Subconscientes...

10 de junio de 2014

El duro trabajo de un detective (homenaje a Dess)


Esta entrada es un homenaje a Oswaldo, digo a Dess, que se la debía desde hacía ya un tiempo. Digamos que me ha quedado  un pelín "Dess-consciente" a la par que larga, así que en vez de hacer dos entradas, he decidido cortarla en «seguir leyendo» y el que quiera que continúe.



Le vio entrar directo, mostrando su placa como si fuera un salvoconducto:
- Buenos días, señorita. Estoy haciendo una investigación sobre un homicidio.
El moreno que acababa de presentarse, entrado ya en los cuarenta, era un tipo fornido y, bajo la americana que lucía con desparpajo se podían deducir unos prietos brazos que ansiaban romper la camisa que los comprimían.

La bibliotecaria no esbozó una mueca. Había visto ya más tipos como él, paseando sus grandes bíceps ante su rostro gélido, para después, abrir la boca y destrozar todo el glamour con el que creían venir de serie. Su rostro impávido, resguardándose bajo aquellas gafas alargadas y el moño recogido en lo alto de su cabeza, no reflejaba el remolino que la había alertado por dentro y que trataba de controlar con cierto esfuerzo.
- Dígame en qué puedo ayudarle- contestó profesional, pero seca.
- Busco una noticia que se publicó en el periódico “El Vecindario”. Es de hace varias décadas y trata de un fontanero desaparecido hace ya varias décadas.
- ¿Y qué pasa? ¿Que ahora lo han encontrado?
- No puedo contarle demasiados detalles, pero sí, estaba a unas manzanas de aquí. Necesito cotejar un dato y queremos verificar que era el mismo del que hablaba aquel artículo. ¿Tiene usted la hemeroteca digitalizada?
- Pues no. La tengo de otros periódicos, pero ese en concreto, dado el interés del público, no lo hemos digitalizado.
- Pues esto me va a llevar varias horas - argumentó el policía.
- Cerramos a las nueve de la noche, señor….
- Flánagan , Michael Flánagan- interrumpió el mismo -. ¿Y usted es...?
- Soy Libio. Libiotecaria Quant.  
- ¿De qué me suena ese apellido? 
- Mi abuela montó un negocio piramidal de venta de maquillaje a domicilio, quizás le suene “Mary Quant”, es la competencia de “Mary Kay”.  En realidad eran primas, ya ve usted. Ambas se dedicaron a lo mismo y por pura competencia dejaron de hablarse.
- ¡Entonces usted es prima tercera de Mery! ¡Mi Merykeit!
- ¿Su Mery? Pensé que estaba casada con un tal Flácido, de apellido Domingo.
- Sí, lo estuvo, pero se ha divorciado recientemente porque Flácido nos pilló en plena faena. Al pobre lo llamaron Flácido por algo, ya sabe, toooodo en él estaba lánguido y la pobre Mery tenía unas ansias enormes de hombre que no pude negar en satisfacer. Por lo tanto, usted es como de mi familia: prima tercera de mi mujer.
- Lo seré,  pero no nos hablamos por culpa de nuestras abuelas. Comprenda que yo, contra los ritos familiares no voy a luchar, que soy mujer de costumbres arraigadas.

Pasaron varias horas y, una vez roto el hielo y suavizadas las asperezas, Libio decidió ayudar al detective Flánagan para poder encontrar aquel artículo tan importante. A medida que transcurrían las horas, la conversación se iba haciendo más cercana. La mujer se quitó los tacones de quince centímetros y se sentó en la moqueta de la biblioteca para ir hojeando los periódicos en el suelo. Vestía una blusa blanca, casi transparente, en la que se intuían unos pechos puntiagudos bajo un negro sostén y una falda de tubo con la raja a un lado para que la pierna derecha pudiese tener más margen de maniobra.

Eran ya las diez de la noche cuando la mujer decidió ir a la nevera que tenían a disposición de los empleados y sacar un par de refrescos.
- ¿Señor Flánagan, quiere usted algo?
- Llámeme Michael. Sí por favor, algo sin alcohol, que estoy de servicio - vociferó.
Libio le trajo una bebida de cola y se sentó muy cerca, doblando las piernas hacia el lado de la abertura de su falda.
-¿ Y cómo le pusieron ese nombre? – preguntó el moreno, más intrigado por la funcionaria que por el propio caso.
- En realidad me llamo Elisabeth, pero como desde pequeña quería ser bibliotecaria, yo decía que quería ser biblio (o libio mal pronunciado) y así me quedé. Ya sabe lo de los sobrenombres de este país.
- Y yo que pensaba que tenía que ver algo con la líbido - se atrevió Flánagan en un alarde de cercanía.
Libio se sonrojó:  – Bueno, algo de eso hay...
- No me digasssss –  la tuteó de repente mientras un brillo depravador chispeaba en sus ojos.

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