Subconscientes...

3 de enero de 2013

Felices Reyes



(Getty Images)

Aquel frío día del mes de enero el sol apenas calentaba y las desnudas ramas de los árboles marcaban el camino invadido por el rastro del vaho que emanaba de sus respiraciones.

Ambos se miraban divertidos y escépticos. Estaban ya cansados de intentar hilvanar una y otra vez una relación tras otra y sabían que aquella cita no les llevaría muy lejos. Sus respectivas experiencias les dejaba claro que no podían plantearse hacerse alguna ilusión con la persona que en ese momento se sentaba enfrente. Los dos estaban limitados en muchos sentidos y ninguno sentía una fascinación por el otro como para tener que cambiar sus rutinas diarias. Sin embargo, se sentían muy bien el uno con el otro. Intercambiaron opiniones, se contaron anécdotas descabelladas y rieron como si ambos estuvieran en el mismo bando. Y lo estaban. Los dos eran perros apaleados en cuanto a sus truncadas emociones. Los dos habían vivido amargas situaciones, que ahora, tras el paso del tiempo, se tornaban ridículas y pequeñas.

Tras el café, les siguió una copa. El resto del mundo giraba, energúmeno, en busca de las últimas compras del ansiado final de la navidad. En cambio, ellos parecían sentirse ajenos al bullicio que se movía con histerismo a su alrededor. Los chistes les convirtieron en cómplices, transformándolos en forasteros del lugar y las costumbres, sintiéndose totalmente extraños a aquel ritual navideño.

Ella saboreaba una crema de whisky, él ginebra con tónica y fuera la tarde caía recargando aún más el gélido aire. Pero dentro de aquel sitio el calor convertía las copas digestivas en un delicioso manjar reconfortante mientras una guitarra sonaba melosa con ritmo de jazz. 

Sabían que posiblemente no se volverían a ver más, sin embargo, no se despegaban. Quizás porque no tenían nada que esconder, nada que vender y nada que objetar. No había que esforzarse, no había que fingir, ni comportarse de una manera antinatural. Y sin premeditarlo, él se acercó suavemente a sus labios y saboreó los carnosos pliegues femeninos mezclando la ginebra con la crema de whisky.  Ella se sorprendió más por haber descartado mentalmente cualquier insinuación entre ellos que por sentir atracción física. Sin embargo, se dejó llevar comprobando cómo aquel casi desconocido le iba acelerando la respiración tan solo rozando su boca lentamente y erizándole los pelos de todo el cuerpo.

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