Subconscientes...

13 de agosto de 2013

Agosto.


Relajada, aunque con un ojo puesto en su hija mientras chapoteaba en el agua, se dejaba caer en la hamaca disfrutando del sol. Apenas había gente en el recinto. Agosto era inmejorable para disfrutar de la piscina. Prácticamente todo el vecindario estaba veraneando en la playa, así que disponía de un verde jardín y miles de litros de agua cristalina únicamente para ella. Nada más que hacer. Sólo ella y alguna que otra señora que nadaba con el cuello estirado para no mojarse el tocado recién salido de la peluquería. Sin aglomeraciones, sin niños gritando, sin madres histéricas, sin bocadillos ni meriendas que urgen para ser ingeridos. Sólo el suave gorjeo del agua renovada que salía por los chorros nivelando el foso acuático.

Cansado de observar cómo pasaban las horas, el socorrista ojeaba una revista alternando su atención hacia la niña y su madre. El juego de la cría consistía en tirarse una y otra vez al agua, subiendo nuevamente por las escaleras y vuelta a empezar. Así podía pasarse el día entero. Él no llegaría a la treintena. Intentaba disimular su lozanía disfrazando su tensa piel con una barba rasa bien recortada que tan de moda se había puesto. Mientras las horas pasaban, observaba el panorama: Ella debía ser madre soltera aunque no era demasiado joven. Nunca la había visto con ningún varón alrededor. Sólo la niña y las vecinas que ahora parecían haberla abandonado durante un par semanas. La tenía más que analizada. Había algo, no sabía bien qué, que le tenía atrapado. La oteaba tras las gafas de sol, camuflando sus pupilas, y la seguía mientras nadaba. Aquella manera suya de deslizarse dentro del agua le hacían fantasear. El tedio era demasiado peligroso para un cuerpo rebosante de hormonas como el suyo, pero lo cierto era que todos sus movimientos emanaban erotismo. Era eso lo que le cautivaba al verla caminar por el bordillo. Luego escuchaba el suave chapoteo del agua que ella provocaba al nadar e imaginaba poder poseerla allí mismo, sumergido con ella.

Uno de aquellos días entró sola. Dio los buenos días y se tumbó en la misma hamaca de siempre, ocupando el hueco que había dejado el día anterior. Él limpiaba el fondo de la piscina y le devolvió el saludo un tanto extrañado de no ver a la cría. Quiso preguntarle pero no le había dado tantas confianzas. Terminó su tarea y volvió bajo la fresca sombra.

Al cabo de un rato, la vio sentarse como hacía siempre: en el borde de la piscina, jugueteando durante un rato con el agua, dejando chorrear el líquido entre sus pies y mirando cómo caían las gotas. Lo que ella no parecio ver fue que una avispa andaba cerca y no pareció gustarle aquel movimiento. Fue directa a uno de sus muslos, cabreada por aquel vaivén humano. La mujer notó el pinchazo y se levantó de un brinco, quejándose.

- Venga conmigo al botiquín – la llamó de usted sin olvidar que era un asalariado. Al entrar en el  cuarto le indicó que se sentara en la camilla. Sacó del armario de medicamentos una crema y procedió a lavarse las manos.
- ¿Dónde ha sido?
- Pues…aquí – señaló la mujer apurada al indicarle la cara interior del muslo derecho. Estaba justo a mitad de la pierna.
- Vaya picotazo – constató él -. Túmbese, mejor.
- Llámame de tú, por favor – contestó quedándose boca arriba y subiendo la pierna para hacérselo más fácil.
- No eres alérgica, ¿verdad? - Aprovechó las recién otorgadas confianzas.
- ¿A las avispas? No, que yo sepa.
- Es que tienes un buen picotazo – afirmó mientras observaba el enrojecimiento de la piel.
Allí estaba ella. En bikini medio húmedo, tumbada boca arriba y con un joven que no hacía más que mirarle la entrepierna. Se sintió incómoda.

- ¿No ha venido hoy tu hija? – dijo intentando quitarle tensión a la situación.
- Está con su padre...
- Ah –. Dudas resueltas. Hay un marido. O quizás un ex marido. “¿Y a ti qué más te da?”, pensó mientras se untaba de crema la yema de los dedos.
- ...de vacaciones -. Lo dejó bien claro. Era divorciada, separada o similar.

Lentamente, comenzó a extender la pomada en la zona interna del muslo mientras su mente se evadía nuevamente pensando en lo mucho que le atraía aquella sensual mujer. El silencio se hizo una losa. Las chicharras y el golpeteo del agua eran los únicos protagonistas sonoros. Extendía la crema despacio, deleitándose en cada movimientoy notando cómo ella se tensaba aún más.
- ¿Te estoy incomodando? – decidió ir a por todas.
- Bueno, es una zona un poco delicada.
- Cierto. La avispa podría haber elegido mejor – contestó con una amplia sonrisa mostrando un par de hoyuelos.

Por primera vez cruzaron las miradas. Le pareció un joven encantador y mucho más atractivo de lo que había observado al verle por primera vez. Había reparado en sus bíceps y en los pectorales cuando limpiaba la piscina. También se había dado cuenta de que la miraba desde su silla, pese a que trataba de ocultarse tras las oscuras gafas, pero no le había dado mayor importancia.

La crema se había absorbido ya por completo pero él seguía masajeando la zona con movimientos cada vez más amplios. Se fijó nuevamente en sus torneados brazos, sus trabajados pectorales y aquella incipiente tableta que comenzaba a asomar por los músculos abdominales. “Déjate de estupideces, es demasiado joven”, reflexionó aplacando ese esbozo de lascivia. Pero su otro "yo" la mandó al carajo y decidió por fin relajarse recreándose en el momento. Bajó la vista hacia su cintura y se fijó en que el bañador estaba ligeramente abultado. No era posible. O estaba muy bien dotado o el chaval se estaba poniendo las botas. Sin embargo, al notar cómo su respiración comenzaba a agitarse constató que, ciertamente, se estaba excitando.

El masaje se había convertido en un dúo a ambas manos. No quedaba rastro de crema y el picotazo se había deshinchado casi por completo, pero él permanecía pasando sus palmas, ahora abiertas, entre sus muslos. Y en cada desplazamiento sus dedos le rozaban una de sus ingles, acariciando ligeramente su bañador en la parte más escondida. Una vez. Y otra. Y una más.

En un momento de cordura a ella todo aquello se le antojó disparatado, pero por una vez en su vida no pensó en las consecuencias. Se fijó en sus labios abiertos, en cómo se mordía el inferior. Tenía claro que podía zanjar aquel momento levantándose y diciendo que ya se sentía mejor, pero no lo hizo. Siguió allí tumbada, notando esas manos calientes que cada vez abarcaban más pierna, más muslo, más glúteo… Estaba concentrado en sus propias manos y buscó su mirada. Él volvió la cara hacia ella parando en seco. Entonces ella asintió, dándole el visto bueno para que continuara.

Entonces, suavemente, sin articular palabra, deslizó sus dedos resbalando cada vez más hasta introducir poquito a poco las yemas entre el bañador salpicado y su húmeda entrepierna. Así, entre caricias y masajes fue mojándose las puntas de los dedos como quien no quiere pasar por allí, como si fuera sin intención. Y ella cerraba los ojos, conteniendo el aliento, se mordía los dedos, poniéndose en manos de aquellas jóvenes pero expertas manos.

Notaba cómo la comenzaba a explorar poco a poco entrando y saliendo de su húmeda vagina. Después sintió cómo le desabrochaba los lazos del bañador y el masaje subía por su monte de Venus hasta el ombligo. Buscó  también sus blancos pechos, que contrastaban con el bronceado del resto de la piel. Luego, su cálida lengua comenzó a patinar alrededor de su estómago, bajando por el camino que antes habían hecho sus manos. Por fin se paró entre sus dos labios inferiores.  La saboreó primero. Después lamió despacio todos sus pliegues haciéndola llegar al clímax dos veces.

Estaba frenético , necesitaba penetrarla allí mismo o iba a reventar el bañador. Buscó con prisas un condón en su neceser mientras ella recuperaba el aliento por su segundo orgasmo y, tras colocárselo, la trajo hacia el final de la camilla, embistiéndola con fuerza desde esa misma postura: de pie, con sus piernas alrededor de la cintura y llenándose las manos con sus redondas caderas. Jadearon ambos, ella empapada en sudor, en saliva y en su propia lubricación. Tumbada, como estaba, mientras su espontáneo amante la poseía entera, se agarraba con fuerza a los bordes de la camilla que parecía romperse de un momento a otro por el vaiven de los embistes. Se corrió dos veces más mientras él empujaba una y otra vez, hasta que el joven paró en seco, gruñó ligeramente y por fin se dejó ir alcanzado ese tan fantaseado orgasmo con ella. Cayó ligeramente sobre el maduro cuerpo femenino y, tras recuperar el aliento, se incorporó.

-¡Buf! – exclamó sin saber qué más decir.
- ¿Buf, qué?
- Te tenía ganas…
- Vaya, y yo sin darme cuenta… – contestó frívola. Se levantó y atándose de nuevo el bañador, le dio un piquito en los labios -. ¿Y ya te has desquitado?
El negó con la cabeza.
- Quizás mañana... me pique otra avispa-, insinuó directa.
- Pues entonces… intentaré curarte… tal y como lo he hecho hoy.

Y así transcurrió el mes de agosto: sin vecindario, sin niños, sin madres histéricas suplicando que no saltaran cerca del bordillo. Tan sólo se escuchaban las cigarras, el suave chapoteo del agua y los ardientes jadeos que salían del interior del cuarto del botiquín. 


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