no hace falta que me añadas a tus contactos.
- Ya, claro-, respondo aún más incrédula sin cabe, y lo dejo pasar (por no decir correr, que a estas alturas vete tú a saber en qué tienen ocupadas las manos).

Al par de semanas, y en vista de la ausencia de mis respuestas, vuelvo a recibir mensajes-súplicas, que por favor, conteste. Y lo vuelvo a dejar pasar.  Al mes, insiste, y cuando por fin su paciencia se ve desbordada evolucionan al modo "acoso y derribo", mutando su discurso en "quiero saber tus experiencias con la penetración anal" (¡esa misma que estás tú a puntito de probar, chaval!), o el que recibí ayer mismo: "quiero correrme en tus tetas". ¡Así, sin más! ¡Qué poco romántico, joder! ¡Sin juego previo ni nada! ¡Alma de Diosssss!

Claro que para ingenuos, ellos, que se piensan que me he caído de un guindo y soy nueva en esto de las redes. Si tengo ya el culo más pelado que un mandril después de hacerse la cera y, si piensan que voy a creerme que soy la musa de sus pajillas, lo llevan claro... Como si no supiera desde el principio de que se trata de alguno de éstos descerebrados con los que lidio a diario en el trabajo y que, lo más seguro es que anden de cachondeo, sonsacando información al personal femenino para luego descojonarse, colgarlo en la red o llegar a hacer chantaje por el cual la moralidad de la susodicha quede en entredicho y expuesta públicamente.

¡Ay, animalillos del Señor! (del Señor de los Gramillos...)


13 de noviembre de 2012

La llamada inesperada.

(Getty Images)
Sonó el tono del móvil sobresaltándola y dudó en presionar el botón verde. Finalmente contestó más extrañada que fría, sabiendo perfectamente de quién se trataba.

Habían pasado diez años sin saber de él y ahora, sin más, aparecía de la nada. Su confusión fue aún mayor porque días atrás había soñado con él sin venir a cuento. Daba la sensación de que un torrente de telepatía le había arrastrado hacia ella, saliendo de su propio subconsciente y rescatándolo del pasado, conviertiéndolo en real.
 
La conversación deambuló sobre cotidianidades: que si el trabajo, que si la salud, y por supuesto, la familia. La vida había pasado muy deprisa para ambos; mentalmente pesaba un siglo, en cambio, seguían riendo al unísono las mismas bromas, los mismos chascarrillos e ironías que una década atrás les había hecho vibrar.

- Te preguntarás por qué te llamo -, atajó él.
- Bueno, de ti me espero cualquier cosa.
- Verás, durante estos diez años he pensado en llamarte varias veces. Luego me da cierto respeto y acabo colgando el teléfono. Pero vamos, ya puestos, quiero decirte que aún guardo nuestra historia como un grato recuerdo. Me acuerdo mucho de nuestras cosas.
- ¿Si? ¿Qué cosas? –, preguntó con cierta coquetería mientras se inflaba su ego como un globo de helio.
- Pues recuerdo nuestras charlas, nuestras risas…pero sobre todo recuerdo tu piel, tu sabor.

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