Subconscientes...

29 de mayo de 2014

Ya no soy el mismo.




Algo no cuadraba, pero no me quise dar cuenta. Quizás llevaba demasiado tiempo receptivo y, sin saberlo, busqué a alguien que me sorprendiera así, como lo hizo ella. Ni siquiera era guapa. No tenía un cuerpo espectacular, sin embargo, ahí estaba yo: loco perdido, haciendo malabares para cambiar horarios laborales, sumándole kilómetros al coche y rompiendo con mis habituales rutinas con tal de escuchar ese dulce y meloso acento que me tenía cautivado. Pero su comportamiento neurótico, que desembocaba en broncas constantes, hacía que me arrepintiese de haber ido a verla cada dos por tres.

Le gustaba ir llamativa, compensando así su extrema delgadez y ese cuerpo aniñado que exhibía sin pudor. Más de una pelea me costó hacerla entender que no iba vestida apropiadamente, que iba vestida como una puta: shorts minúsculos, de esos que parece escapársele el pelo del pubis, botas altas y un tufillo a “Pretty Woman” que echaba para atrás. Solo le faltaba zarandear el bolso y decir «acepto visa». Aun así, y pese a mis suspicacias, cometí el traspié de introducirla en mi familia, presentarle a mis padres y relacionarla con todos mis amigos. Grave error.

Con el tiempo, comencé a descubrir sus adicciones. El hecho de no trabajar y no percibir que tenía problemas económicos era la señal más palpable de que algo fallaba, especialmente cuando vi que lo que buscaba era darse una buena sacudida de polvo blanco y vivir en un mundo paralelo desgastando la noche. Y es que no hay más ciego que el que no quiere ver.

Para colmo, le gustaba hacerse la celosa, montarme escándalos recalcándome que yo era suyo, que era mi única dueña y nadie me follaba mejor que ella. Estaba claro que la ceguera disfrazaba aquellas escenas imitando el suave tacto de la intimidad y la complicidad, cosa que me ponía a mil. Aquella relación obsesiva en la me sentía atrapado y de la que no podía salir, me absorbía y me agarraba como a un yonki la heroína.

Hasta que todo salió a la luz. Meses más tarde, quise cotejar las sospechas que me atormentaban cada noche que pasaba en vela. Decidí entonces buscarla en internet, tecleé su nombre y ahí estaba ella: dando datos de sus medidas, su teléfono y cuánto cobraba por media hora. Ahora sí cuadraba todo: el hecho de tenerme a cuatrocientos kilómetros, viéndonos solo los fines de semana, sus amistades, sus adicciones y esa forma de vestir, no eran más que evidencias que emergían descaradas ante mi persona, mofándose en mi propia cara. Llevaba más de un año saliendo con una puta, engañándome, tomándome el pelo; días en los que yo llegaba a su casa casi cruzándome con su último cliente.

Fue el alcohol el que consiguió templar mi ímpetu por coger el coche y hacer alguna locura. El alcohol: ese bálsamo que anestesia los nervios y afila aún más los sentimientos hasta convertirlos en congelados puñales de hielo; ese mismo que posee nuestra mente, llevándome a escribir mensajes implorando un alejamiento, buscando una defensa de mi propio enganche para que se alejara de mí o de mi familia o si no, sería capaz de matarla. Efectivamente, uno es capaz de escribir ese tipo de barbaridades solo cuando está profundamente herido y rematadamente borracho.

Fue justo lo que ella necesitó para denunciar ante la policía que la estaba amenazando y, de paso, obtener los cinco años de legalidad que le correspondían al ser una mujer inmigrante y acosada. Así están las leyes. Ni siquiera la Guardia Civil dio crédito a que no hubiese escrito un símbolo de broma, justo detrás de la última palabra. Entonces las cosas hubieran cambiado.

– ¡Pero chaval! ¡Cómo se te ocurre! – dijeron al cerrar el calabozo de los juzgados en el que permanecí  setenta y dos largas horas. Y yo, que soy de los que no se enfrenta a una mosca por no matarla, llegué a desear su muerte. Representé mentalmente cómo la iba a degollar, a descuartizarla primero, a estrangularla con mis propias manos, mientras seguía vislumbrando su cara empolvada de blanco burlándose de mí. Pero no lo hice, claro. Lo que hice fue darme de baja durante seis meses, dedicarme a hacer terapia colectiva en los que mi caso era ínfimo en comparación con lo que había allí, relacionarme con maltratadores, ser tratado como tal, enfrascarme en un juicio que tenía perdido de ante mano y, por supuesto, manchar mi nombre con antecedentes penales, los mismos que se encargan de reflejar en su cara los agentes de tráfico cada vez que paso un control rutinario.

Todavía no entiendo cómo pude estar tan ciego, tan atrapado dentro de aquella droga melosa que me embaucaba y me apresaba hasta hacerme caer de cabeza al infierno.

Desde entonces,  está claro: ya no soy el mismo.

22 de mayo de 2014

Me dejó.


Me dejó. Y lo hizo con tanta elegancia y sutileza que, a día de hoy, puedo esbozar una sonrisa al recordarlo, dejando de estar resentida.

Me dejó después de besarnos, mientras terminábamos de acariciarnos y, al ritmo del último suspiro, arqueé mi cuerpo hacia atrás cuando le escuché gemir. Después se empezó a encontrar mal y dijo que se iría, que prefería estar solo en su casa, que pasaría mala noche.

Me dejó después de un par de días de aquello, enviándome un correo tras cuarenta y ocho horas de silencio. Dejaba plasmado que ya no estaba enamorado, que no dejaba de darle vueltas y no tenía que haberse dejado llevar, sin encontrar ahora valor para mirarme a la cara.

Y volví a pensar entonces por qué me dejó. Me dejó tan bien dejada que tuve que dejar de repasar la frase que solté después de todo aquello. Recordé si realmente lo que dije había sido tan grave. Quizás no fuera más que el tono, esa voz insumisa que aniquila de raíz toda orden machista. Era yo la que no dejaba que ese halo de misoginia me sometiera bajo su mandato. 

Me dejó, y dejé que me dejara sentada, mientras mi orina dejaba relajada mi vejiga. Entonces entró al cuarto de baño a dejarme, me vio totalmente indefensa y se agachó para besarme en la frente. Y, dejándome claro que no dejaba que nadie le hablara así, salió dejando detrás un silencio que fue interrumpido tan solo por el eco de sus pasos, evidenciando así que me estaba dejando.

Me dejó, sí,  ahí,  pasmada, como he escrito ya antes: sentada en el inodoro y dejándome con la duda de si en un par de semanas habría sido yo quien finalmente le dejara.




7 de mayo de 2014

Carita de niña buena




«Carita de niña buena». Eso es lo que pensó según la conoció.

Un par de copas y una larga charla banal que dio pie al flirteo fue lo que necesitó para tocar su brazo. Entonces sintió la chispa. Aún electrificado, decidió cogerla de la mano y bailar con ella, percibiendo el tacto de sus dedos entrelazados a los suyos. Pero fue su amiga, aquella quien los había presentado, quien se interpuso entre los dos. Feroz, marcó el terreno para ahuyentar a su competencia. En cuestión de segundos se había convertido en una leona que mostraba sus colmillos, dejándole claro que aquel que acababa de presentarle era su amante ocasional y, al menos esa noche, seguiría siendo suyo.

Carita de niña buena se retiró y respetó aquella alianza no escrita de la que nadie le había hablado antes. No tardó en cotejar que en apenas unos minutos la leona iba devorando a su presa a base de lengüetazos. Sin embargo, percibió cómo un minúsculo destello que huía de la presa masculina se posaba sobre su cuello.

Años más tarde se volvieron a ver. Un amigo común contaba los últimos minutos de vida, postrado en la cama de un hospital. Apenas se saludaron. Sólo dejaron que las lágrimas mojaran las solapas de los abrigos entre abrazos y desconsuelos.

Fue a la tercera, casi diez años después, cuando de nuevo coincidieron en una terraza nocturna. El verano se reafirmaba poderoso, dejando patente el dominio diurno sobre el asfalto que, liberándose, desprendía el calor acumulado. Las carcajadas de la gente se escapaban tras la música que emanaba desde dentro del local y fue de nuevo la leona, quien corrió a abrazarle en medio de la calle. Esta vez era distinto. El tiempo la había casado y tuvo que dejar escapar a su esporádica presa.

Se saludaron recalcando el tiempo que no se veían, qué es lo que había sido de sus vidas, sus delgadeces y nuevas canas, pero de nuevo la leona intercedió entre los dos. Eran celos, suponían. Finalmente la vieron marchar zigzagueando camino de vuelta a casa, asumiendo su retirada y su estado civil. Ahora, a solas, en aquella terraza casi vacía, los pájaros de la aurora los alertaban de la inminente claridad. Esta vez la charla trivial fue oscilando poco a poco hasta convertirse en un profundo diálogo. Al agarrar una copa se rozaron casi sin poder evitarlo. Ahí estaba otra vez la chispa. Seguía allí, pero ahora de un modo sensato. Todo aquello seguía agazapado tras el resplandor de sus pupilas.

Pagaron la cuenta al marcharse, y fue al intentar despedirse cuando, muy suavemente, él buscó su boca, dejando descansar sus labios sobre los de ella. Era dulce, ligero. No quiso devorarla con ansia por el paso de los años. Más bien acariciaba su lengua muy despacio, lo mismo que hizo con su cara.

Llegaron a casa casi jadeando, robándose el oxígeno recíprocamente. El sudor se mezclaba deslizándose a goterones por los cuerpos enredados el uno dentro del otro. Las sábanas empapadas se estrangulaban entre las manos hasta liberar el primer gemido. Después, con calma, se exploraron sin ninguna prisa: los dedos escarbando y acelerando los latidos; las bocas sofocadas y persiguiéndose en la penumbra; el dulce vaivén que mecía las caderas al mismo compás. Fue bien entrada la mañana cuando cayeron exhaustos el uno sobre el otro. 

- Carita de niña buena. Eso es lo que pensé cuando te vi por primera vez – dijo rememorando el pasado.
- ¿Ah, sí? ¿Y qué más pensaste? – contestó muy frívola.
- Que tienes carita de niña buena sí … pero mirada perversa.


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