Subconscientes...

30 de octubre de 2014

Bajando al inframundo.





La noche había cubierto las calles vaciándolas del gentío exaltado. Fue la gran testigo de las veces que habían pasado ya por el mismo laberinto aunque, de pronto, el eco de los tacones enmudeció. Se habían adentrado en un húmedo y ceniciento camino de tierra que no parecía llevar a lugar alguno.

Vieron un duende risueño, agazapado tras una esquina que, divertido, les guiñó un ojo. Entonces sacó un anillo dorado de su bolsillo, miró a través de él y lo hizo rodar persiguiéndolo, alejándose a grandes pasos.

Era una noche extraña, demasiado calurosa para aquella época del año. La mínima brisa que vagaba entre los dos se iba templando según avanzaban: era el calor que emergía desde algún punto no muy lejano. Doblaron la esquina y allí la vieron. Se trataba de una cueva blanquinegra que les atraía sin oponer voluntad . Una caverna en penumbra, escoltada por un gran orco, que expulsaba de su boca un humo negro apestoso.
— ¿Qué queréis? —amenazó.
— Estamos sedientos —contestaron con prudencia—, solo queremos beber.
— ¡Déjalos entrar! —intervino un segundo orco gris que estaba ebrio— ¡Pero cerramos pronto, así que bebed y marchaos rápido! —gritaba ahora desde lejos.

Al abrirse la puerta, la música salió a borbotones. Las notas aprisionadas, parecían querer escapar de entre las paredes de aquel lugar, y el aire denso se mezclaba con el olor que desprendían unos seres alados que allí bebían y bailaban: eran demonios de piel oscura, de ojos saltones y mandíbulas agudas que, al ver entrar a los recién llegados, esbozaron una maliciosa sonrisa, dejando entrever sus sucios colmillos.

Localizaron entre las tenues luces una escalera que les resguardaba de la vista de aquellas bestias y, bajando peldaño a peldaño, encontraron un sitio cómodo donde poder descansar. Un lívido vampiro sacó dos vasos y les servió un néctar oscuro sin preguntar nada más. Escépticos, desconfiaron de si debían beber el brebaje, pero la sed y el calor clamaban a gritos ser aplacados de alguna manera. Sabía dulce, como la caña de azúcar. Era una pócima fuerte, con sabor a cerezas, y según se tragaba embriagaba las venas, relajaba los músculos y apaciguaba el ánimo.

Sorbo a sorbo olvidaron dónde estaban. Algo había en aquel ambiente que alentaba a dejarse llevar, a levantarse y bailar, sin sentir el suelo húmedo bajo sus pies. Ya casi hipnotizados, el vaivén de sus cuerpos fue atrayéndolos el uno al otro. La música los envolvía, como un halo invisible que les ataba muy lentamente. Bailaban pegados, buscando sus bocas que estaban ya escasos centímetros. Se robaban el aliento, apretados, comprimiéndose aún más hasta notar el más leve de los suspiros. Y mientras tanto, los habitantes de aquel extraño inframundo, observaban el sensual baile tocándose unos a otros.

Ella sintió entre sus piernas la dureza de su pantalón. Era un suave y firme temblor que la empujaba contra la pared. Él aspiró el olor de su cuello, inhalándolo hasta memorizarlo, y finalmente posó su boca sobre sus hombros. La cueva parecía dar vueltas, los diablos giraban alrededor y ellos se enredaban entre sí, sin dejar de gemirse en los oídos.

Ya  no importaba nada. No querían saber dónde se encontraban, quiénes eran  y si aquellos bichos seguían jaleándoles o habían dejado de mirar. Ellos se fueron dejando llevar sumergidos en las tinieblas. Entonces él le hincó sus dientes entre espasmos de placer y, tras relamer su sangre, la embistió con fuerza. La sangre bajaba por todo su cuerpo, dejando un rastro de hilos rojos que llegaba hasta las piernas. Pensó en comérsela entera, devorarla con ansia, y bajó a succionarla mezclando todos aquellos fluidos con su propia saliva. Era caótico, salvaje, como dos animales enganchados entre sí, rodando una y otra vez, acompasados por aquellos seres que revoloteaban alrededor. Casi poseídos, el uno dentro del otro, fueron incapaces de frenar la fuerza interior que entre los dos producían. Solo pudieron seguir deleitándose mientras sus cuerpos llegaban de pleno a sumergirse en el dolor producido por el éxtasis.

Solo entonces, empapados en sudor, abrieron los ojos y, recuperando el aliento, se vieron reflejados en un espejo enorme, lejos de aquella cueva. Lejos de los orcos, los diablos y del duende del anillo.  Tan solo estaban ellos dos y un gran cristal que los separaba de dos mundos: uno a cada lado.





30 de septiembre de 2014

Y se hizo el silencio.



—¡Por el reencuentro! — exclamaron al unísono alzando sus copas.Y de pronto, un imperceptible y simple destello entre el roce de los cristales, emitió una pequeña onda, provocando una repentina insonorización del ambiente.

El resto de los allí congregados quedaron inmóviles. El maître estaba en una postura extraña, alargando un brazo para sujetar una botella que estaba a punto de caer de la barra. El camarero, atendiendo a la mesa contigua, enmudeció mientras informaba de los segundos platos. Los comensales, inertes, sostenían el tenedor en el trayecto hacia sus bocas. Otros quedaron con la boca medio abierta, a punto de beber el espeso y rojo vino que sin ninguna explicación se había convertido en un denso material.

Todo el impoluto restaurante había quedado congelado, la brisa del ventilador enmudecía y las moscas quedaron petrificadas en el aire. Tan solo ellos dos seguían parpadeando, perplejos, por aquel extraño acontecimiento. Incluso la música de ambiente había mutado a un tupido silencio. No había allí nadie más que estuviera consciente. Nadie, excepto ellos dos.

Sin mediar palabra, él comenzó a hacer aspavientos entre los amigos que estaban sentados a su lado. Ninguno de ellos reaccionaba. La tomó entonces de la mano y tiró de ella. Perpleja y desconcertada, se dejó guiar por él sin decir una sola palabra. Al abrir la puerta del local encontraron más de lo mismo: gente que caminaba con una pierna detenida en el paso; los coches sin circular, los semáforos con la luz fija e incluso las palomas, que habían alzado el vuelo, parecían blancas estatuas con sus alas abiertas. La ciudad se había parado por completo mientras ellos dos deambulaban por las calles.

Guiados por su propio instinto, y sin saber muy bien a dónde dirigirse, se cruzaron con un portero uniformado que parecía darles una estática bienvenida. Frente a ellos un lujoso hotel sin tránsito, sin reserva, sin control alguno. Accedieron a él sin más. El recepcionista, gélido, fijaba la vista en un ordenador paralizado, mientras un cliente de mármol esperaba su turno.

Sin soltarla, él agarró la primera llave que vió colgada tras el hombro del encargado y entraron tras la puerta que indicaba el número de la habitación. Silenciosos, abrieron la amplia terraza para observar la inmensa y quieta ciudad, detenida en el tiempo. Era un apocalipsis de silencio pétreo que parecía haberles excluido a ellos dos.

Vislumbrando el congelado horizonte quedaron absortos ante aquella hecatombe inanimada. Fue cuando ella sintió en su espalda el torso duro de su amigo. Le llegó su respiración acariciando su pelo y la tibieza de su cuerpo le traspasaba la ropa. Entonces, sin decir una palabra, como un pacto que nunca habían hablado, se dejó llevar. Sintió cómo aquellos varoniles labios se posaban en su cuello, apenas rozándolo. Tuvo que agarrarse a la barandilla y cerrar los ojos, concentrándose en el calor de su boca, que bajaba poco a poco mientras el vello de sus brazos se erizaba paulatinamente. Advirtió también sus dedos adentrándose en su nuca, retirándole el pelo para dejarla al descubierto. Fue allí donde posó un beso abierto, permitiendo que la punta de su lengua acariciase su piel. La escuchó estremecerse, tensionándose y ella podía sentir el tenue aire que salía de sus pulmones, impregnándose en sus poros, su lengua humedeciéndolos, sus brazos rodeándola. Después vino un ligero mordisco en el lóbulo de la oreja al mismo tiempo que sus manos exploraban su pecho erizado.

Decidió girarse, buscando aquella boca que la llamaba, que la atraía para ser invadida, pareció escucharla, decir su nombre. Enroscó su lengua dentro de la suya saboreando sus labios lentamente, deleitándose con pausa en el sabor de su piel. Las manos temblaban con prisa, enredándose en los botones de la blusa de ella y en el pantalón de él. Y ya desnudos, frente a frente, se miraron como llevaban haciéndolo durante todo este tiempo: con un pacto de silencio sin otro remedio que dejar que sus cuerpos fueran los que hablaran.

El la trajo hacia una cama que ansiaba ser ocupada. La sentó justo en el borde y dejó que ella hundiera su rostro en el duro abdomen de aquel que había llevado las riendas. Sin embargo, ahora era ella la que tomaba el control de sus sentidos. Una carrera de vello moreno indicaba un camino hacia el sur de su cuerpo y ella quiso seguirlo con pequeños bocados. Así fue bajando y bajando hasta dar con su tenso apéndice que emergía desafiando a cualquier ley de gravedad. Jugueteó con él en su boca, mientras lo acariciaba lentamente con las manos, escuchando tan solo a su compañero tiritar de emoción. Aquel era el único sonido perceptible, aquellos viriles jadeos que rompían el silencio, pues el resto del mundo permanecía en el más absoluto silencio.

Su impaciencia le obligó a tumbarla en las finas sábanas y fue directo a zambullirse entre sus pechos, succionando sus pezones, viéndola jadear. Suplicaba tenerle dentro, pero la quiso hacer esperar: sujetó sus dos manos, inmovilizándola, y entonces bajó a bucear entre sus piernas. Su piel, ardiendo, se dilataba abriéndole el paso para dejarle beber de aquel fluido que emanaba cálido. Así, sin prisa alguna, la escuchó gritar, quebrando de nuevo aquel imperturbable sigilo una y otra vez. La ciudad entera estaba petrificada y ella ahora la atronaba con sus gemidos.

Llegó reptando por su cuerpo hasta su cara. Quería sentirla debajo, acariciando su pelo y dejarla recuperar el aliento. Y con una dulce sonrisa, mientras ella se tranquilizaba, le preguntó sin palabra alguna si quería que la penetrara. No contestó. Solo le miró agarrándole los glúteos, llevando todo su cuerpo hacia sus propias caderas. Entonces, muy despacio, sintió cómo la llenaba sin dejar de besarla. Fueron capacesde percibir cómo esa rítmica presión, que parecía hacerles bailar, les hizo explotar de placer a ambos en mil pedazos. Los mil pedazos que se rompieron como un cristal al chocarse, como aquellas copas que habían lanzado al aire y que, de repente, terminaron por quebrarse.

Fue en ese justo momento cuando aquel sonido les devolvió a la realidad del restaurante, del ruido de aquella botella que cayó al suelo estrepitosamente. Del camarero que repetía los segundos platos, la mosca que retomaba el vuelo, desviándose de su rumbo por la brisa del ventilador. Y todos los comensales masticaban y charlaban como si no hubiera pasado nada. Apenas habían pasado dos nanosegundos que para ellos había sido una vida

Todo aquello volvía a moverse, sin embargo, en un mundo paralelo, el ritmo se había detenido, dejándolos a los dos enterrados el uno sobre el otro, sumergiéndose entre las sábanas que los escondía del resto de la humanidad. 


20 de septiembre de 2014

El castigo.


Se había convertido en un vegetal. Llevaba ya varios años recluida en una residencia geriátrica, sintiendo cómo sus últimos días se le descontaban del calendario. Su único hijo la visitaba los domingos y era testigo de cómo esa cruel demencia que apenas le daba tregua, la iba carcomiendo el cerebro sin descanso. Cada día que pasaba empeoraba a pasos agigantados.

Con la mirada fija en la ventana, balbuceaba palabras inconexas: «mala», «daño», «castigo». Y sus ojos vidriosos permanecían fijos, atravesando la vidriera del salón de ocio, donde el resto de los ancianos se encerraban en su propio mundo o jugaban a las cartas mientras otros se sumergían en la televisión.

Masticaba ya sin dientes y el líquido ingerido debía ser absorbido con una pajita, pues apenas tenía fuerzas para más. «Odio», «mala», «pagar», repetía caótica a deshoras. 

- ¿Cómo va hoy, Doña Concha? –le preguntaban a diario las auxiliares mientras ejercitaban sus lánguidas extremidades. Y sus ojos parecían entender la pregunta, casi suplicando que la sacaran de allí, clamando piedad. Sin embargo su boca era incapaz de coordinar una palabra coherente y terminaba por contestar: «mala», «castiga», «sufre». Las paranoias se habían vuelto una constante, ralentizando aquellas palabras en su boca sin casi poder articular las vocales. Apenas se la entendía.

Era ella la única que sabía que su cerebro no estaba dañado. Solo ella entendía que su incapacidad mental no se estaba perdiendo sino que su psicomotricidad estaba limitada. Incapaz de articular una frase coherente, no podía advertirles que no había alzheimer ninguno. Solo ella era testigo de cómo noche tras noche, la anciana de la habitación contigua entraba furtiva y le inyectaba un líquido entre los dedos de los pies, allí donde no se veía señal ninguna.

El líquido adormecía sus músculos y le paralizaba el sistema nervioso. Eran dosis pequeñas de un líquido que la iba matando lentamente, obligando a su musculatura a dejar de trabajar. Y ella, incapaz de comunicarse, no podía advertir que aquella vecina que dormía tras la pared era la culpable de su deterioro físico. Después su verdugo se sentaba a su lado mientras el efecto de la droga hacía su trabajo y ahí comenzaba el verdadero martirio.

- Eres mala – le susurraba la octogenaria-. Lo has sido siempre, una harpía.

Postrada boca arriba, Doña Concha miraba el techo percibiendo sus lágrimas que brotaban sin fuerza, cayendo por sus sienes. Después notaba cómo sus músculos dejaban de responder nuevamente, justo cuando parecía empezar a recuperar algo de movilidad. Así, resignada, escuchaba a diaio su castigo una y otra vez: - Mala gente. Gentuza. Eso has sido toda la vida. Una hija de la gran puta. Zorra – seguía susurrándole su compañera –. Estás viviendo tu propio infierno antes de morir porque no te voy a dejar que disfrutes pudriéndote en él cuando estés muerta. Cuando te mueras dentro de unos años la humanidad se habrá librado de una sabandija asquerosa como tú. Víbora.

Así conseguía que Doña Concha entrara en un sueño de sombras y siniestras pesadillas. Un sinfín de congojas que le atormentaban durante la oscuridad de la noche que no la dejaban descansar en paz y su estado mental se deteriorase, creyéndola los médicos aún más demente.

Día tras día la anciana recibía su dosis de droga que adormecía su cuerpo, imposibilitándola cualquier movimiento. Y las noches se convertían en el más temido momento, escuchando cómo su jueza le relataba al oído lo odiosa que había sido toda la vida.

Fueron años de inyecciones nocturas y poco a poco, se fue deteriorando tanto como para conseguir dejarla agonizando. El nonagenario cuerpo ya no respondía a ningún estímulo y su mente, que secretamente no estaba dañada, prefería dejarse llevar antes que seguir con aquella agonía nocturna.


Su hijo la tomó de la fría e inerte mano mientras ella trataba de respirar con la poca fuerza que inhalaban sus pulmones.


- Ella – apenas dejó escapar un susurro.

- Mamá, no hables – sollozaba el heredero.

- Hermano – insistía entre bocanadas de aire.

- Shhh- le acariciaba la frente su hijo.

- Mala – seguía luchando por expresarse.


Y justo antes de que el corazón inundado en aquella droga que adormecía hasta el más fuerte de los músculos dejara de latir, los ojos quedaran paralizados y la boca entreabierta, Doña Concha alcanzó a susurrar: - Cuñada.

17 de julio de 2014

Si algún día...






Si me dijera que me quiere, que no puede dejar de pensar en mí…
Si me transmitiera más cariño que deseo …  Si algún día me cuestionara que le importo, que se preocupa…

Si alguna vez le viera implicado, doblando conmigo todos los vértices de mi vida... dejaría entonces de sudar entre sus manos, de dejar que me cabalgue como un potro salvaje desbocado, empapándome en sus líquidos que chorrean por mi cuerpo.

Si algún día me preguntara qué hace cuando me voy, a quién llama, por qué no me busca, si me tiene presente o por qué se dispersa... dejaré de trepar por su cuerpo hasta alcanzar su boca, lamerle por dentro, mordiendo sus labios, mientras la puerta de la calle nos frena la caída.

El día en que me diga que le seque las lágrimas, que me aplaque la risa con mi boca llena de él, que sus problemas sean los míos y sus demonios me posean... no dejaré que me roce con su lengua en mi espalda ni que bucee entre mis piernas buscándome el núcleo que tanto ansía encontrar. No querré que me invada, que me siga susurrando lo viril que se siente dejándome invadir, ni jadeará en mi oído hasta explotar por dentro, gruñendo y liberando el quejido del placer feroz.

Si alguna vez me dijera cuánto me extraña y yo ya no le abrace con manos calientes, mis caricias dejen de ser tiernas, cuando antes eran febriles y mis jadeos se transformen en angustia por no poder tenerle cerca…  dejaré entonces de atender su llamada y responder a sus mensajes: levantaré trincheras, pondré muros y fronteras para alejarlo de mi lado.

Será el día en que la pasión se habrá convertido en afecto, el deseo en amistad y la lujuria en cariño.

Ese será el día en que todo se habrá acabado.

10 de junio de 2014

El duro trabajo de un detective (homenaje a Dess)


Esta entrada es un homenaje a Oswaldo, digo a Dess, que se la debía desde hacía ya un tiempo. Digamos que me ha quedado  un pelín "Dess-consciente" a la par que larga, así que en vez de hacer dos entradas, he decidido cortarla en «seguir leyendo» y el que quiera que continúe.



Le vio entrar directo, mostrando su placa como si fuera un salvoconducto:
- Buenos días, señorita. Estoy haciendo una investigación sobre un homicidio.
El moreno que acababa de presentarse, entrado ya en los cuarenta, era un tipo fornido y, bajo la americana que lucía con desparpajo se podían deducir unos prietos brazos que ansiaban romper la camisa que los comprimían.

La bibliotecaria no esbozó una mueca. Había visto ya más tipos como él, paseando sus grandes bíceps ante su rostro gélido, para después, abrir la boca y destrozar todo el glamour con el que creían venir de serie. Su rostro impávido, resguardándose bajo aquellas gafas alargadas y el moño recogido en lo alto de su cabeza, no reflejaba el remolino que la había alertado por dentro y que trataba de controlar con cierto esfuerzo.
- Dígame en qué puedo ayudarle- contestó profesional, pero seca.
- Busco una noticia que se publicó en el periódico “El Vecindario”. Es de hace varias décadas y trata de un fontanero desaparecido hace ya varias décadas.
- ¿Y qué pasa? ¿Que ahora lo han encontrado?
- No puedo contarle demasiados detalles, pero sí, estaba a unas manzanas de aquí. Necesito cotejar un dato y queremos verificar que era el mismo del que hablaba aquel artículo. ¿Tiene usted la hemeroteca digitalizada?
- Pues no. La tengo de otros periódicos, pero ese en concreto, dado el interés del público, no lo hemos digitalizado.
- Pues esto me va a llevar varias horas - argumentó el policía.
- Cerramos a las nueve de la noche, señor….
- Flánagan , Michael Flánagan- interrumpió el mismo -. ¿Y usted es...?
- Soy Libio. Libiotecaria Quant.  
- ¿De qué me suena ese apellido? 
- Mi abuela montó un negocio piramidal de venta de maquillaje a domicilio, quizás le suene “Mary Quant”, es la competencia de “Mary Kay”.  En realidad eran primas, ya ve usted. Ambas se dedicaron a lo mismo y por pura competencia dejaron de hablarse.
- ¡Entonces usted es prima tercera de Mery! ¡Mi Merykeit!
- ¿Su Mery? Pensé que estaba casada con un tal Flácido, de apellido Domingo.
- Sí, lo estuvo, pero se ha divorciado recientemente porque Flácido nos pilló en plena faena. Al pobre lo llamaron Flácido por algo, ya sabe, toooodo en él estaba lánguido y la pobre Mery tenía unas ansias enormes de hombre que no pude negar en satisfacer. Por lo tanto, usted es como de mi familia: prima tercera de mi mujer.
- Lo seré,  pero no nos hablamos por culpa de nuestras abuelas. Comprenda que yo, contra los ritos familiares no voy a luchar, que soy mujer de costumbres arraigadas.

Pasaron varias horas y, una vez roto el hielo y suavizadas las asperezas, Libio decidió ayudar al detective Flánagan para poder encontrar aquel artículo tan importante. A medida que transcurrían las horas, la conversación se iba haciendo más cercana. La mujer se quitó los tacones de quince centímetros y se sentó en la moqueta de la biblioteca para ir hojeando los periódicos en el suelo. Vestía una blusa blanca, casi transparente, en la que se intuían unos pechos puntiagudos bajo un negro sostén y una falda de tubo con la raja a un lado para que la pierna derecha pudiese tener más margen de maniobra.

Eran ya las diez de la noche cuando la mujer decidió ir a la nevera que tenían a disposición de los empleados y sacar un par de refrescos.
- ¿Señor Flánagan, quiere usted algo?
- Llámeme Michael. Sí por favor, algo sin alcohol, que estoy de servicio - vociferó.
Libio le trajo una bebida de cola y se sentó muy cerca, doblando las piernas hacia el lado de la abertura de su falda.
-¿ Y cómo le pusieron ese nombre? – preguntó el moreno, más intrigado por la funcionaria que por el propio caso.
- En realidad me llamo Elisabeth, pero como desde pequeña quería ser bibliotecaria, yo decía que quería ser biblio (o libio mal pronunciado) y así me quedé. Ya sabe lo de los sobrenombres de este país.
- Y yo que pensaba que tenía que ver algo con la líbido - se atrevió Flánagan en un alarde de cercanía.
Libio se sonrojó:  – Bueno, algo de eso hay...
- No me digasssss –  la tuteó de repente mientras un brillo depravador chispeaba en sus ojos.

29 de mayo de 2014

Ya no soy el mismo.




Algo no cuadraba, pero no me quise dar cuenta. Quizás llevaba demasiado tiempo receptivo y, sin saberlo, busqué a alguien que me sorprendiera así, como lo hizo ella. Ni siquiera era guapa. No tenía un cuerpo espectacular, sin embargo, ahí estaba yo: loco perdido, haciendo malabares para cambiar horarios laborales, sumándole kilómetros al coche y rompiendo con mis habituales rutinas con tal de escuchar ese dulce y meloso acento que me tenía cautivado. Pero su comportamiento neurótico, que desembocaba en broncas constantes, hacía que me arrepintiese de haber ido a verla cada dos por tres.

Le gustaba ir llamativa, compensando así su extrema delgadez y ese cuerpo aniñado que exhibía sin pudor. Más de una pelea me costó hacerla entender que no iba vestida apropiadamente, que iba vestida como una puta: shorts minúsculos, de esos que parece escapársele el pelo del pubis, botas altas y un tufillo a “Pretty Woman” que echaba para atrás. Solo le faltaba zarandear el bolso y decir «acepto visa». Aun así, y pese a mis suspicacias, cometí el traspié de introducirla en mi familia, presentarle a mis padres y relacionarla con todos mis amigos. Grave error.

Con el tiempo, comencé a descubrir sus adicciones. El hecho de no trabajar y no percibir que tenía problemas económicos era la señal más palpable de que algo fallaba, especialmente cuando vi que lo que buscaba era darse una buena sacudida de polvo blanco y vivir en un mundo paralelo desgastando la noche. Y es que no hay más ciego que el que no quiere ver.

Para colmo, le gustaba hacerse la celosa, montarme escándalos recalcándome que yo era suyo, que era mi única dueña y nadie me follaba mejor que ella. Estaba claro que la ceguera disfrazaba aquellas escenas imitando el suave tacto de la intimidad y la complicidad, cosa que me ponía a mil. Aquella relación obsesiva en la me sentía atrapado y de la que no podía salir, me absorbía y me agarraba como a un yonki la heroína.

Hasta que todo salió a la luz. Meses más tarde, quise cotejar las sospechas que me atormentaban cada noche que pasaba en vela. Decidí entonces buscarla en internet, tecleé su nombre y ahí estaba ella: dando datos de sus medidas, su teléfono y cuánto cobraba por media hora. Ahora sí cuadraba todo: el hecho de tenerme a cuatrocientos kilómetros, viéndonos solo los fines de semana, sus amistades, sus adicciones y esa forma de vestir, no eran más que evidencias que emergían descaradas ante mi persona, mofándose en mi propia cara. Llevaba más de un año saliendo con una puta, engañándome, tomándome el pelo; días en los que yo llegaba a su casa casi cruzándome con su último cliente.

Fue el alcohol el que consiguió templar mi ímpetu por coger el coche y hacer alguna locura. El alcohol: ese bálsamo que anestesia los nervios y afila aún más los sentimientos hasta convertirlos en congelados puñales de hielo; ese mismo que posee nuestra mente, llevándome a escribir mensajes implorando un alejamiento, buscando una defensa de mi propio enganche para que se alejara de mí o de mi familia o si no, sería capaz de matarla. Efectivamente, uno es capaz de escribir ese tipo de barbaridades solo cuando está profundamente herido y rematadamente borracho.

Fue justo lo que ella necesitó para denunciar ante la policía que la estaba amenazando y, de paso, obtener los cinco años de legalidad que le correspondían al ser una mujer inmigrante y acosada. Así están las leyes. Ni siquiera la Guardia Civil dio crédito a que no hubiese escrito un símbolo de broma, justo detrás de la última palabra. Entonces las cosas hubieran cambiado.

– ¡Pero chaval! ¡Cómo se te ocurre! – dijeron al cerrar el calabozo de los juzgados en el que permanecí  setenta y dos largas horas. Y yo, que soy de los que no se enfrenta a una mosca por no matarla, llegué a desear su muerte. Representé mentalmente cómo la iba a degollar, a descuartizarla primero, a estrangularla con mis propias manos, mientras seguía vislumbrando su cara empolvada de blanco burlándose de mí. Pero no lo hice, claro. Lo que hice fue darme de baja durante seis meses, dedicarme a hacer terapia colectiva en los que mi caso era ínfimo en comparación con lo que había allí, relacionarme con maltratadores, ser tratado como tal, enfrascarme en un juicio que tenía perdido de ante mano y, por supuesto, manchar mi nombre con antecedentes penales, los mismos que se encargan de reflejar en su cara los agentes de tráfico cada vez que paso un control rutinario.

Todavía no entiendo cómo pude estar tan ciego, tan atrapado dentro de aquella droga melosa que me embaucaba y me apresaba hasta hacerme caer de cabeza al infierno.

Desde entonces,  está claro: ya no soy el mismo.

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