Subconscientes...

20 de septiembre de 2014

El castigo.


Se había convertido en un vegetal. Llevaba ya varios años recluida en una residencia geriátrica, sintiendo cómo sus últimos días se le descontaban del calendario. Su único hijo la visitaba los domingos y era testigo de cómo esa cruel demencia que apenas le daba tregua, la iba carcomiendo el cerebro sin descanso. Cada día que pasaba empeoraba a pasos agigantados.

Con la mirada fija en la ventana, balbuceaba palabras inconexas: «mala», «daño», «castigo». Y sus ojos vidriosos permanecían fijos, atravesando la vidriera del salón de ocio, donde el resto de los ancianos se encerraban en su propio mundo o jugaban a las cartas mientras otros se sumergían en la televisión.

Masticaba ya sin dientes y el líquido ingerido debía ser absorbido con una pajita, pues apenas tenía fuerzas para más. «Odio», «mala», «pagar», repetía caótica a deshoras. 

- ¿Cómo va hoy, Doña Concha? –le preguntaban a diario las auxiliares mientras ejercitaban sus lánguidas extremidades. Y sus ojos parecían entender la pregunta, casi suplicando que la sacaran de allí, clamando piedad. Sin embargo su boca era incapaz de coordinar una palabra coherente y terminaba por contestar: «mala», «castiga», «sufre». Las paranoias se habían vuelto una constante, ralentizando aquellas palabras en su boca sin casi poder articular las vocales. Apenas se la entendía.

Era ella la única que sabía que su cerebro no estaba dañado. Solo ella entendía que su incapacidad mental no se estaba perdiendo sino que su psicomotricidad estaba limitada. Incapaz de articular una frase coherente, no podía advertirles que no había alzheimer ninguno. Solo ella era testigo de cómo noche tras noche, la anciana de la habitación contigua entraba furtiva y le inyectaba un líquido entre los dedos de los pies, allí donde no se veía señal ninguna.

El líquido adormecía sus músculos y le paralizaba el sistema nervioso. Eran dosis pequeñas de un líquido que la iba matando lentamente, obligando a su musculatura a dejar de trabajar. Y ella, incapaz de comunicarse, no podía advertir que aquella vecina que dormía tras la pared era la culpable de su deterioro físico. Después su verdugo se sentaba a su lado mientras el efecto de la droga hacía su trabajo y ahí comenzaba el verdadero martirio.

- Eres mala – le susurraba la octogenaria-. Lo has sido siempre, una harpía.

Postrada boca arriba, Doña Concha miraba el techo percibiendo sus lágrimas que brotaban sin fuerza, cayendo por sus sienes. Después notaba cómo sus músculos dejaban de responder nuevamente, justo cuando parecía empezar a recuperar algo de movilidad. Así, resignada, escuchaba a diaio su castigo una y otra vez: - Mala gente. Gentuza. Eso has sido toda la vida. Una hija de la gran puta. Zorra – seguía susurrándole su compañera –. Estás viviendo tu propio infierno antes de morir porque no te voy a dejar que disfrutes pudriéndote en él cuando estés muerta. Cuando te mueras dentro de unos años la humanidad se habrá librado de una sabandija asquerosa como tú. Víbora.

Así conseguía que Doña Concha entrara en un sueño de sombras y siniestras pesadillas. Un sinfín de congojas que le atormentaban durante la oscuridad de la noche que no la dejaban descansar en paz y su estado mental se deteriorase, creyéndola los médicos aún más demente.

Día tras día la anciana recibía su dosis de droga que adormecía su cuerpo, imposibilitándola cualquier movimiento. Y las noches se convertían en el más temido momento, escuchando cómo su jueza le relataba al oído lo odiosa que había sido toda la vida.

Fueron años de inyecciones nocturas y poco a poco, se fue deteriorando tanto como para conseguir dejarla agonizando. El nonagenario cuerpo ya no respondía a ningún estímulo y su mente, que secretamente no estaba dañada, prefería dejarse llevar antes que seguir con aquella agonía nocturna.


Su hijo la tomó de la fría e inerte mano mientras ella trataba de respirar con la poca fuerza que inhalaban sus pulmones.


- Ella – apenas dejó escapar un susurro.

- Mamá, no hables – sollozaba el heredero.

- Hermano – insistía entre bocanadas de aire.

- Shhh- le acariciaba la frente su hijo.

- Mala – seguía luchando por expresarse.


Y justo antes de que el corazón inundado en aquella droga que adormecía hasta el más fuerte de los músculos dejara de latir, los ojos quedaran paralizados y la boca entreabierta, Doña Concha alcanzó a susurrar: - Cuñada.

25 comentarios:

  1. Dicen que la política es tan mala que añadida a una madre la convierte en una suegra. Lo mismo podría decirse de una hermana, que se transforma en cuñada.
    Yo no puedo quejarme. Suegra no tengo y con mis dos cuñadas me llevo bien.
    Besos.

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    1. Pues qué suerte!! Yo mejor no te cuento!
      Besos!

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  2. Ana.... ¡Te has lucido!.... Es el más claro ejemplo de la maldad de las cuñadas.

    No m puedo llegar a imaginar qué te habrá hecho para que te inspire este thriller....
    Miedo.... Mucho miedo.

    Besos apretaos

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    1. Jaja, la venganza a un plato que se sirve frío y a largo plazo... Sí, lo sé, soy malísima. Te espero en el infierno?
      Besos de esos tuyos, comprimidos.

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  3. Impresionante!! Me has hecho sufrir, Toc. Rabia e impotencia y yo qué sé, que qué sé yo. Qué mala gente es la cuñadaaaa!!!! Tienes una imaginación desbordante y acabas de demostrarlo una vez más. Aplausossss
    Un abrazo gordísimo.

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    1. En este caso, y aclaro, la que es la que castiga, es la buena. Cuestión de poner las cosas en su sitio con el paso del tiempo ¿no?
      Besotes!

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  4. Siempre mucho que pensar tras cada lectura.

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    1. De aquí a nada doy clases de filosofía...jaja

      Besos!

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  5. Mientras un patán convierte el rencor en un burdo crimen, un escritor es capaz de sublimar toda esa energía negativa en una obra maestra. Eso es bueno para el escritor, para sus lectores y sobre todo para el objeto de su rencor.

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    1. Escritores que se comen las haches y las ponen donde no deben, eh? Esa hache suculenta que tanto juguecito nos está dando... Por cierto, luego en privado te digo una cosita, monín...jajaja.

      Gracias por el peloteo. Besos.

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  6. Ahhh. Qué miedito... Que luego sueño, mujer... Jajajaja. Besotes!!!

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    1. Si no tienes cuñadas duerme tranquila...

      Besos!

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  7. brrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr... estremecedor... me ha encantado!!

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  8. Eresssssssss mala ssssssssss
    A la segunda creo que lo he pillado.
    Las cuñadas TAMPOCO son de fiar.
    Besos!!

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    1. No sabes hasta qué punto soy mala. De pensamiento sí, de hechos ya no tanto, pero tengo una mente asquerosamente retorcida. Id llamando a algún loquero, venga.

      Besos!!

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  9. Jajaja, nunca más claro lo de subconsciencias, jajaja, me meo!!!! Ahora hay que averiguar cual...me callo...
    Yo me he visto reflejada, inoculando veneno jaja, no era a una cuñada, pero cada uno tiene sus monstruos.
    Besitos

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    1. Claro, aquí se hace de todo lo políticamente incorrecto. También me he acordado yo de tu monstruo. Podría valer, jeje.

      Besotes.

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  10. Ufff, temblando me has dejado, la verdad es que hay que saber bien con quien se mete uno. Biquiños!

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    1. Los años ponen a cada quien en su lugar y la venganza es el mayor castigo, cuando va con carácter retroactivo. Demasiado rencor para olvidar, me temo.

      Besotes!

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  11. Jo con la cuñada que mala leche tiene, no le deseo ese castigo a nadie. Una historia muy retorcida e inquietante que te deja pensando un buen rato tras leerla. Un abrazo compañera encantado de volverte a leer.

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    1. Bueno, depende cómo sea la castigada. Hay veces que sí, merece eso y mucho más.

      Un abrazo!

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  12. Jaja. Qué miedo das a veces, Ana. Y qué obsesión tienes últimamente con las jeringas :D

    Pero vamos, que te entiendo perfectamente :)

    Un beso.

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    1. Las jeringas dan miedo a todo el mundo. No hay nada mejor que una jeringa para dar miedo! jejeje.

      Pero yo soy bueeeeena, parece mentira!

      Besos!

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  13. Me encanta que nos pones a imaginar como sería la cuñada de Concha.
    Muy bueno!

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