Subconscientes...

14 de junio de 2013

Lo sabes, no es imposible.






No había reparado en ella hasta hacía unos años. Era la típica mujer en la que no te fijas hasta que precisas tus ojos en los detalles de su cuerpo menudo, sus amanzanados pechos, sus curvas pronunciadas y sus redundantes caderas eran terriblemente femeninas.
Apenas habíamos cruzado un par de saludos al cruzarnos por las mañanas, interponiendo siempre mi formal semblante que marcaba la distancia a los desconocidos. Pero una tarde de verano cuando a mi tienda, sorprendiéndose al verme tras el mostrador. – No sabía que trabajaras aquí-, me dijo espontánea.
- Sí, la tienda es mía. ¿Qué necesitas? -, fue entonces cuando terminé de examinarla. Había algo, no sé el qué, que me atrapaba. No es que fuera guapa, pero tenía un atractivo que brotaba por sus poros. Era algo animal, llamémosle feromonas, sex appeal, una parte seductora que me invadía desde la nariz hasta la entrepierna pasando por el estómago y los riñones.

Fue así cómo empezamos a tener un trato más cercano. Cada cierto tiempo se dejaba caer por mi tienda, rozando las encuadernaciones de los libros que se exhibían en las estanterías, reposando sus manos por los lomos, acariciando las hojas impresas. Después me asaltaba a preguntas sobre si había leído tal o cuál novela, sobre si el escritor de moda me parecía coherente, si mis gustos sobre la literatura iban acorde a los suyos. Y tras una breve y casta charla, pagaba, si es que había escogido algún libro, y se marchaba dejando mis pensamientos buceando entre su blusa y su piel, colándome entre el tanga que intuía que llevaba por la marca de sus pantalones, al volverse. Después, tenía que hacer grandes esfuerzos por bajar la hinchazón que me había producido entre mis ingles.

Cierto día me hizo un encargo: Necesitaba encontrar un libro en concreto que aparecía como descatalogado –. Yo me encargo de conseguírtelo pero tardaré. Y para no hacerte venir a diario –quería ganar su confianza – dame tu correo electrónico y te voy contando - no me atreví a preguntar su teléfono – así yo te aviso cuando lo tenga aquí.

Así es cómo entablamos una relación paralela a la cruel frialdad del cara a cara en el que yo siempre guardaba las formas y mantenía cierta distancia.  Esa gélida sensación, se fue disipando tras el monitor, letra a letra. Primero fui informándole cauto y formal sobre el estado de su pedido. Ella contestó en la misma línea, aunque su tono era bastante más ameno que mis líneas, que se habían acostumbrado a impregnarse de un aséptico aire profesional.

Para cuando recibí su encargo, la relación epistolar había sufrido una completa metamorfosis. Fui haciéndole partícipe de mi día a día, cuán esclavo me sentía de mi situación, sintiéndome incapaz de abandonar a mis hijas, lo estancado que me parecía mi matrimonio, siendo mi suegro el dueño real de la empresa y la ignorancia de mi mujer con respecto a mis sentimientos. Llegué a hacerle cómplice de mis obscuros pensamientos, de cómo me levantaba por las mañanas, acompañado pero solitario, con su figura metida en mi cabeza, recién soñada, que fluctuaba por mis venas hasta convertirse en la única culpable de mis pensamientos más lascivos.

Ella nunca me juzgaba. Se dejaba embriagar por mis ya casi obsoletas dotes seductoras, sin embargo, cuando le insistía en vernos furtivamente, siempre alegaba que debía haber una barrera entre los dos y que debía ser infranqueable. Le halagaban mis propuestas, pero aquello era un disparate. No era mujer de repuesto y lamentaba que la situación no se hubiera dado en otras circunstancias.

Concienciado de mi malogro, dejé de buscarla y de escribirle, centrándome nuevamente en mi vida, descartándola de mis pensamientos y tratando por todos los medios de sacarla de mi cabeza y desenfocándola de mis deseos. Era lo que había. No se podía tener todo. Aprendí a lidiar con su fantasma, ese mismo que me provocaba por las noches metiéndose en mi cama sensualmente, besándome el cuello con aquellos carnosos labios y absorbiendo con su boca hasta el último poro de mi piel que insensatamente se dejaba llevar. Pude aquietar la idea de imaginármela encima de mí, cabalgándome lentamente, con su pelo cayendo por sus hombros al ritmo de sus embestidas.

Conseguí frenar aquellos deseos perversos que casi me hacían percibir su boca alrededor de mi glande, succionándome hasta dejarme vacío. Todo eso lo conseguí a base de quitármela de la cabeza, día tras día. Y cuando lo había conseguido,
una tarde, entró en mi tienda y, apesadumbrada, dejó un sobre en el mostrador. No dijo más. Me miró seria y tras una pausa se fue.

Sorprendido por aquella visita rasgué precipitadamente el precinto y extraje lo que parecía ser una carta, esta vez redactada de su puño y letra. La leí innumerables veces hasta tatuarla en mi cerebro como si aquellas letras fueran hierro forjado. Devoré coma tras coma, palabras y letras. Después la quemé.

Aquel papel me devolvió la vana ilusión, las ganas de levantarme cada día, aun siendo consciente de que la situación posiblemente no cambiaría nunca. Sin embargo, en aquel escrito no dejaba el camino cerrado aunque tampoco lo abría del todo. Simplemente me dejaba entrever sus pensamientos titulándolo: “Lo sabes, es imposible”.

9 de junio de 2013

Fuiste tú.





Fuiste tú el que decidió desembarcar de aquel bote que apenas empezaba a navegar.

Fuiste tú el que decidió alejarse, darle espacio, huir de su vida, de su entorno, de su existencia. Eras tú el que no se veía inmerso en su día a día, en sus rutinas. Tú, el que se sentía extrañamente sosegado. El que optó porque ella dejara de ser suya. Tú el que tuvo pánico, agobio de su propio agobio, el mismo que se atormentaba por dar un paso más.

Y fuiste tú el que elegiste el sendero que era sólo de ida. Ése mismo que indicaba que no había punto de retorno.

Y ahora de pronto, evocas aquellos días en los que deduces que no sabías en qué pensabas. En los que ahora no la hubieras dejado marchar. Hoy ves que fuiste un necio, que hubieses sido feliz, que con ella te hubiera gustado tener algo más intenso. Es hoy cuando te fustiga esa inseguridad y ese pavor que te tenías tan solo a ti mismo.

Hoy le murmuras confidencias casi al oído, contándole cómo la deseabas, callado, tras verla marchar, reparando, sumiso, en cómo otros ocupaban tu lugar. Ahora le hablas de las veces que la has añorado, de cómo hubieses lamido sus penas, brindado sus glorias; cuántas veces la soñaste, te masturbaste pensando en sus pechos, cabalgado su cuerpo una y otra vez,  fundiéndote hasta dentro, licuándote entre sus poros.

Ahora le explicas que la observabas desde lejos, que buscabas si había aún alguna señal en ese mismo sendero que elegiste en el pasado, alguna huella que indicase el camino de vuelta.

Eres tú el que a destiempo te sinceras, sabiendo que es en vano, que ella ya nunca será tuya y que ahora es tarde para afrontar tus recelos, tus miedos, tus dudas.

Tú, el que tan claro lo había visto, el mismo que entiende que ahora es imposible revivir todo aquello. Tú el que acepta que ya es tarde, rematadamente tarde, tú.

3 de junio de 2013

Lo sabes, es imposible.



Lo sabes, es imposible. Estás tan seguro como yo de que nada va a cambiar y sin embargo, me insistes. 

Sigues en tu campo, sin traspasar la línea, y yo tras ella, marcándola a fondo, viendo cómo me cercas casi rozándola. Conoces las reglas y quieres franquearlas, traspasar el límite, tú, perseverante. Y mientras te observo callada, te dejo hacer, divisando tus armas, tus trampas, tus estrategias. Entonces  me retiro para enfriarte, verte abandonar desde lejos, hasta que tarde o temprano vuelves a mí, llegando justo hasta esa fina trinchera que se va diluyendo, que vuelvo a fabricar lentamente y tú vas derribando poco a poco. 

Entonces me incitas, me provocas, me rondas jugando, flirteando, olisqueando mi zona con tu instinto animal, presionando la entrada, intentado invadirme. Soy tu conquista sin empezar, tu batalla inacabada, soy tu piedra en el camino, tu fantasía irrealizable, tu deseo perverso. E intentas atraerme, llamando mi atención, implorando cruzar la frontera aún sabiendo que no lo harás, que no podrás cambiar nada, que tu terreno y el mío han de estar separados por un sutil pero firme surco. Así ha de ser para no complicarlo.

Sin embargo me ves, me sigues, me tientas, me cuentas y confías dándome parte de ti siendo muy consciente, sabiendo que no hay futuro, que yo soy tu imposible, tu frustración, tu meta no lograda. Y me exiges mirarte, atrayéndome hasta el límite, hasta el mismo vértice de tu lado con el mío.

Yo me dejo envolver, sucumbo a la fuerza creyendo que no me invadirás, ni bifurcarás mi territorio más de lo necesario, sólo lo justo para seguir escuchando tus pasos cercanos, tu acecho tenaz, tu aliento rondando muy cerca de mí.

Lo sabes, es imposible, rotundamente insostenible, tajantemente improbable, sin embargo no cesas, no dejas de decirme qué es lo que me harías y cómo sueñas conmigo, por dónde me esperarías, cómo me desnudarías y me poseerías. Yo sé que después te marcharías, te alejarías de esa frontera, del surco ahondado, escondiéndote muy lejos de mi terreno, hoy prohibido, que para entonces dejaría de serlo. Es cuando dejaría de ser tu sueño inalcanzable.

Así que sigue rondando, contando mis días, mis pasos, mis sueños. Y yo repetiré que es imposible, improbable, difícil, una y otra vez hasta cansarnos de hacer fronteras tu por tu lado y yo por el mío o decidamos de una vez derribarlas por completo y será el fin de toda esta historia.

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