Subconscientes...

9 de mayo de 2013

Una historia real.

(Getty Images)

Me pareció una mujer diferente a todas las demás. La mía era una perfecta ama de casa sin ningún tipo de ambición en la vida más que atender a nuestros futuros hijos y el hogar que yo monté para ella. Había estudiado, sí, pero tenía una visión de la vida bastante limitada. Fue inevitable que nos pillara. Elena era una bomba: todo pasión, ardor, fogosidad y cuando me besaba, perdía la noción del lugar en el que estaba. Le encantaba el riesgo, el reto de sentirse cazada, eso le excitaba mucho más. Ambas eran amigas y celebrábamos un cumpleaños. Pasé por la cocina y me acechó como una loba, agazapada detrás de la puerta con una pérfida sonrisa que me ponía todavía más cachondo. Me puso la mano en la entrepierna y mi respuesta fue inmediata. 

Nos besamos más excitados aún por la posibilidad de que pudiera entrar alguien en cualquier
momento, así que nos fuimos dejando llevar.  Era sencillo, llevaba un vestido vaporoso en el que podía deslizar mis dedos y abrir su húmeda vagina. Así la arrastré hasta el cuarto de la lavadora. Ella reía con las bragas bajadas hasta los muslos, impaciente porque la penetrara. La subí al electrodoméstico y comencé a embestirla como un loco sin pensar en las consecuencias que podía tener toda aquella locura. No llegué a acabar. Justo cuando iba a correrme escuché cómo la puerta, a mi espalda, se abría chirriando. Después oí un perfecto – ¡hijos de la gran puta! – que me costó el divorcio, entre otras cosas.

Elena estaba también casada y como en el pueblo al final todo se sabe, su marido hizo las maletas al día siguiente. Nunca más supimos de él. Era un buen hombre, cornudo pero buen tipo.

Han pasado diez años de todo aquello. Recuerdo cómo hacíamos bromas al respecto, mofándonos de nuestras respectivas caras al recordar toda aquella escena. La vida en común fue divertida, al principio, claro. Follábamos en el salón, en la cocina, en el suelo, en el jardín… Nadie me ha sabido hacer una felación como ella. Nadie le ponía tanto como yo. Luego llegaron los niños, las noches sin dormir, las broncas, los reproches. Esa no era la divertida y escandalosa Elena que yo conocí. Se volvió más fría, más irascible, los insultos comenzaron a ser rutina, los gritos el correveidile del vecindario.

Pero a mí no me engaña. Yo no soy como el cornudo de su marido. Yo la hurgo, le espío el ordenador para saber con quién habla y de qué. Sé quién es.  Sé que está tirándose a otro: Otro casado a quien va a desguazar el matrimonio. Sólo espero que sea más listo que yo y no deje a su mujer por ella. Por alguien tan mezquino y miserable, alguien que me pide una indemnización por los años que he vivido con ella y una suma desorbitada para mantener a mis hijos. Por ella, que quiere echarme de mi propia casa, despojarme de ver a mis hijos y quien amenaza, si no cumplo con sus requisitos, con ir a denunciar a la policía que la he pegado y maltratado.
El día que eso pase, juro por Dios que no la pego, no. El día que eso pase...la mato.

4 de mayo de 2013

Sólo un café.

(Getty Images)
     Habían acordado quedar tan sólo para verse físicamente, pues llevaban más de un mes intercambiando frases a través de sus respectivas pantallas de ordenador. Les urgía ya fijar en la mente su cara real, percibir los olores, notarse la piel...  Sólo un café. Iba a ser un simple café. Quitarse esa sensación de ansiedad que les producía tener que esperar para una cita convencional, tal y como mandaban los cánones habituales, así que decidieron saltarse las normas y no esperar más. Acordaron que en un par de horas tomarían algo en una cafetería a medio camino de sus casas.
     Se reconocieron de inmediato. Él era más joven de lo que aparentaba, ella más menuda, pero aún así supieron que esos extraños que habían sido durante décimas de segundos se transformaron en cercanos de inmediato.
- Vaya, ¡por fin! -, exclamó él arrojándola piropos.
Ella sonreía tímida; siempre le costaba romper el hielo con gente que veía por primera vez. Después, una vez tomada ya la confianza, comenzaba a soltarse. - Efectivamente, eres más alto de lo que me imaginaba y bastante más delgado.
- No sé si tomarlo como un cumplido o todo lo contrario. Mi madre dice que tengo que comer más.
- ¡Las madres! ¡Esas grandes sabias! -, argumentó cooperativista, en un tono evidentemente jocoso.
     Pidieron ese café prometido y lo que en un principio iba a ser una charla corta se fue extendiendo hasta bien entrada la tarde. En el bar, el gentío gritaba desesperado, atento a la televisión que emitía un fondo verde en el que unos hombres millonarios corrían tras un balón. Los lamentos y gritos de la afición silenciaban la conversación entre ellos. Seguir allí se hacía cada vez más difícil pues el ruido era casi insoportable. 

     De pronto, sin venir a cuento, él atrajo hacia sí la silla de ella, arrastrándola incluso con ella encima, para situarla en frente, a tan sólo unos centímetros, cara a cara. Le había dado un giro inesperado a aquel encuentro, improvisando un papel de seductor directo, sin ningún tipo de escrúpulos. Ella, sorprendida, no dijo nada. Aquel gesto le pareció tremendamente viril. Estaba mostrando sus cartas. Le gustaba y no se lo estaba diciendo, se lo estaba gritando. Sonrió levemente, casi como aprobando la actuación. Tomó aire para protestar teatralmente por haberla arrastrado de su posición inicial pero no le dio tiempo: él la besó fugazmente antes de dejarla reaccionar. Fue un beso ansioso, robado, sin cautela. Fue como si algo le hubiese atraído hacia ella súbitamente sin poder remediarlo. 
     Más asombrada aún, alzó las cejas. – Vaya, ¿así sin más?
- Sin más, sí, y vámonos de aquí -, dijo imperativo. Pagó la cuenta, le sujetó la puerta, como un buen caballero para que ella pasara delante, aprovechando para fijarse en las curvas que marcaban sus pantalones vaqueros  que se ajustaban en un redondo trasero con forma de pera. -  Bueno...-, casi empezó a despedirse tímida.
- Vamos a tu coche, necesito seguir charlando contigo pero sin todo ese ruido -, quiso alargar aún más el encuentro.
     Se sentaron dentro del vehículo y él pidió que arrancara. - ¿Dónde vamos?-, preguntó ella inocente.
-  No sé, conduce...ya se nos ocurrirá dónde parar -. Pero no fueron muy lejos. La oscuridad se había apoderado por completo de la ciudad y únicamente dominaba las calles la ténue luz de las farolas.

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