Subconscientes...

26 de marzo de 2014

La nueva biblioteca II (y final).




El ambiente se había templado considerablemente, y el temporal comenzaba a amainar sin ser conscientes de que la densa manta de nieve que golpeaba los cristales se ralentizaba. 

Mientras Laura emulaba todos aquellos escritos que relataban las sensaciones que ahora era capaz de percibir dentro de sí, él seguía sin dar crédito a que la situación se hubiese descontrolado de aquella manera. No había sido premeditado. Ni siquiera se había fijado en ella como mujer. Fue tan solo el impulso de besarla lo que había desencadenado la situación. Sin embargo, era incapaz de recuperar la cordura. Estaban en su lugar de trabajo, ella era menor de edad, pese a que le faltaran unos meses para cumplir los 18 y, si esto llegaba a oídos de su jefe, le pondría de patitas en la calle (si es que no le linchaban en el pueblo).  Pero muy lejos de frenar sus deseos, todo aquello le generaba aún más morbo.

La miraba, encima de él, subiendo y bajando, con el pelo revuelto y agarrada a su cuello para no perder el equilibro. Clavaba las rodillas en el sofá, arqueando su cuerpo con suaves contoneos, llevando el control de la situación, como si fuera una experta. Disfrutaba viéndola sacar todo su instinto animal, convirtiéndose en una maravillosa hembra que aprendía a manejar sus habilidades amatorias. Los susurros se convertían en gemidos y éstos en jadeos. Cada milímetro de piel que hundía en ella era recompensado con otro movimiento aún más placentero. Cada presión que él ejercía dentro de la tensa cavidad, obtenía aún mayor satisfacción. Había estado con muchas mujeres, la mayoría expertas amantes, pero ninguna de ellas le había regalado el don de descubrir su sexualidad con él.

Así permanecieron ajenos al mundo. Sumergidos en su espontáneo cubículo íntimo en donde sólo existía el goce de explorarse mutuamente. Sólo ellos, la penumbra y el temporal, que se fue tan pronto como había llegado, dejándolos expuestos a la luz de las farolas de la calle. Pero ya nada parecía importarles. Laura seguía presionándole contra aquel mullido sofá, una y otra vez, sin soltarle. Estaba absorta, concentrada en sus sensaciones, en el calor que la iba invadiendo por dentro, en sus ingles, en la boca de su vientre, extendiéndose por todo su cuerpo, como una dulce embriaguez… cuando de pronto, volvió la luz.

Sorprendidos por el parpadeo de los tubos fluorescentes, ambos resguardaron sus caras bajo el cuello del otro, permaneciendo quietos por un instante, pero tanto a Laura como a Manuel les costaba decelerar el pulso y siguieron la inercia, volviendo a besarse, agarrándose fuertemente, contoneándose una y otra vez. Faltaron apenas tres leves movimientos para que Laura consiguiera sentir por primera vez cómo algo dentro de ella estallaba en mil pedazos de placer, emergiendo de ella una caliente humedad que empapaba a Manuel, justo debajo de ella. No se dio cuenta de que él no había podido evitar impregnarla por dentro, por mucho que hubiera intentado controlarse.

Muy quietos, enroscados el uno en el otro, recuperaban el aliento que habían perdido en algún momento de aquel idilio, cuando les pareció escuchar que la puerta se abría. Se incorporaron a toda prisa buscando su ropa. Eran las 11 de la noche y Laura se temía que fuera alguien de su familia, preocupado, buscándola por todo el pueblo, pero su sorpresa fue mayor cuando vio a Basilio con los ojos fuera de las órbitas y una escopeta en la mano.
— ¡Puta! – dijo fuera de control.
— ¿Qué haces aquí?
— Así que con esta rata de alcantarilla, al parecer sí te gusta, ¿verdad?  ¿O es que yo no he sido lo suficiente para ti? ¡Zorra!
— No tiene nada que ver con eso, Basilio. Nosotros no…
 — ¡Cállate! ¡Llevo espiándote desde que empezaste a venir aquí y me he dado cuenta de cómo le mirabas! – gritaba frenético —.Y él es un hijo puta que se está aprovechando de ti. ¿Crees que no os he visto? ¡Todo! ¡Os he visto desde mi casa! ¿Pensabais que no se veía? ¡Zorra!

Mientras tanto, Manuel, se acercaba haciendo gestos para hacerle razonar, pero Basilio, con las mejillas impregnadas en lágrimas, no quiso escucharle. Le apuntó con la escopeta que su padre llevaba a las cacerías y apretó el gatillo abriéndole el pecho. El bibliotecario fue despedido hacia los cristales helados exhibiendo un desnudo torso bañado en vísceras. Laura gritaba, buscando un escondite bajo las mesas de estudio. Escuchó entonces cómo Basilio cargaba de nuevo el arma. 

Sin embargo, lejos de empezar a  perseguirla y apuntarla con la escopeta, se sentó en el mismo sitio que la pareja acababa de abandonar, notándolo aún caliente y húmedo. Miró a través de la ventana vislumbrando su habitación, desde donde lo había visto todo. Acto seguido, se apuntó directamente hacia su garganta y disparó sin pensar.


21 de marzo de 2014

La nueva biblioteca.



Hace unos meses os pedí opinión sobre qué escribir para presentarme a un concurso de literatura erótica. Al final ni concurso ni leches, pues no he podido más que centrarme en acabar “mi libro”, como Umbral. Aquí os dejo el resultado de lo que se había convertido el diseño que tejisteis entre todos y que nunca llegó a buen o mal puerto. Alguna idea se ha quedado fuera (lo siento Carlos, el lesbianismo debería probarlo para hablar de ello y de momento no ha sido el caso :-P). Por otro lado, como era un relato largo, he sido incapaz de acortarlo más. Así que lo dividiré en dos trozos y el que quiera seguir leyendo que él mismo se enganche. Se ve que hacía mucho que no escribía en esta tesitura y he debido perder el hábito.




Tras varios años sin un sitio apropiado, Laura se hizo a la rutina de pasar todas  las tardes en la nueva biblioteca del pueblo. Unas veces estudiaba, otras buceaba en internet y las terceras devoraba la lectura pidiendo recomendaciones al nuevo bibliotecario, quien se quejaba de no darle tiempo a poderle seguir el ritmo. Aquel momento se había convertido en el aliciente diario. Buscaba siempre la opinión sobre tal o cuál personaje, historia o autor. No existía nada más: el instituto, los estudios y el relax devorando renglones, encontrando en aquel lugar el nido donde cobijarse.

Ella no era como el resto de sus compañeros. La mayoría de sus amigos daban rienda suelta a sus hormonas los fines de semana en la discoteca del pueblo. Bebían hasta perder el control bajo las luces de colores que reflejaba la anacrónica bola de espejos. Se sentía ajena, un bicho raro, al no disfrutar de ese ambiente con el propósito de darse un revolcón. 

Sus gafas grandes y esa diadema que retiraba de la frente el pelo tupido descubrían aún más la lividez de su cara. Los anchos jerséis ocultaban cualquier rasgo de feminidad y las faldas largas, siempre bajo las rodillas, le daban un aspecto completamente asexuado, como cualquier monja recién salida de algún convento no muy lejano. No quería resaltar sus amelocotonados pechos ni su cintura afilada. El sexo era algo que no le llamaba la atención pese a que ya no era virgen. Había perdido la virginidad con Basilio, el hijo del panadero,  pero aquella experiencia le pareció un desastre y decidió que sus hormonas no debían de estar en sintonía con ningún chico. Basilio era un adolescente inexperto y torpe que simplemente puso en práctica las teorías que le había contado su hermano con las prostitutas del club. Dejaron de hablarse tras aquella noche en la que ella esperaba cierta delicadeza, no un mero desgarro precoz.

Así pues, la nueva biblioteca se había convirtió en el refugio ideal en la que tener una válvula de escape hasta que se marchara del pueblo a estudiar a la Universidad. Además, el trato con Manuel, el nuevo bibliotecario, se hacía cada vez más estrecho. Era el único que la entendía. Sus compañeros no llegaban a comprender esa devoción por los libros, mientras que Manuel y ella mantenían largas charlas sobre las últimas novedades literarias.

Una tarde de invierno, en la que la oscuridad cayó sin avisar, una fina manta de nieve luminosa resaltaba sobre los adoquines de las calles. Los pocos aplicados que allí estudiaban, viendo el inicio del temporal, recogieron sus cosas y se marcharon a toda prisa. Laura, sin embargo,  ante los avisos que le daba Manuel, le pedía «cinco minutos más» sin despegar los ojos de los renglones. El joven encargado,  demasiado permisivo con su usuaria favorita, decidió darle tiempo centrándose en un pedido nuevo. Pero no  transcurrieron más de diez minutos cuando la capita de nieve se convirtió en medio metro y el tenue aire que transportaba los copos mutó en un arisco vendaval.

— Tendremos que esperar a que amaine –contestó ella sin despegar los ojos de los renglones. Pero justo en ese momento la luz del edificio comenzó a parpadear hasta que finalmente terminó por apagarse,  dejando únicamente las luces de emergencia como referencia.
— Oh, oh…— se atrevió a exclamar tímidamente— Habría que avisar a alguien para decirles que estamos aquí.
— Efectivamente — dijo él — siempre y cuando este estupendo «edificio inteligente» que nos ha puesto nuestro maravilloso ayuntamiento no nos haya dejado sin teléfono —.  Y corriendo, fue a comprobar que lo que se había imaginado ahora era un hecho. No sólo se habían quedado sin línea fija ni móviles (tampoco había cobertura) sino que además estaban encerrados, pues sin suministro eléctrico la seguridad del edificio se bloqueaba.

Laura no podía seguir leyendo sin luz y, resignada, se sentó en uno de los sofás asumiendo que la culpa de aquella situación era únicamente suya. Manuel se sentó justo enfrente, sin otra cosa que hacer más que observarla a hurtadillas. Lo cierto es que era una cría bien agraciada que no quería sacarse partido. Tenía grandes ojos claros que se ocultaban tras el cristal de unas tremendas lentes. La boca carnosa y rojiza que contrastaba con su clara piel y unas cejas sin depilar pero con un arco bien definido.
Mientras intercambiaban frases banales la carencia de la calefacción comenzó a hacerse notar.  
 – Me sentaré a tu lado para darnos calor –dijo él sin ningún propósito y, según se acomodó, percibió cómo la adolescente se tensionaba, sintiéndose incómoda. Se instaló un silencio denso, interrumpido únicamente por el ruido del viento, que se empeñaba en azotar los cristales. 
Laura, tímida y con las manos frías, estiró  las mangas de su jersey para cubrirlas y al verla hacer ese gesto Manuel se ofreció a sostenerlas entre las suyas, dándoles calor.
— Tranquila —comentó notando su tirantez. Permanecieron así, callados, durante varios minutos.
— Tendrá que parar alguna vez— dijo ella por hablar de algo. Pero el silencio de Manuel la incomodaba aún más. 
De pronto, se dio cuenta de que él la estaba observando muy cerca, percibiendo sus ojos posarse  alrededor de su cara:  — ¿Qué haces? — preguntó sonrojada.
— Mirándote. No me había dado cuenta de lo guapa que eres hasta ahora, perdona— y acto seguido soltó sus manos para retirarle las gafas con suavidad –, pero estás mejor sin estas «lupas» que te tapan toda la cara.

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