Subconscientes...

13 de diciembre de 2013

Si pudiera.


Si yo pudiera contar lo que le gusta, así, brevemente,  dedicaría horas a narrar sus besos, largos y pausados, robándome el aire para después regalarme el suyo.

Si valiese para decir cómo pasa sus manos por mi piel erizando mis poros, notando sus yemas al rozarme, delicado y tranquilo.

Si supiera explicar cómo acaricia mi espalda; cómo sus dientes muerden mi cuello, recorriendo la curva de mi columna, dejándome sin respiración.

Si lograra definir cómo desliza su lengua, patinando por mi pecho, lo saborea dulcemente y, sin prisas, comienza el descenso hasta mis glúteos haciéndome gemir; estallándome la sangre acelerada por dentro. Me gira y comienza a devorarme en pequeños bocados los muslos; subiendo y subiendo más, un poco más, untándose entre mis piernas mientras yo las enrosco en su cuello.

Si consiguiera transmitir cómo me macera, me hace esperar, hirviéndome, ansiosa, anhelando sus dedos para tenerlos dentro de mí; su cuerpo erguido, buscando mi entrada, y la roza, la merodea, la esquiva y sigue besándome, ignorándola por completo.

Si lograra transmitir cómo me siento al cabalgarle, ver su cuerpo convulsionarse, rígido, dejándose llevar por fin, perdiendo el control, dándomelo a mí; sujetar fuertemente sus manos y estallar ambos en un jadeo comprimido mientras el sudor me moja la cara, terminando de empaparme.

Si alcanzara a decir cómo la respiración se nos va acompasando, mientras yo reposo en su pecho y escucho el tambor de sus latidos atronándome el oído, mi cuerpo adherido al suyo, lánguido, meciéndome el pelo, ahora con calma infinita.

Si yo pudiera contar todo aquello lo entenderían, sería fantástico...pero no puedo.


10 de diciembre de 2013

Premios Humanos y Divinos 2014.




Que es que nuestros vecinos de lo "Sobre lo Humano y lo Divino", otorgan un premio anualmente a tres blogs y uno de los candidatos es este mismo. Lo sé porque son todos una panda de subconscientes, así que nada, que como ando de 'promo' y esas cosas, que me votéis, que no sirve más que para subir mi ego (pasta no dan, ¿no?) y hermanarlo con los Humanos y Divinos, que son todos ellos muy glamourosos y muy salamanquinos o salmantinos, ¿o es salmanticenses o salamanqueses? Va, venga, lo dejamos en charros.

(Aquí lo políticamente correcto ----->) También hay otros blogs que compiten que no tienen desperdicio ninguno. Unos cuantos son bloglegas de esta casa, Inma, Teo, Manda... Al resto los conozco poco o más bien los acabo de conocer.

(Aquí va el autobombo ----->) Os dejo el enlace y el que quiera que se decante por Subconsciencias, que es un blog muy bonito, muy relajante y sobre todo ¡muy decente!

 http://julianin-julianadas.blogspot.com.es/2013/12/premios-humanos-y-divinos-2014-los.html

 Pues ahí queda, que por algo estudié Publicidad.

Un beso.

3 de diciembre de 2013

Fantasías animadas de ayer y hoy


Y con éste título recurro a vosotros, mis queridos bloglegas, para ver si me podéis ayudar a darme un empujoncito y ver si llega la inspiración, valorando vuestros morbos, fantasías, deseos o relatos picantes. Quizás vengan las eroti-musas a iluminarme (o llevarme al lado oscuro, de perdidos al río).

El caso es que voy a presentarme a un concurso de relatos eróticos y, como siempre me pasa a la hora de enfocar un tema delante de una pantalla en blanco, me quedo en ídem. Eso me pasa por haber combinado ya muchos personajes: jefes, compañeros, vampiros, socorristas, amantes, amigos, casados, divorciados...

Como he descubierto que ésta es una gran familia (tal y como dice Dess, aunque anda de horas bajas), me gustaría ver qué temas os rondan la cabeza para hacer un relato de acuerdo a la eroti-temática y conseguir el inicio del hilo.

Os pongo un ejemplo: Monja de clausura y feligrés borrachuzo se lían en un convento.

Tengo tiempo, pues el concurso acaba en febrero. Lo mismo resulta que de aquí a unos días encuentro un tema y me salen las letras a borbotones, pero aún así no está de más saber de qué pie cojeáis y sobre qué os gustaría que escribiera.

Además, si no sale, al menos nos echamos unas risas.

Gracias de antemano y no os cortéis.
Nota: Por cierto, si alguno no se atreve a confesar sus fantasías públicamente ( o a lo mejor no son suyas sino de un primo hermano que vive en Cuenca), puede hacerlo por correo de modo privado, por ahí arriba, a la derecha, donde dice "subcontáctame"  ------->.




24 de noviembre de 2013

El beso adictivo.




Ella era un reto. Un nuevo manjar que deglutir con tanta paciencia como había invertido para conseguirla. El necesitaba calor, ansiaba pasión para alimentarse día a día y no desfallecer de desilusión.

Consiguió avanzar centímetro a centímetro hasta llegar a obtener su confianza. Así que un buen día, entre provocaciones y risas la complicidad se afincó entre los dos... y la besó. Fue un beso dulce, sin malicia. Fue un beso tranquilo, pero fue el primero de un torrente de besos que llegaron detrás. Su lengua discreta parecía perversa ahora. Su cuerpo prohibido le abrazaba cálidamente, pidiéndole que no la soltara. Continuó comiéndosela a besos, mordiéndola ligeramente, oliendo su cuello, su pelo, mientras ella se aferraba a sus hombros, agazapada en su cadera, notando en la espalda la fría pared.

La suerte estaba echada. El desafío se hizo realidad. Los encuentros fueron breves pero intensos. Mientras que él contaba los días por volver a sentir su piel desnuda sobre su cuerpo, ella sabía que aquella historia debía terminar cuanto antes. Ella le daba ilusión; él le daba placer, pero todo aquello era demasiado peligroso.

- Ven a despedirte y no volvamos a vernos más- le dijo tajantemente. Y él aceptó aún sabiendo qué pasaría.

Allí estaban saboreándose el uno dentro del otro, ansiosos, dejándose llevar por ese último momento. Lamiéndose la piel, como si fueran heridas que trataran de curarse mutuamente. Él surcando círculos con sus manos, en sus pezones, apretándolos ligeramente hasta oírla gemir, buscando la forma de llegar a su éxtasis. Y no tardó en hacerlo tras bucear entre sus piernas, absorbiendo todo aquel líquido que le alimentaba como si fuera el elixir de su vida. Succionaba a grandes sorbos, sellando aquella vulva con su propia saliva. Después hurgó aún más allá arqueando sus dedos dentro de ella. Así la escuchó gritar de placer mientras él, tenaz, seguía bebiendo de aquel licor que resbalaba por su boca.

Después se dejó hacer. Quiso llevarle hasta el mismo lugar del que ella acababa de llegar. Se sentó lentamente encima y le fue acariciando aquella puntiaguada verga que pedía ser manipulada. La desenfundó dulcemente tras forcejear con sus lenguas un duelo sin lucha, y mientras subía y bajaba, su boca buscó lentamente dónde posarse en todo aquel cuerpo que respiraba agitándose. Lo hizo tranquila, sin prisas, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Al fin y al cabo, era la última noche, la despedida.

Por fin lamió su glande, se lo introdujo suavemente, como con respeto al principio para devorarlo más tarde, empujándole lentamente con paulatinas embestidas a un clímax desbocado.

- ¿De verdad que quieres dejarlo aquí?- preguntó él habiendo recuperado el aliento.
- Sabes que es lo mejor, no me lo hagas más difícil -. Fueron sus últimas palabras.

Pero pasadas dos semanas ella comenzó a sentirse débil. Su piel dejaba traslucir las venas, sus fuerzas flaqueaban y no tardó en enfermar.
- Se trata de una enfermedad extraña. Aún no podemos determinarla - dictaminaba el médico en el hospital. No tenía anemia, sus constantes eran normales, sin embargo, la mujer no se tenía en pie. Y cada día que pasaba la situación empeoraba.

- Estarás bien - le susurró él al oído al visitarla en su cama -. Lo único que tienes que hacer es volver a besarme.
- Te dije que esta historia no podía seguir - contestó intentando recuperar el aliento - y tomé la decisión adecuada.
- No me estás entendiendo. Yo soy tu única salvación. Mis fluídos son los únicos que pueden curarte. Yo te he infectado y yo te salvaré. Mi saliva es tu droga. Una vez mezclada con tu sangre, eres mía, para siempre. Y en el momento en que te alejes de mí, vendrás buscándome para poder sobrevivir.

Así aquel vampiro comenzó a devorarla nuevamente mezclando su lengua con la suya. La fue acariciando, dejándose llevar, poco a poco, mientras ella dejaba caer dos lágrimas por sus blancas mejillas. Las mismas que según pasaba el tiempo se empezaban a sonrosar.


19 de noviembre de 2013

Respeto





Aún recuerdo esa soberbia, esa arrogancia y prepotencia que sentaba cátedra como una losa. Y también esas viscerales críticas hacia quien después, adulabas hipócritamente.

Se distinguen todavía tus resentimientos hacia la vida, hacia tu entorno, hacia ti misma, aunque no te hayas dado cuenta.

Y cuanto más tiempo pasa más trasparente se percibe ese disfraz. Ese remiendo de buena gente, de perfecta madre, de mejor pariente, de mujer razonable y luchadora incansable. Es tan fina esa tela, que desde lejos apesta a fracaso y a pena,  a resquemor y a envidia, a saña y a rencor.

Sin embargo, impartes lecciones morales,  conductas perfectas, controlas los tonos, los modos y las respuestas, siguiendo estúpidos métodos extraídos de algún libro de psicología barata. Es curioso que todo eso se dé de bruces con mis recuerdos, con ese desprecio. Con esos gemidos cuando aireabas tus orgasmos al margen de quién pudiera oírte. Ya lo ves: respeto, cero. Moralidad, menos diez ¿Y ahora me vienes con Supernannys?

Tú y tu puta manía de que todo el mundo sepa que estás aquí. Tú y tus dramas de mierda. Tú y tus pérfidas lágrimas. Como toda tú, toda falsa.

Después pondrás tu cara amable, tus sonrisas blancas y tu supuesta preocupación. Pero nada más lejos de la realidad, sólo buscas beneficio que es lo único que te interesa. Y si hay que hacerse una la mártir, se interpreta el papel y punto.

¡Qué ganas de esparcirte toda esa bilis! Arrojártela en cara y ponerte en tu sitio. Marcarte la línea que no debiste traspasar nunca. Y atarte en corto, cual fiera que eres, sin necesidad de mi látigo. Tan sólo arqueando una ceja sé que seré capaz de dominarte por fin. De hecho lo voy haciendo, poco a poco, año tras año, empujándote lentamente hacia tu sitio tras la barrera.

Y al mismo tiempo me temo. La bomba que llevo dentro haciendo tic-tac se agota, y sé que si estalla te va a dejar destrozada. Entonces el odio será mutuo.

Respeto me debes, no envidia. Respeto. No celos. No sé si lo has entendido: ante todo, respeto. 


12 de noviembre de 2013

Desmontando técnicas (estúpidas) para ligar a través de internet.



Alguna vez he contado que durante un par de años he estado recibiendo mensajes de varios “pajilleros” adolescentes que buscaban carne madura con la que fantasear a través de la red. Me decían que sólo querían charlar, pero al final acababan bloqueados, pues la cabra tira al monte y como "charlar" no les venía nada: Querían detalles morbosos de mi vida sexual, que obviamente, ni de lejos la iban a catar.

Al cabo del tiempo, recibía otros mensajes de diferentes tíos que, por supuesto, terminaban en el mismo sitio (en la P de Parla o más bien de Papelera). Siempre he sospechado que eran alumnos del cole ya mayorcitos, porque era demasiada la coña de que siempre me tocaran a mí todos los curiositos sobre mujeres maduras (madura tu p... madre, niñato).

Esta vez ha sido distinto: Hace unos días recibo un correo en la bandeja de Facebook denominada como “otros” (de la cuál nunca me acuerdo) en la que se engloban las comunicaciones de gente que no está en tu listado contactos. Veo que hay uno de un desconocido, con foto, treintañero, con los siguientes mensajes, cuenta recién abierta, nombre muy común (llamémosle Pepe Pérez) y sin "amigos" excepto otra tía y yo (hummmm, sospechoso).

Os transcribo los mensajes (literalmente) y en cursiva mis reflexiones.

28 Oct. 17:30
Hola Ana, que tal? Puede ser que te conociera el sábado en la latina? Un beso.
(pues mira que lo dudo, fui a la Latina pero no ese sábado, y si hubiese ido, tampoco sería yo).

28 Oct. 23.49
Ana?

29 Oct. 11:59
Contestame por favor.
(¿no está siendo un pelín insistente el muchacho?)

29 Oct. 18:26
Que te cuesta responderme guapa? Si te besaste conmigo!
(bueno, bueno, bueno... Aquí es cuando empiezo a preguntarme si el veneno que me dieron la última vez que estuve en la Latina, que no fue ese sábado sino otro, me hubiese teletrasportado al pasado para besarme con semejante individuo. ¿Poción mágica?

03 Nov. 20:24
Qué tengo que hacer para que me hables?
Y aquí es cuando leí toda la retahíla de mensajes, procediedo a contestar, más que nada para que el chaval deje de pensar que la susodicha morreadora de la Latina no es que no tenga interés, es que no soy yo.
03 Nov. 22:51
Creo que te equivocas. No te conozco de nada o tengo una amnesia del copón.

11 Nov. 09:22
En serio? Pero si me dijeron Ana 'Logías’, yo creo,…Bueno da igual…me has caído bien jajajaja eres de Madrid?
 
Es que no tiene desperdicio la frase, veamos: Lo primero, ¿quién coño presenta hoy en día con nombre y apellidos en un bar de copas? 
- Hola mira: Mengano de Tal – Fulana de Cuál (y viceversa). ¡Amosnomejodas! Que no, que no cuela, coño. A mí me presentan a alguien en un bar con el nombre y apellidos y date por contento si llego a recordar el nombre y, después, a ver si lo escucho con la música… ¡como para memorizar el apellido! Vamos, que no, que estamos de los nervios, histéricos con la Ley de Protección de Datos y esos temas de la privacidad, como para ir diciendo los apellidos al primero que te presentan.

Segundo: “¿Eres de Madrid?”
No, chaval. No soy de Madrid. Estaba en la Latina haciendo turismo, no te jode, ¿no me viste la cara de guiri? Claro que eso no te lo conté porque tenía la lengua dentro de tu boca...

Tercero: “Bueno da igual…me has caído bien jajajaja”.  
Aha, perfecto: el muerto al hoyo y la viva al bollo. ¡Qué poco luto le guarda a la susodicha Latinera, ¿no? O sea, se tira una semana venga mensajes, venga a brasear y, a poquito que le responde una  desconocida ya no sólo le cae bien con dos frases escuetas sino que además, cuéntame tu vida, ¿eres de Madrid? Lo peor es que me sé lo siguiente: ¿cuántos años tienes? ¿en qué trabajas? ¿por qué zona sueles salir?

Flipo. Alucino. Ojiplática me hallo. ¡Qué nivelazo! Sí, señor. Y es lo que me mola a mí: los tíos inteligentes y estrategas. Con semejante sesera una puede llegar a sucumbir a los encantos de un internauta que te asalta "como por casualidad". Es que el destino tiene unas cosas...

Me parece muy bien que uno quiera ligar, pero coño, que hay un montón de webs -incluso gratuitas- donde uno se pone en el mercado, se exhibe, se pesa, se mide, se hace fotos en el espejo del baño poniendo morritos y después de eso, te cuento de dónde soy y pa dónde voy. Y no en Facebook y poniendo anzuelos. Que no, que el guindo y yo ya nos conocemos desde hace mucho.

Efectivamente, seré una borde y también una antipática, pero es que lo peor que llevo, es que me insulten la inteligencia. Hubiese preferido esa frase toda la vida. ¿Dónde ha quedado aquello de "¿estudias o trabajas?...o ¿en qué piscina te bañas?" y no contarme una milonga que ella solita se desmonta. 

Y es que hasta para ligar hay que tener un poco de arte, pues no hay cosa que menos soporte que la gente sea poco inteligente. Tenía que haberle dicho: "¿Besarme contigo? Pues debía de estar muy borracha porque desde luego con lo feo que eres hay echarle valor... Y así se acaba la historia.





23 de octubre de 2013

Sin perdón.


Lo tenía atado de pies y manos a una silla oronda, como todo él. Dormitaba babeando, saliendo del trance de la droga que le había mantenido ausente en las últimas tres horas. Sudaba como un gorrino, al cual están a punto de sacrificar, sin ser consciente siquiera del destino que le esperaba. De pronto, abrió los ojos sin entender dónde se encontraba. Forcejó con las muñecas para intentar soltarse, pero pronto comprendió que cuanto más tiraba de las cuerdas más se le cortaba la circulación de las manos. Ya lucían azuladas, casi violáceas, así que decidió relajarlas para que el flujo sanguíneo pasara de nuevo por su cauce. Miró a su alrededor y vio que un gran foco le apuntaba a la cara y comenzaba a dañarle la vista. Nada más. El resto era una inmensa oscuridad que parecía rodearle desde detrás hacia delante y también por ambos lados. En un momento en el que dejó de escuchar su propia respiración, oyó un “click”, cercano que le puso alerta.
- ¿Hola? ¿Hay alguien?
Vio entonces cómo una silueta oscura se le acercaba lentamente.  Era  un cuerpo menudo, que se movía sigiloso por la penumbra.
- ¿Hola? ¿Quién eres? ¿Qué hago aquí? – repetía.

La sombra crecía cada vez más, y a medida que se iba acercando, perfiló un cuerpo femenino. Automáticamente se relajó. Era como si el hecho de estar retenido por una mujer le restara importancia a la situación. Suspiró aliviado y comentó en un tono más cercano: - Mira, no sé qué es lo que quieres pero podemos negociar lo que sea. Yo gano bastante dinero.
La negra silueta permaneció unos instantes en la frontera de la luz con la penumbra, observándole. El silencio era denso, tensionando aún más el ambiente. 

Finalmente, un resplandor de un metal afilado que cegó los ojos del hombre durante un instante delató lo que ella llevaba en la mano. Después, salió a la luz y se dejó ver. La pequeña mujer iba embutida en un traje de neopreno negro que también le tapaba la cabeza y la cara. Únicamente emergían dos ojos sin un color definido y un par de agujeros para respirar por la nariz. Se acercó muy despacio a aquel seboso que reposaba atado a la silla. Ensanchó las aletas de la nariz percibiendo el fuerte hedor que despedía y acto seguido sacó el cuchillo arañándole despacio los brazos, la espalda, el torso, las manos y finalmente la cara.
El hombre gritaba más aterrado por el miedo que por el dolor en sí, pues el filo del cuchillo era tan fino que apenas había notado el roce de su piel mientras se abría. 

Después, la mujer alcanzó una manguera que reposaba enrollada en una pared. Tiró fuertemente e hizo que el eje rotara deslizando por el suelo la larga goma. Accionó una palanca dando rienda suelta al agua que, ansiosa, se comprimía rígida en espera de liberarse y apuntó con el gran chorro sobre el rollizo cuerpo del individuo, escuchándole aullar aún más sobresaltado. Magullaba una y otra vez su cuerpo a base de presión acuática, dejándole dolorido como si hubiera recibido una buena paliza.  Las heridas, mientras tanto, se abrían rápidas bajo la fuerza del agua. Los lamentos retumbaban en las paredes, haciéndole deducir que estaba  en algún sótano o garaje. Además, escuchaba el tránsito de las tuberías por encima de su cabeza, dándole a entender que efectivamente, estaba en los bajos de algún edificio. Su esperanza para que alguien le encontrara en tal lamentable situación iba menguando a medida que pasaba el tiempo. Comenzó a tiritar y se fijó en sus brazos y manos que chorreaban sangre a borbotones.
- Por…fa…vor – sollozaba.

La mujer no vaciló, seguía un patrón preestablecido: cogió unas escaleras y se posicionó junto a él. Subió hasta el último peldaño y alcanzó una llave inglesa que llevaba consigo. Comenzó entonces a desatornillar poco a poco la tubería que colgaba del techo, la que estaba justo encima de él. El hombre la miraba absorto. No entendía bien qué tipo de mente maquiavélica había ideado un plan así. Mientras ella, cuidadosa giraba las tuercas de las grandes sujeciones. Quitó las agarraderas, despacio, y posteriormente tiró de la tubería hasta que salió el gran codo que pendía encima de su cabeza. Salió un líquido marrón, espeso y maloliente que cayó justo encima de él.
- ¡Dios mío! ¡Qué asco! – imploró.

La fémina bajo de la escalera y repitió la acción al otro lado de su retenido. Ahora eran dos codos los que había quitado y ambas tuberías yacían desnudas justo encima de su ya contaminado pelo.
- ¡Se me van a infectar las heridas! - protestaba.

No contestó. Simplemente retiró la escalera, cogió el cuchillo y salió de aquel antro sin escuchar los gritos y los ruegos de aquel que hasta ahora había sido su rehén. Cerró la puerta por fuera. Giró varias veces la llave, después pasó a sellar la cerradura con silicona, así como la puerta y también el suelo. El hedor no saldría de allí en una larga temporada.

Meses después leyó en el periódico que tras una gran inundación producida en un edificio de la ciudad de la que se había mudado, habían encontrado el cuerpo de un hombre atado a una silla. El esqueleto estaba atado de pies y manos y vestía un cochambroso mono de trabajo en el que apenas se podía leer el emblema de una empresa: Fontaneros Pepe.

4 de octubre de 2013

Caperucita y el lobo dócil



Caperucita iba por el bosque paseando su nostalgia. Se encontraba muy deprimida y bloqueada. Su estado de ánimo subía, como una noria en el mes de agosto y bajaba nuevamente, tal que un globo que se pincha y se estampa contra el suelo. Sería la edad, sería la apatía, pero el caso es que un cruel vacío se había afincado en su interior.

Un día, Caperucita  fue a ver a su abuela. La anciana sufría una extraña enfermedad que no la dejaba salir de casa y su nieta la atendía con cariño y mimos. El largo camino que había para llegar a verla se había convertido ya en una rutina tediosa. Los árboles que antes la refrescaban del sol implacable apenas le daban cobijo bajo sus sombras, y el inhóspito viento del invierno le azotaba la cara  haciéndole el viaje más difícil. Sin embargo, Caperucita, seguía tenaz en su labor.  Para colmo, la mujer no se moría pero tampoco se reanimaba. La veía agonizar lentamente, sin poder remediarlo, pero no terminaba de dejar este mundo. Encima, andaba parca y antipática. Ya no era aquella dulce abuelita que mimaba a su nieta y la colmaba de besos, sino una vieja senil que de vez en cuando la trataba mal y la despreciaba.

Fue en uno de esos días en los que caminaba desalentada, arrastrando los pies y tristona, cuando el Lobo Feroz se puso delante, obstaculizándole el camino. Se cruzó de brazos, impidiéndole el paso, mirándola a los ojos y mostrándole todos sus encantos. Era un lobo fuerte, viril, seductor, que al verla pasar por su lado le susurró al oído: - ¿Dónde vas, Caperucita?
- Déjame, Lobo. Sal de mi camino – le dijo obstinada.
- Pero niña, si yo sólo quiero acompañarte. Prometo no hacerte nada -y Caperucita, que estaba frágil, se fue dejando convencer por el lobo, mientras éste le explicaba las muchas veces que la había visto pasear por el bosque y no la había atacado. La cantidad de ocasiones que le había perdonado la vida.

Y así fueron pasando los días, caminando un día tras otro: Caperucita le repetía que era un lobo feroz, que no le convenía, sin embargo, se fue dejando llevar, confiando cada vez más en su compañero. Y mientras tanto, el lobo se aguantaba, dominaba sus ganas de devorarla, pensaba en su piel deliciosa, comiéndosela poco a poco. Evocaba su olor por las noches e imaginaba cómo sabría. A medida que pasaba el tiempo, la chica se sentía cada vez más a gusto: El rubor comenzó a iluminar sus mejillas por los piropos del lobo, y ciertas cosquillas se afincaron de la boca de su estómago. Sin poder controlarlo se fue dejando seducir sin apenas darse cuenta.

Pero un día el lobo, hizo un alto en el camino. Fue honesto con ella y le confesó que estaba luchando  contra sus instintos; que su parte animal le martirizaba cada vez más frecuentemente y, sabiendo que en cualquier momento podría comérsela, le dijo que fuera ella la que decidiera si quería con él. La miró y la besó,a modo de despedida.

Para sorpresa del lobo fue Caperucita la que le devolvió aquel beso, agarrándose de su cuello. Y él la cogió en volandas sujetándola contra un árbol y llevándola a su oscura guarida, sin soltar su boca. Lamía y relamía sus femeninos labios y después saboreó su cuello. Entonces la desnudó, acariciándola con la lengua dulcemente, en vez de morderla. Lo hizo poco a poco: primero los hombros, después los brazos, más tarde el ombligo, bajando hasta los muslos.

Y cuando Caperucita yacía desnuda en el regazo del lobo, dejó que éste la devorase muy lentamente. Fue placentero, sin dolor, entregándose totalmente a aquellos dulces y feroces colmillos que ahora le daban muerte.


30 de septiembre de 2013

La caricia invisible.



Me desperté fría y entumecida, sobresaltada por los truenos, en medio de una húmeda noche de otoño. El aletargado otoño  había decidido instalarse por fin, colándose por las sábanas y serpenteando entre la ropa nocturna. Sin luz, pero orientándome lo suficiente con la que entraba a través de la ventana, buceé por la oscuridad hasta encontrar la silla donde reposaba una manta: ese vehículo estático que me llevaría de vuelta a la calidez de mis sueños. Palpé el suave textil con los ojos medio cerrados y lo abracé tal que a un peluche mullido. Fue entonces cuando casi imperceptiblemente, sentí una presencia inmersa en la oscuridad. Era una suave y tenue respiración. Desconfié de mis propios oídos. Dudé de si seguía soñando o era un mero producto de mi imaginación. Incluso acallé mis pulmones para intentar diferenciar mi respiración de la otra, pero el silencio se fundió con las gotas de lluvia que empezaban a golpear el cristal.

Al volver a la cama, desplegué la manta por completo, cobijándome bajo su peso y,  poco a poco, mis músculos fueron aflojando la rigidez del entumecimiento anterior, dando paso a un dulce y cálido sopor que comenzaba a envolverme. Me dejé vencer, reposando todas mis extremidades sobre el colchón, relajando mis párpados y buscando el vértice del último sueño que había tenido justo antes de despertar. Mi respiración se acompasó tranquila, recogiendo aire y expulsándolo despacio. Y entonces volví a notar aquel tímido resuello. Esta vez, aún más cerca.

Abrí los ojos buscando en el negro espacio, convencida de que a mi lado debía de haber alguien, y con el corazón palpitando, ya completamente despierta, encendí la luz de la mesilla y revisé la habitación de arriba abajo: Todo estaba en orden: la foto de mi novio seguía reposando sobre el aparador, tres libros apilados descansaban uno sobre otro en la mesilla de noche y el resto figuraba  tal y como yo lo había dejado al acostarme.Volví a apagar pensando en que estaba volviéndome loca y traté de dormirme con más ahínco que nunca.

Insistí en relajarme, llegando por fin al punto en el que entraba en un dulce túnel somnoliento. En ese momento mis pies percibieron una leve caricia que subía hacia los tobillos. Pensé en que sería el calor de la manta, en que probablemente fuera mi piel relajándose, pero lo cierto es que notaba cada vez más intensamente cómo aquel candor subía por mis piernas. Era un tacto reconfortante, como el de una pluma templada, una brisa dulce que se colaba por debajo de la tela. Curiosamente, mi vello iba erizándose al paso de aquella sensación inexplicable que, poco a poco, me invadía el resto del cuerpo.

Volví a encender la luz y retiré la sábana con una fuerte sacudida. Quizás fuera algún insecto lo que me rozaba, pero allí no había nada. Sólo mis piernas enredadas en el camisón. Apagué la bombilla pensando una vez más que estaba paranoica y, enfadada conmigo misma, decidí muy seriamente intentar recuperar el sueño a toda costa. Pero pasados unos minutos, justo cuando comenzaba a relajarme otra vez, mi piel comenzó a erizarse en cuanto notaba aquel tacto, ahora ya entre mis piernas. Esta vez me quedé muy quieta, concentrándome en el tipo de sensaciones que me causaba esa anónima caricia: un dulce roce que se iba convirtiendo en un tacto más físico, como una mano invisible que exploraba mi cuerpo ligeramente. Me dejé hacer, cerré los ojos, y según iba ascendiendo hacia mi pecho, los botones del camisón estallaron al paso de aquella mano invisible. La busqué alrededor de mi cuerpo, pero fue en vano. No había ningún nada físico que andara hurgando en mi cuerpo. Sin embargo, aquella sensación se paseaba por todos y cada uno de mis poros. Sentí una  succión en el cuello y cómo mis piernas iban abriéndose poco a poco, desobedientes, autónomas, sin control alguno sobre ellas. El tacto se convirtió en un manoseo intenso que, sin poder evitarlo, me provocaba cada vez una excitación mayor.

Mis pezones se habían endurecido con el paso de aquella intensa caricia y noté cómo poco a poco la humedad invadía mis ingles haciéndome lubricar involuntariamente. Estaba sola, no había nadie conmigo y podía sentir cómo algo o alguien me empezaba a penetrar poco a poco. Era fruto de mi imaginación, no podía ser otra cosa. Era imposible. El caso es que seguí dejándome llevar por aquella sensación que se había apoderado de mí. Mis caderas se acompasaron con aquello que me invadía, y mi respiración agitada se convirtió en jadeos ansiosos, culminando con un orgasmo que se expandía por todo el cuerpo.

Finalmente, aquello que me poseía pareció dejar de tocarme. Permanecí atenta por si escuchaba algo más, pero esta vez el silencio acaparaba toda la casa. Empapada en sudor, di la luz y abrí la cama: allí seguía yo con las piernas abiertas, mojada y absolutamente absorta por la experiencia que acababa de tener. Quizás me habría vuelto auto suficiente con respecto al sexo, pero mi sensación había sido  demasiado real como para asegurar que allí no había unas manos y un cuerpo de hombre dentro de mí.

Alucinada y completamente segura de que aquello que fuese ya no estaba conmigo, me levanté para ir al baño. Fue cuando vi que la foto de mi novio yacía en el suelo, boca a bajo y con el cristal completamente roto. Intranquila, bebí agua directamente del grifo y me aclaré la cara. El espejo del cuarto de baño me devolvió el sofocado reflejo de una mujer pasmada. Y justo cuando iba a marcharme, fui consciente de que un enorme y negruzco chupetón se había quedado impregnado a lo largo de mi cuello.

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